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Díptico negro#Naturaleza muerta

I

Ese olor que la muerte desprende,

esa irrupción intangible que se abre paso

perturbando las visiones de aquellos que dormitan

sobre lechos de raspas y hojarasca,

como liga se adhiere en los muros,

esparciendo blasfemias y flemas y zumo de cicuta.

 

Inhalar polvo que fue cráneo antes que barro,

¿nos defiende de la ceguera

que producen el cetro y el trono?

En mí despierta un juez que me apremia

a dar suplicio a mis poemas malogrados,

esos lugares dominados por la niebla, 

sin bóvedas ni eco que exciten el disgusto o el fervor;

un juez que me recuerda que para jugar a ser dios

antes es preciso aceptar 

que aquellos que sangraron en la cima

orienten el puñal de nuestra mano,

pues volar y gozar del vuelo

sin el amparo de la sombra de un cuervo,

sería una gracia efímera, un ámbito fugaz

donde el lenguaje no daría mayores frutos

que hojas secas, que filigranas abocadas

a un olvido de zarzas sin centro.

 

En el panteón de mí mismo escucho voces.

Unas dicen que las selvas textuales

no deben tener ni olor ni color,

ni laberintos donde desfogar la lujuria,

ni campos donde la muerte arbitre el juego;

otras proclaman que la poesía

es una suerte de pasatiempo

para los que temen la vida en estado puro,

la vida sin madrigueras de libros

ni música de Bach o Debussy,

aun a sabiendas de que dicha vida impura

podría derivar en el misticismo y el misticismo

en la obsesión por recrear la irrealidad

que el hambre alimenta.

 

Escucharlas

no enmascara el hedor que mis sueños destilan.

II

¿Quién eres?, me preguntaste hace tres noches,

en sueños y después de haber dicho aquel verso

que hedía a otoño y podredumbre.

En mi sueño había un bosque negro

y una crátera rebosante de lágrimas,

y un ciprés abatido y carcomido,

y un cenotafio en forma de semilla,

y una palmera altísima y un caserón ruinoso,

y una virgen decapitada y un bodegón picoteado;

también un charco lleno de escorpiones 

y pétalos de adelfa,

y tres gorrinos que se zampaban una Biblia,

y un firmamento ambarino y humo por doquier.

Un viento ardiente reventaba las puertas,

y los espejos no ofrecían la imagen del presente.

Entre los cascotes había retratos de familia,

y en las paredes desconchadas,

manchas de sangre y flemas recientes.

Tú ibas tras la sombra del patriarca.

Toda ella era blanca,

como si aquel sueño fuera el negativo del sueño.

Bajo sus pies crujían cristales rotos,

y la sonrisa de una geisha de Utamaro

tiraba un anzuelo sobre tu sexo.

El patriarca te hablaba de un poema

que yo escribí al pie de su tumba.

Luego entraba en la alcoba de la agonía,

se echaba en una cama de hospital

y balbucía:

 

Ahora que estoy en cama

                                                 enfermo,

te diré lo que te aguarda.

 

Pero no te lo decía; tan sólo te miraba

balbuceando entre estertores:

–Este sueño es una cata del porvenir

 

De repente una oscuridad de caverna prehumana

anegaba la estancia,

mas los ojos del patriarca

brillaban como colas de luciérnaga.

Al mirarlos tú veías un bosque en llamas,

dos pezones manchados de harina,

las heridas de un dios despellejado.

III

Hay sueños que desbrozan caminos exóticos,

caminos que la vigilia empaña,

caminos cuyos horizontes 

muestran la faz infinita del mundo.

Ciertamente, son caminos que regalan enseñanzas

dignas de ser fijadas y propagadas.

Mas si lo que deseamos es escuchar las lecciones

del maestro que sabe, 

podemos ahorrarnos el viaje onírico,

pues el maestro de maestros

es siempre el moribundo

que antes de partir abre los ojos y nos dice:

–Llora por ti.

A mí me lo dijeron dos pintores

y un frescales muy salado.

¡Y yo nada podía hacer!

Sólo callar y escuchar los cánticos sordos

que amortajaban la luz abatida de sus ojos.

El frescales vino al mundo en plena guerra,

y los pintores percibieron el hedor de la derrota.

Jamás llevarán el laurel de la posteridad.

Y cuando en sueños me visitan, parecen tan vivos.

 

Nuestro cerebro es cárcel y espacio abierto,

obrador y escenario, dos mundos en uno.

De día observamos y de noche tejemos y destejemos.

Sólo la muerte puede matar a los muertos.

¿Quién puede resucitar al bisabuelo de mi bisabuelo?

De hacerlo yo (el yo que en sueños teje y desteje),

tal vez armaría un engendro que tendría labios de mono,

ojos de gallina, nariz de cerdo, dientes de lobo…

¿O es que acaso tenían nombre los hombres

que Giuseppe Arcimboldo vio en sus sueños?

 

Mi obrador onírico rebosa de objetos

sobre los que ha planeado el olor de la muerte,

restos de mil naufragios

que me vinculan a una época en que el mundo

era bello y cruel y hostil.

Todo el fuego cabía en el bosque.

Era agradable recorrerlo de noche y espigar

carboncillos y pedernales.

¿Por qué la muerte nos alimenta y nos calienta?

Este poema no dejará de latir mientras el aliento

de mis ancestros empañe mi espejo.

Pintar un dragón requiere sangre,

memoria de fuentes de bosque oscuro.

En mi taller poético hay objetos, sueños y recuerdos,

pero también versos valiosos hurtados en libros muertos 

que cual signos fósiles yo incrusto en mi sedimento.

No quiero ocultar que he bebido agua en muchas fuentes.

Al fin y al cabo el viento del tiempo transparenta

las máscaras y deshilacha los disfraces.

Soy viejo y todavía preciso maestros, 

y espejos que no falseen el pensamiento,

y campos de trigo y cementerios frente al mar.

La poesía de los que viajan con una venda en los ojos

nunca me ha hecho reír ni llorar.

Contrariamente, siempre me ha animado

la voz momificada de los poetas

que han logrado cruzar desiertos donde el diablo

irrumpe disfrazado de sabio o de santón;

calla si escribo y me habla cuando podo

las zarzas que ahogan una estrofa.

Todo lo que es superfluo, dijo Horacio,

se desborda de la memoria

como el agua de un vaso rebosante.

Es sabido que la quinta esencia permanece,

pero también que sus efectos

nos precipitan a un séptimo día

donde el gozo es breve

y largos el hartazgo y el pesar.

¿En verdad hacen falta nueve años de reclusión

antes de someter a juicio a un hijo de barro?

Y si su carcelero nos recusa

y él nos niega y se empeña en reavivar

su cuerpo moribundo,

¿debemos expulsarlo del paraíso?

¿O es que acaso un hijo no debe volar y fundir

las alas propias y heredadas,

y debatirse durante la caída, y destripar el mar,

y morder el agua y las algas que lo ahogan,

y morir con su imperfección

para luegorenacer libre de mal y de moral?

IV

Nunca te dije que al pie de la tumba del patriarca

culminé el otro tablero de este díptico.

Sin mentarlo, de niño me hicieron entender

que hablarle a un moribundo de la muerte

constituía una profanación del espejismo vital.

La entrada en el mar era un reto privado.

Nadie debía entrometerse en los miedos del expulsado,

y menos en el objeto de su mirada.

Las religiones pueden prometer lo que prometen,

y los poetas dorar la píldora,

y los filósofos sofisticar la lógica y la física,

pero él sabe bien que la última mirada

no está dedicada ni a una amada

ni a la madre que nos amamantó,

sino a una mar sin alma ni memoria

que apesta a cieno y podredumbre.

V

Tras una semana de descenso,

la baba de los versos avanza lentamente

hacia un sur sin prados ni árboles,

hacia una hondura de luz de sombras

y un final untado de silencios.

Ya no te escucho jadear,

y una blancura de soleada cal

abrasa mis recuerdos desgarrados.

En tus labios azulados leo:

«De la lengua no hagas bandera»;

y en los de un poeta que me guía:

«I will show you fear in a handful of dust». 

Acaso sea cierto que el miedo a la ceniza

nos incite a loar los estandartes,

mas del todo falso que mirar atrás

nos transforme en estatuas de sal.

Cuando no avisto la almenara del sur,

me consuelo evocando la llama

mortecina del norte lejano.

Luego me caliento los ojos 

con los libros que quemo

y me pregunto: ¿Qué representa, para al poeta,

el sur de un poema?

¿Una sensación de fracaso

porque intuye que su artefacto

se dispone a nacer con el estigma

de un fruto malogrado,

de incertidumbre porque sabe

que al llegar a la playa

no verá el horizonte ni aquello que dibujan

las aguas de niebla y de plomo?

¿Y cómo puede saber que el poema se deltifica

o que el frío de los abismos petrifica al rapsoda?

¿Se lo dice la brisa donde se enredan las metáforas?

¿La fatiga de las palabras y su oda a la derrota?

¿Los diez mil cuervos que oscurecen la nieve nocturna?

No hace falta ser un maestro de maestros

para saber que el mar no es una meta ni una victoria,

y que si hay victoria sólo la obtendrá la ola

que borre el último verso.

 

2006 - 2013