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La última carta de Santiago Miralda

novela

2003 - 2005

Nota del editor

Es sabido que un hombre que presuma de no mantener secretos inconfesables difícilmente puede ser considerado alguien de fiar. También, que muchos de estos secretos terminan aflorando sin mayores consecuencias en cuanto el dueño de los mismos baja la guardia o directamente pasa a mejor vida. Se dan casos, sin embargo, y me remitiré únicamente a los segundos, en que el asunto desvelado huele tan mal, que la reputación de quien fuera su encubridor se ve sometida de inmediato a una implacable aunque no siempre aireada revisión; mientras que en otros suele ocurrir todo lo contrario: léase, por ejemplo, el de Carlo Emilio Gadda, quien, tal como refiere Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio, jamás hizo pública su pasión filosófica y no fue hasta después de su muerte cuando pudo descubrirse, en sus escritos inéditos, «el esbozo de un sistema filosófico que remite a Spinoza y a Leibniz». A esta categoría deberíamos añadir la variante que engloba los casos donde el propio difunto es quien se encarga de convocar a un grupo de elegidos con el propósito de mostrarles lo que en vida había guardado bajo siete llaves. Entre estos últimos se me antoja citar el de Marcel Duchamp y su Étant donnés, pero también el menos célebre del ictiólogo y humanista Santiago Miralda, quien antes de darse muerte dejó sobre la mesa de su despacho una serie de cartas redactadas durante sus años de viudedad y dirigidas sin excepción a su llorada esposa. En su gran mayoría se trata de unos escritos en los que el doctor Miralda se vale del género epistolar para exponer su teoría acerca del origen del celacanto, un pez cuya morfología apenas si ha variado desde el Devónico y al que los científicos consideran como uno de los fósiles vivientes más significativos entre los que han logrado desafiar las leyes de la evolución. El profesor J.B. Hake, uno de los biólogos marinos de mayor reputación internacional, declaró a quien esto escribe que «si bien la hipótesis que el profesor Miralda defiende en sus cartas se encuentra más cerca de la impostura que de un auténtico hallazgo científico, no albergo la menor duda de que en lo que atañe al arte de excitar la hilaridad de los ictiólogos, sus especulaciones son merecedoras de una más que respetable posteridad». No menos sarcástico se mostraría el doctor García Seco, quien después de haber leído y releído las cartas de su maestro, sugirió a la comunidad científica que en lugar de utilizarlas como alimento de controversias estériles, fueran directamente arrojadas al océano Índico debidamente protegidas en un recipiente de hormigón en forma de botella y dando a la ceremonia la pompa de un funeral de Estado.

Entre el medio centenar de cartas que los hijos del doctor Miralda hallaron junto al cuerpo difunto de su padre, destaca con luz propia la que cierra la serie: una misiva, de gran extensión y donde no figuran argumentos científicos, en la cual el profesor relata la crónica de un par de sueños. Por razones que ahora sería prolijo referir y aun a sabiendas de que ello podría ser interpretado como una incoherencia en la línea literaria de nuestra editorial, Campo de Estrellas ha estimado oportuno no solo publicar la última carta del doctor Miralda, sino concederle el privilegio de inaugurar una nueva colección, la cual llevará el nombre de Onicrónica y cuyo catálogo dará únicamente cabida a piezas narrativas que hayan bebido en las experiencias oníricas reales o en los sueños ingeniados directamente desde la vigilia, tanto si esta se manifiesta dominada por la insania más extrema como por esa cordura que anima al desertor de la realidad a embarcarse diciendo: E il naufragar m'è dolce in questo mare.

Miguel Ángel Saavedra   

Director literario de Campo de Estrellas

Sección nº1

10 de junio de 2004

Querida María:

Aunque hasta la fecha ni una sola de mis cartas ha merecido respuesta por tu parte, te escribo de nuevo. Y no lo hago únicamente «porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve», como diría ese personaje de Cortázar tocado con el don de vomitar conejitos, sino porque me ayuda a mantener la esperanza de que tarde o temprano tu alma se hará visible, ni que sea justo antes de mi expiración. Quiero que sepas, y ya sé que te lo he dicho en cada una de mis cartas anteriores, que mientras la sangre fluya por mis venas no haré el menor esfuerzo para apartarte de mis pensamientos, aunque ello alimente el deseo de no salir de mi penal de soledad. Por fortuna, como dice el socorrido proverbio, Dios aprieta pero no ahoga, y gracias a mis estudios, que a todas horas me tienen ocupado y preocupado, y a las visitas de Héctor y Elvira, la batalla cotidiana me resulta algo más llevadera. Por cierto, esta tarde han pasado por casa. Como de costumbre me han dicho que no me hacía ningún bien pasarme todo el santo día encerrado sin más compañía que mis libros, mis papeles y mis peces. Aunque no me satisface que mi modo de vida sea el causante de la inquietud de nadie, mentiría si no dijera que siempre resulta agradable saber que uno está presente en la mente de los suyos. Y si bien es cierto que de un tiempo a esta parte nuestros hijos no escatiman su afecto hacia mí, lamentablemente no es la suya una figura que pueda llenar el vacío que dejaste en mi vida, y mucho menos aliviar la decepción que me produce, tras haber alcanzado la edad de los panegíricos, el no estar siendo comprendido ni por mis colegas ni por mis propios discípulos; un sentimiento, por qué no decirlo, al que Héctor y Elvira no están contribuyendo a mitigar, puesto que no sólo se han mostrado remisos a engrasar las armas cuando les he pedido que me ayudaran a hacer frente a la campaña que algunos colegas han desatado en mi contra (a todas luces envidiosos del avance de mis investigaciones acerca de los orígenes del Latimeria chalumnae), sino que han tenido la osadía de decirme a las claras que la operación de acoso y derribo de la que estoy siendo víctima únicamente existe en el laberinto de mi imaginación.

Pero jeremiadas aparte, lo que en esta ocasión guía mi pluma no es la voluntad de poner en tu conocimiento los últimos resultados de mis investigaciones sino el deseo de contarte un sueño que tuve hace un par de meses. Acaso te preguntes por qué ahora y no antes. Lo cierto es que no ha sido por falta de ganas o porque se tratara de uno de esos sueños donde las cosas se ven representadas de un modo tan sumamente irracional, que llegado el momento de recrearlas descubrimos que la escritura tan solo sirve para pergeñar una crónica tan torpe como ininteligible; sino porque el relato de mi experiencia onírica requería un esfuerzo memorístico ingente, amén de una detallada catalogación y depuración de todo el material rescatado. Cumplida esta etapa, ahora toca ponerlo todo en solfa, naturalmente confiando en mi desbordante imaginación si en algún momento me veo en la necesidad de repintar alguna parte del fresco que el olvido hubiese dañado. Antes de proceder, debo advertirte que en mi crónica abundan los episodios donde cobran un protagonismo especial la carnavalización delirante, la chocarrería escatológica, la sátira irreverente o la crueldad entendida como una de las bellas artes. De antemano te pido disculpas si algo de ello pudiera herir tu sensibilidad.

La noche en que tuve el sueño me acosté a mi hora habitual. No había ingerido bebidas alcohólicas y la cena había sido más frugal que de costumbre. Antes de apagar la luz estuve leyendo la entrevista que Sender Serrano había realizado al hijo pequeño de los Mundi y que venía publicada en el último número de Parnaso. En dicha entrevista, además de exponer sus opiniones acerca del panorama literario actual, Mario aprovechaba para defenderse de las malas críticas que había cosechado su novela Los mil y un rostros de un nombre. Y lo hacía alegando que la controvertida disparidad estilística de la que se había valido, no debía atribuirse a otro propósito que no fuese un intento de ejemplificar lo que él llamaba polimorfismo estético, «un concepto –decía Mario– que podría definirse como la voluntad de primar un tiempo narrativo –disolvente y lleno de indeterminación– que tenga la capacidad de neutralizar tanto los discursos monocromáticos como los que abusan de una sistematización vampirizadora». También decía que con la puesta en práctica de dicho principio él aspiraba a lograr que la acción narrativa tendiera a comportarse como un Fregoli durante el transcurso de una mascarada celebrada en un salón de espejos, una mascarada donde salvo dicho Fregoli –que habría sido contratado para evolucionar por la pista en constante e imprevisible transformación–, el resto de asistentes, todos ellos vestidos de calle, no podrían hacer otra cosa que dejarse invadir por un sentimiento en el que tanto cabría un pasmo mayúsculo como el más absoluto de los desconciertos. Asimismo y sin que mediara pregunta de por medio, Mario se despachaba diciendo que en modo alguno acertaba el resentido profesor Viejo Lozano cuando aseveraba que la «obsesiva exhibición de pirotecnia culturalista de la que la prosa de Mundi hace gala, no es más que un intento de ocultar la ausencia de una voz propia». Mario se defendía de tales envites argumentando que el secuestro de personajes creados por otros autores, la parodia literaria o el abuso de la intertextualidad, eran recursos que él utilizaba como un modo de dar voz a los grandes maestros, y muy especialmente a todos aquellos cuya obra había despertado en él tanto lo que Harold Bloom denomina «la angustia de sentirse deudor» como el convencimiento de que la salvación del artista no tenía otro peaje que caminar perpetuamente sobre la cuerda floja.

Como la lectura de la entrevista no logró arrancarme un solo bostezo, agarré al azar uno de los libros que se amontonaban a los lados de la cama y lo abrí sin siquiera mirar la portada. Lo primero que leí fue lo siguiente: «En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos». De este modo comienza uno de los relatos que Borges incluyó en esa «colecticia y desordenada silva de varia lección» que es El Hacedor, un relato que lleva por título Ragnarök y cuyas primeras líneas serían utilizadas por mi yo soñador para armar el inicio del sueño que me dispongo a contarte. Por otra parte y a modo de cita liminar de mi texto, he copiado las dos últimas frases de Paradiso XXXI, 108 (un relato que también figura en el índice de El Hacedor), y no únicamente porque fueron las últimas que leí antes de quedarme dormido o porque a mi entender albergan un cierto resabio de neoplatonismo panteísta (Porfirio, el discípulo de mi admirado Plotino, decía que Dios, si bien no puede ser vislumbrado ni por el cuerpo ni por el alma, sí se deja contemplar en un espejo), sino porque contribuyeron, junto al poema Los Espejos (también incluido en el libro de Borges), a que mi sueño tuviera un desenlace que a día de hoy no deja de sorprenderme.

Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró para que Dios sea todos. Quién sabe si esta noche no la veremos en los laberintos del sueño y no lo sabremos mañana.

J. L. Borges, Paradiso XXXI, 108

El escenario donde el sueño tenía lugar era un monasterio medieval; el día, un viernes de cuaresma; la hora, el atardecer. Los monjes, de cuya comunidad yo formaba parte, entraban en el refectorio y se sentaban a la mesa. En las escudillas humeantes había sopa de carpa con acelgas. Tras pronunciar la acción de gracias, el padre prior –a cuya derecha me encontraba yo sentado y cuyo rostro era la viva estampa de nuestro abuelo Juan Miralda– bendecía los alimentos y daba licencia para tomarlos. Durante la cena yo me dirigía al prior y le preguntaba si también él pensaba, al igual que Coleridge,  que en los sueños las imágenes representan las impresiones que creemos que producen. El prior decía que sí, que Coleridge llevaba razón, que en verdad, tal como Borges había escrito a propósito de dicha idea en su Libro de Sueños, «si un tigre entrara en este cuarto, sentiríamos miedo; si sentimos miedo en el sueño, engendramos un tigre». Tras lo cual añadía: «Borges decía tigre, pero también que el soñador podía proyectar el horror sobre una figura que en la vigilia no fuera necesariamente horrorosa, ya que a juicio del argentino no había una sola forma en el universo que no pudiera contaminarse de horror. Sin embargo y lejos de querer enmendar la plana a tan grandes poetas, me gustaría enriquecer esta idea desde la perspectiva de la fe». De repente un murmullo general se llevaba por delante la prometedora disertación del prior. Arrastrando los pies y sujetando un voluminoso libro cruciforme encuadernado en plomo, un anciano y decrépito Alberto Miralpeix entraba en el refectorio y se dirigía a la escalera de acceso al púlpito. Cuando tu hermano se disponía a iniciar la ascensión, un novicio –tocayo del judío de Cirene que había llevado la cruz de Cristo– se levantaba de la mesa y corría hacia él diciendo:

–Fray Martín, fray Martín, deje que lleve el libro por usted.

–Regresa a tu lugar, Simón –decía Alberto–. Ya te he dicho mil veces que la penitencia no es una carrera de relevos.

Pero el novicio se negaba a obedecer y permanecía en todo momento al lado de tu hermano. Durante su penosa ascensión, Alberto no cesaba de repetir por lo bajo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me obligas a ser tan vanidoso?». Culminado su digamos que via libris, colocaba el volumen en el atril, lo abría y tomaba asiento. Luego mandaba al novicio que regresara a la mesa y con voz cansada y temblorosa se ponía a leer lo siguiente:

 

VIDA DE FRAY MARTÍN DE LA CRUZ DE PLOMO

CAPÍTULO DCLXVI

Donde se relatan las peripecias que el marqués de Partalta padeció durante su bajada a los infiernos del sueño y de cómo Dios nuestro Señor siempre vela por sus hijos extraviados.

 

Si bien es cierto que este libro no pretende otra cosa que dibujar con máximo rigor el retrato de un modelo a seguir, no sería justo pasar por alto los aspectos menos ejemplarizantes de quien por sus virtudes se ha erigido en uno de los monjes más respetados de los Hermanos Negros. Y es que cinco años antes de haber profesado los votos, amén de haber repartido sus riquezas entre los más necesitados, don Alberto Miralpeix Miralda (quien a causa de la muerte prematura de su esposa, doña Lorena Masdevall de Torresdesarria, había puesto en cuestión la bondad de los designios del Todopoderoso y al que a la sazón ni el más infalible de los oráculos le habría hecho creer que un lustro más tarde el lastre del pecado se convertiría en lustre y su nombre no tendría mayor tratamiento que el de fray), solía aceptar con agrado que noche tras noche el emperador del mal proyectara sobre su entendimiento toda suerte de sueños y pesadillas infernales. En uno de dichos sueños, el protagonista de esta biografía se veía a sí mismo paseando por una rambla situada en el centro histórico de una bulliciosa ciudad portuaria. Estaba anocheciendo. Por las calzadas laterales circulaban enjambres de motocicletas y algún que otro coche de caballos. En el andén central, que estaba bordeado por dos hileras de plátanos centenarios, una multitud indolente y variopinta deambulaba entre los músicos, saltimbanquis y estatuas vivientes que reclamaban unos segundos de gloria y algunas monedas, a poder ser, decía gorra en mano uno de los cuestores, «sin bustos de caudillos por Dios agraciadios» (sic). Presa de un pasmo provinciano, el avatar onírico del futuro fray Martín de la Cruz de Plomo, se detenía ante un grupo escultórico viviente integrado por una joven y un enano. La primera iba disfrazada de árbol, mientras que el segundo iba vestido con una chilaba confeccionada con retales cruciformes de piel de serpiente. Nada ocurría de particular hasta que una las personas que se agolpaban alrededor de los artistas, apuesta y elegante donde las haya, daba un paso al frente y anunciaba a los presentes que acababa de ser nombrado presidente ejecutivo de la Sociedad Nacional de Mecenas Anónimos, y que en consecuencia una de las servidumbres de su nuevo cargo pasaba por dar ejemplo. Al término de la alocución y mientras un reportero gráfico documentaba el momento, el nuevo presidente de la SNMA se rascaba el bolsillo de su americana y sin escatimar pompa en sus ademanes introducía un puñado de monedas en el bote de los óbolos. Tras percibir el soniquete del numerario, el enano hacía una venia al benefactor y pronunciaba un discurso de agradecimiento tan breve como ditirámbico. Luego hacía florecer en su diestra una navaja con la que seguidamente cosía a puñaladas el árbol de cartón piedra en el que la muchacha estaba enfundada. Esta última, entre sollozos, trataba de apaciguar el ímpetu de su agresor diciendo: «Perqué mi schiante? Perqué mi scerpi? Non hai tu spirto di pietade alcuno?». En cuanto la joven cerraba los ojos musitando un último «perqué», el enano, con semblante afligido, soltaba el arma y se ocultaba detrás de un biombo médico. Al poco y cual brujo tribal, regresaba a escena portando una crátera decorada con un friso de sátiros y ménades. Tras elevarla, declamaba: «Eritis sicut ego, scientes malum terrae», y a continuación invocaba al emperador de las alcantarillas con un trisagio tan sacrílego como indigno de ser reproducido. Finalmente arrojaba en la vasija una sustancia nauseabunda con la que, al término de las arcadas, ungía las lesiones que presentaba el disfraz de la muchacha. Mientras lo anterior estaba aconteciendo, un anciano que se encontraba en el corro, se acercaba al presidente de la SNMA y le susurraba al oído:

–Lo que usted no debe saber es que el enano sólo vomita esa mierda si una pelandusca engalanada como una gran burguesa desfila por la acera de enfrente.

Torciendo el rostro con una mohín, el presidente de la SNMA preguntaba:

–Y cuando la que pasa por la acera de enfrente es una gran burguesa engalanada de pelandusca, ¿qué hace?

–Pues correr hacia ella y cubrirla de requiebros hasta hacerla enrojecer –respondía el viejo.

–De haber tenido noticia de su existencia, Buñuel habría hecho de él una estrella –decía el presidente de la SNMA, justo antes de que una empalizada de jayanes de los de mujer en cada puerto se interpusiera de muy malos modos entre el conjunto escultórico y la persona de don Alberto Miralpeix, quien a pesar de sentirse grandemente irritado por la rudeza de aquellos gigantones, se mordía la lengua y hacía mutis por el foro.

Sección nº5

Mis putillas callejeras

 

No había recorrido el marqués un gran trecho cuando le parecía que a su izquierda, de la espesura de un jardín florido que allí estaba, salían unas voces jadeantes, como de hembras en celo; y apenas las había escuchado, cuando se decía:

–Este lugar no debe ser muy distinto del jardín donde tío Alejandro hallaba solaz.

No iba desencaminado en su impresión, pues aquel lugar, al igual que el jardín de su tío Alejandro (quien a sí mismo se definía como el cervantista más putañero entre los crápulas que la secta cervantista ha dado), también era una floresta de olores y colores donde la lanza de la lujuria hería por igual a jóvenes que a viejos, a feos que a bien parecidos, a listos que a zotes, fueran, unos y otros, cristianos, moros o judíos; fueran, otros y unos, ardientes, fríos o tibios. No entraba sin embargo en los planes del aristócrata visitar aquella noche en ningún jardín femenil, pues aunque a la sazón el Alberto Miralpeix de carne y hueso era todavía un cliente habitual de lupanares y otros lugares de perdición, el Alberto Miralpeix que estaba protagonizando aquel sueño no sentía a esas horas otra clase de apetencia que no fuera cenar alguna cosa, dar un paseo y tomar un taxi que lo llevara a su domicilio, y una vez allí y después de haberse dado un baño y haber gozado nuevamente con la contemplación de lo que él llamaba «la pureza de la crueldad», ponerse a practicar sus ejercicios de oratoria, y muy especialmente aquellos cuyo propósito consistía en atraer la atención de los seres vivos que, y cito sus mismas palabras, «por su propia naturaleza están incapacitados para comprender la música verbal con la que algunos elegidos tratan de imitar el aliento de los dioses», unas prácticas acerca de las cuales quien esto escribe se abstendrá por el momento de ofrecer mayores detalles. Todo se andará. Ahora solo cabe retomar el hilo del relato diciendo que no preveía el marqués que sus cilicios mentales pudieran resultar tan poco eficaces ante los encantos de aquellas muchachas. Mas pese a haberse dejado convencer por sus proclamas y haber entrado finalmente en su jardín, don Alberto Miralpeix, que aquella noche se sentía más Parsifal que de costumbre, se decía que si el Wagner que había pasado a mejor vida en la ciudad de los canales, el mismo que para referirse en privado a las muchachas-flor de su drama sagrado lo hacía llamándolas «mis putillas callejeras», hubiese tenido la oportunidad de regodearse con la visión de aquellas hurgamanderas tan lozanas, tan gráciles, tan ligeras de ropa, a buen seguro que no solo les habría dedicado un buen lote de guiños y muecas lascivas, sino que a cuantas hubieran accedido a retozar en su mullido lecho palaciego, las habría cubierto con toda clase de sedas, brocados y rajas de Florencia.

Entretanto, en el quiosco del señor Universo Alegría tenía lugar un hecho cuando menos insólito y no poco significativo, y es que los pájaros del coro Sol y Sombra, tratando de satisfacer los deseos de un grupo de chulapos llegados de la capital de España, habían cambiado el registro que los caracterizaba para ponerse a cantar La violetera, una canción que don Alberto Miralpeix no escuchaba desde hacía años y que al entrar en sus oídos lo transportaba, al igual como a otros les ocurre con el aroma de los pinos o el sabor de una primicia, a los años de su juventud, y más particularmente a su desasosegante atracción por Sara Montiel, «una diosa del cine a la que en incontables ocasiones yo llegué a amar de un modo leonino, tanto en sueños como en ensueños –se decía el aristócrata recordando una noche de farra en la que había referido a su cuñado Carlos Bach los pormenores de su relación oníricoamorosa con la Lula de Mariona Rebull–, curiosamente la misma diosa que para Terenci Moix representaba la inspiración máxima de un erotismo tranquilizador».

Sucedía entonces que mientras los pájaros del coro Sol y Sombra cantaban –a la manera de un madrigal monteverdiano– aquello de

 

que pregonando parecen golondrinas

que van piando, que van piando,

 

una florista que pasaba por llamarse Sangredeclavel y a quien su afán por erigirse en el verso suelto del ramillete le había costado el repudio de sus compañeras, miraba al marqués desde una esquina maloliente y tenebrosa y decía:

–Pongo en su conocimiento que la fortuna está hoy de su parte, pues si tiene usted pensado alquilar mi cáliz rosado, sepa que, aunque es luna llena, ya no tengo el rojo clavel entre los labios sino esos jugos que tanto ayudan en los juegos del amor, juegos que sin duda deben ser del gusto de un alma fría, de un católico tibio y de un ardiente semental como es Alberto Miralpeix.

–¿Quién… quién me nombra? –preguntaba sobresaltado el marqués– ¿Una ilusión, una sombra, una ficción?

–…un tipo de madrileña, neta y castiza, que si entorna los ojos te cauteriza, te cauteriza – cantaban en la lejanía y como si estuvieran hablando por boca de la florista, los pájaros del coro Sol y Sombra.

Víctima de su propio desconcierto, don Alberto Miralpeix se veía de pronto rodeado por el resto de floristas, todas sin excepción dispuestas a excitar el apetito carnal del incauto que se había adentrado en los dominios del engañoso jardín.

Komm’! holder Knabe! –decía, entre jadeos e insinuantes movimientos de cadera, una muchacha de brazos serpentiformes y piernas tentaculares a la que Sangredeclavel, sin moverse de su esquina, presentaba diciendo: «Se llama Rosadeandrómeda y nació en Salzburgo. Después de haber dilapidado su herencia en un negocio dedicado a la confección de rosas galácticas elaboradas con algodón de azúcar, logró salir adelante gracias al rosáceo portento que su entrepierna custodia».

My name is Blacktulip, and I need you in my lap! –decía casi susurrando una negra alta y rolliza cuya entrada en el floreciente negocio del trasvase de fluidos había acontecido, tal como ella misma refería al marqués, tras haber caído en la cuenta de que mantenerse en el buen camino nunca blanquearía la piel de su alma oscura.

La bocca lasciami baciare! –suplicaba puccinianamente una joven de nalgas melocotoneras, ojos verdegatunos y pechos taurocórneos; una joven acerca de la cual Blacktulip informaba al marqués que pasaba por llamarse Fanciulladifirenze y cuyo difunto progenitor (un caco al que la policía italiana había rebautizado con el nombre de Rossini) se había convertido en un referente ineludible entre los amigos de lo ajeno de toda la Toscana, y no solo por su extraordinario cacumen o porque tenía por costumbre dejar, en el mismo interior de las cajas fuertes descerrajadas, un recibo por el importe robado y firmado con el nombre de La gazza ladra, sino por haber logrado desvalijar las oficinas del Teatro Comunale durante una representación de L’Occasione fa il ladro a la que estaba asistiendo la plana mayor de la mafia siciliana.

Vine, vine, noi magnífic, que jo per tu sols viure vull i tendre floriré per donar goig al teu estam –decía una hembra de las que quitan el hipo y que llevaba un bello colgante de oro en el pecho donde podía leerse la palabra Flornatural. Tras agarrar al marqués por el hombro, Fanciulladifirenze le contaba al aristócrata que el bisabuelo de Flornatural, además de haber sido un gran poetastro que firmaba sus versos con el seudónimo de Rosenkavalier, tenía la sana costumbre de escribir un soneto erótico justo antes de dar satisfacción a sus apremiantes deseos carnales.

Je ne suis pas une femme, je suis un monde. Mes vêtements n’ont qu’à tomber, et tu découvriras sur ma personne une succession de mystères! –decía, en un perfecto francés de Ruán, una muchacha de claro aspecto abisinio. La hija del poetastro informaba al marqués que la joven se llamaba Reinalda Sabatini y que se trataba de una lagarta a quien sus proverbiales habilidades sobre el triclinio le habían reportado cierta notoriedad en las casas de lenocinio bonaerenses.

Abrazando las piernas del aristócrata, una muchacha que decía llamarse Julia Florencia de la Rayuela y que a sí misma se presentaba como una esperanza apátrida que había perdido la vista después de haber estado jugando al cíclope con un cronopio obsesionado con la eternización del presente, decía:

–No sabés, apuesto fama, el gusto que me daría besarte, y sentir que en la boca tengo siete peces y siete flores.

Interponiéndose entre Julia Florencia y el marqués, una muchacha de tez morena que llevaba un lorito en el hombro, imploraba:

–Deix que amanyagui les teues galtes!

–Mi ama se llama Flordeazahar –decía de pronto el lorito–, y es una levantina levantisca que ha emigrado de su tierra tras fracasar en su intento de corregir la inclinación de su parentela hacia el estilo ramplón y el liberalismo neocon.

Mich lieber! Mich lieber! –suplicaba una jeune fille en fleur ouverte que vestía una camiseta donde podía leerse la inscripción: «Em dic Margerite Feige, i figa-flor no sóc», todo ello al tiempo que Fanciulladifirenze informaba al marqués que la tal Margerite era una mallorquina de padres germanos a quien tanto ella misma como el resto de compañeras llamaban Figa-flor, si bien no tanto por su nombre y apellido como por su incorregible carácter pavitonto. Todo ello estaba aconteciendo justo antes de que otra jeune fille en fleur ouverte se pusiera a gemir repetidamente:

–¡Muéstrame tu florete! ¡Muéstrame tu florete!

Dando satisfacción a la curiosidad del marqués, Fanciulladifirenze aclaraba que aquella otra jeune fille en fleur ouverte se llamaba Calizdepasión, y que antes de recalar en aquel jardín, había trabajado en un salón de belleza donde se dedicaban a tatuar, en labios mayores y bolsas testiculares, los fragmentos más gloriosos de Justine ou les malheurs de la vertu.

Por su parte, una florista que apuraba las últimas gotas del licor de la juventud y que se hacía notar luciendo un velo de perfume trifloral y enarbolando una bandera tricolor, gritaba a voz en cuello:

Non! C’est mon home! C’est à moi!

La informadora habitual refería al aristócrata que la florista se llamaba Fleurdélicieuse, que era marsellesa, nacida el 10 de floreal del año CLXXX, y que antes de ejercer como florista de día y fulana de noche, se había significado especialmente por su activismo militante en favor de la preservación del cardo bretón y la flor de lis americana. La escena tenía lugar mientras Florryboomboom (una iza de rompe y rasga cuya madre había sido una eximia rabiza conocida con el sobrenombre de Colipoterra) se abría paso diciendo entre sollozos:

–No, he belongs to me! He’s mine, mine!

Aprovechando el río revuelto, Rosadeabril (una mulata que se había encontrado a sí misma al pie de un monte tan sacro como priápico y entre cuyas habilidades destacaba el arte de hacer florecer los capullos más tímidos de la alta sociedad) se acercaba al marqués y le cuchicheaba:

–Deja que sea tu jinete y cabalguemos unidos y sin descanso por las amplias praderas de una noche sin tabiques.

Pero el marqués no solo se la quitaba de encima como quien se sacude las pulgas, sino que dando voz a su gesto desdeñoso, le espetaba:

–¡Basta! ¡Basta! ¡Ni se te ocurra tocarme, florida sirena!

Sentada junto a un cubo lleno de lirios y tulipanes marchitos, Maggiofiorentino (Una mercenaria que había llegado a la ciudad gracias a los buenos oficios de Fanciulladifirenze) decía con tono apesadumbrado:

–Com’è timido! Com’è frigido!

–Muchacha, guárdate de tus palabras y no juegues con fuego. Y quien avisa no es traidor –advertía el marqués.

–¿Habéis escuchado, hermanas? –interrogaba entre risitas Sangredeclavel, quien acto seguido, como tratando de recomponer la unidad de acción que ella misma había dinamitado, exclamaba: «¡Ha dicho fuego, el marquesón ha dicho fuego! ¡Hermanas, enterremos nuestras viejas rivalidades, unámonos de nuevo y amemos a este buen mozo en el mullido altar de un gran lecho común!».

En un primer momento, las floreras reaccionaban a las pretensiones de su veleidosa colega con gritos de «oportunista», «cínica» y «caradura», mas no estando dispuestas a dejar escapar al único cliente de la noche, no tardaban en convencerse de que las defensas del marqués solo podían debilitarse poniendo en práctica la propuesta de Sangredeclavel. Tras unirse nuevamente en ramillete y casi al mismo tiempo que los pájaros del coro Sol y Sombra hubiesen hecho lo propio, las floreras se ponían a cantar

 

¡Llévelo usted, señorito,

que no vale más que un real,

cómpreme usted este ramito,

pa’ lucirlo en el ojal!

 

–¡No me agobiéis! –exclamaba el marqués– Mi carne no precisa esta noche del consuelo de ninguna flor abierta, y con mayor motivo si mi dragón no ha satisfecho sus necesidades.

–Y qué me dices del consuelo que podría darte esta tierna y delicada andaluza, que desde niña sueña con ser la esclava de una bestia como la que san Jorge hirió con su lanzón –sugería Rosapetalosa, una cordobesa que miraba con ojos de misterio y el alma llena de pena, tan hermosa y tentadora ella que de haber nacido con el siglo habría podido posar desnuda para el mismísimo Julio Romero de Torres. Luego, llevando su diestra a la entrepierna, añadía:

–¿Acaso no sabe tu dragón que hay cosas, como dice Lozana en su Retrato, que de nada sirven si no son participadas o comunicadas a menudo?

–Mi dragón no es de este mundo –decía el marqués.

–Pues entonces, ya que no deseas llevar flores a tu jardín ni ser nuestro florestero, muéstranos por lo menos tu pez encarnado. Pero no el que llevas en la ampolla, pillín, sino el que tú ya sabes –decía Margaritadeshojada, una manceba flaca y desgreñada entre cuyos servicios especiales destacaba el de hacerse la muerta mientras su cliente leía, a viva voz, el fragmento del canto de Ofelia: Larded with sweet flowers / Which bewept to the grave did go /With true-love showers.

Plantándose ante el marqués, Floraidamía (una esquinera ya entrada en años que de jovencita había ejercido el putaísmo en la mismísima residencia palaciega del obispo de Mondoñedo, quien unos días la llamaba Flora, otros Laida y otros Lamia) decía:

–Antes que nada, sería conveniente que este distinguido caballero, a quien podríamos rebautizar con el nombre de Florismartes, Floriencielado o Rogelioflorón, cumpla la costumbre de este jardín de flores curiosas; jardín cuyas habitantes no figuran entre las que don Antonio de Torquemada describió en su Jardín de flores curiosas, un jardín, el de don Antonio, cuyas flores hace siglos que no suscitarían la curiosidad de nadie de no haber sido por las maniobras de un manco sano de cuyo nombre no puedo ahora acordarme.

–¿A qué costumbre te refieres? –interrogaba el marqués.

–Es costumbre, don Florismartes (¿puedo llamarte Floris, o Florisel, o Florisando, o Floriseo? ), que cada buen mozo que se adentre por esta floresta no se libre de contribuir al sustento de sus florales inquilinas, a poder ser con un buen pellizco de su floreciente cuenta corriente –decía una muchacha holandesa que pasaba por llamarse Floridoflorín, justo después de haber anotado, en un libro Diario de tapas floreadas, un asiento donde podía leerse: «11 de septiembre de 2001. ¿…? Caja a clientes. ¿…? Aportación voluntaria del Sr. Florismartes para el sustento de nuestro florido y curioso Jardín».

[Frunciendo el ceño y moviendo la cabeza en señal de desaprobación, tu hermano detenía la lectura de su biografía y decía:

–Al autor de este libro se le ha pasado por alto mencionar que Floridoflorín era una ramera de Ámsterdam que había cambiado la tolerancia y los fríos de los Países Bajos por el calor, la luz y la bullanga de las tierras que se extienden al sur de los Pirineos, todo ello después de que una pitonisa por la que sentía una devoción patológica, le hubiese pronosticado que un paladín hispano y forrado de pelas la libraría para siempre de ser un objeto que a todas horas se vende para convertirla en un sujeto que a todas horas consume. Al término de lo dicho, Alberto continuaba la lectura.]

Por su parte y mientras abría la caja de los dineros, Cojalarosa (una moza de muy buen ver que había perdido la movilidad de la pierna derecha en un accidente de carroza) decía:

–Entre el cheque en blanco y la tarjeta roja, vuesa Excelencia escoja.

El marqués de Partalta, que a la sazón y no solo cuando soñaba, tendía a enfurruñarse si alguien se acercaba a él con el propósito de darle un sablazo, miraba a Cojalarosa y exclamaba:

–¡Coja lo será tu madre, cuestora de tres al cuarto!

Acto seguido y apuntando a Floridoflorín, imprecaba:

–Y que Dios maldiga a la puta, sea grave y gravosa, sea vil y afrentosa, que se atrevió a establecer esta nefanda costumbre, pues en verdad que le sobran méritos para hacerse acreedora del mayor de mis desprecios!

–En esta vida todo tiene un precio –decía Cojalorosa.

–¡Así me salve Dios, pues prefiero estar muerto antes que haceros entrega de lo que pedís! –exclamaba el marqués.

–Dios no malgasta su eternidad en salvar a la gente grosera –decía Sangredeclavel antes de añadir: «¿Cómo podría hacerlo si tú eres de los que creen (me lo ha contado una pescadera que te conoce muy bien) que la virtud de un hombre solo puede apreciarse en su justa medida si antes no ha sido el más infame de los pecadores?

Las floristas estallaban en carcajadas y premiaban el derrote de Sangredeclavel con fuertes aplausos. Grandemente irritado, el marqués soltaba una traca de ventosidades y decía:

–¿Entonces quién sino Dios me ha dado esta boquita que no habla pero cuyo aliento es capaz de causar el peor de los estragos?

–¿Qué rumor es ése, Florismartes? –preguntaba con mosqueo quijotesco Flordecucumber, una pindonga ferrolana que se había lanzado al pozo de la mala vida después que su novio la hubiese desflorado con un pepino sin afeitar.

–Pues ni más ni menos que el revoloteo de la mariposa del calabacín –respondía el marqués, remedando la voz de un lacayo que anuncia la llegada de una persona principal.

–¿Revoloteo? ¿Mariposa? ¿Calabacín? –interrogaban desconcertadas y al unísono las floreras.

–Sí, sí, amigas mías –decía el marqués–, el revoloteo de la mariposa del calabacín, un fenómeno que al igual que los pedos de don Roque Barcia, es consecuencia de una práctica saludable, aunque de tan retumbador pueda sobrecoger al paisanaje.

Qu’est-ce qui pue comme ça? –preguntaba Fleurdélicieuse à haute voix.

–¡Me acongoja! –exclamaba Sangredeclavel.

–¡Me horripila! –aullaba Cojalarosa.

–¡Me estremece! –chillaba Floridoflorín.

–¡Me recuerda el olorcillo que desprendía mi abuela al poco de morir! –decía lloriqueando Flordepepinillo, la hermana uterina de Flordecucumber, una florista acerca de la cual Fanciulladifirenze no ofrecía mayores detalles.

Refrenando sus emociones, Flordepepinillo añadía a lo dicho:

–Aunque ahora no estoy yo muy segura de si aquella hediondez se debió a una ventosidad post mortem o en realidad, como más de uno pensó en voz alta, se fraguó en los intestinos del cura que le había administrado la extremaunción, un gran pescador de almas (a quien de vez en cuando también le daba por pescar algún que otro salmón) cuyos adversarios le habían colgado el mote de Sanpedorro.

–¿Y la razón de tanta malicia? –preguntaba el marqués.

–Pues que al igual que a su paisano don Mariano Viloval –decía Flordepepinillo–, era un hombre a quien le gustaba dedicar sus cuescales florituras a los que según él habían puesto el mundo patas arriba, léase masones, rojos y separatistas.

–¿Don Mariano Vilobal? –interrogaba el marqués – ¿Estás hablando de ese cura celiano que cuando comía bien, como su nobelesco padre literario dejó escrito en uno de sus productos novelescos, no solo era capaz de estarse tirando regüeldos y pedos durante horas, sino que los dedicaba, entre «¡Mueras a Lutero!», a infieles y protestantes?

–Sí, del mismo –respondía la hermana uterina de Flordecucumber.

Parodiando el tono que algunos sacerdotes emplean en el confesionario, el marqués de Partalta preguntaba a continuación:

–Y el petománico clérigo que administró los santos óleos a tu abuela, ¿en verdad cómo se llamaba? ¿Pedro tal vez?

A lo que Flordepepinillo respondía:

–No, Pedro no. Si no recuerdo mal creo que Xosé Camilo… Cela. Cela… Cela… Canto. Sí, eso es, Canto de segundo apellido. Xosé Camilo Cela…

La voz de la florista quedaba de repente sepultada bajo un guitarreo estruendoso que salía del interior de una camioneta que bajaba por el lateral de la rambla y el cual daba entrada a una voz que berreaba:

 

Canto riancheiras,

bailo muñeiras,

la gaita toco

y a las Comores

pronto me iré.

 

¿Ze la canto otra vez?

 

Canto riancheiras,

bailo muñeiras…

 

Antes que aquella discoteca ambulante se desvaneciera en la lejanía, don Alberto Miralpeix aprovechaba el alboroto para descargar una nueva ráfaga de palabrotas intestinales. Tras comprobar, no con poca complacencia, cómo su arma invisible había obligado a las floreras a llevarse los dedos a la nariz, decía:

–Soy consciente de que no es este ni el perfume del incienso ni el aroma del ámbar, y que tal vez hubierais preferido que la fragancia de las flores marchitas de calabacín se asemejara a un perfume de chez Fior. Me sabe mal, pero la realidad es esa. Mas no desesperéis. Nada está perdido. Si alguna de vosotras desea ver la Vera Luz, que huela intensamente el canto odorífero de vuestras calabacinescas hermanas, que ya del todo corrompidas y sublimadas os desean transmitir la enseñanza que se desprende de unos versos que pronto diré y que salieron de la pluma del autor del verso

 

Era del año la estación florida.

 

–«¡Pestilente poesía!» –rugía de pronto una muchacha-flor que ocultaba su identidad tras una máscara que reproducía el rostro de don Marcelino Menéndez Pelayo y que, en el estilo de las cabezas compuestas de Arcimboldo, estaba confeccionada con claveles tradicionalistas y rosas liberalconservadoras. Y luego, a modo de coletilla y como quien envaina la espada tras la pendencia, añadía: «No es quien ahora te está hablando la autora de la frase, sino un tocayo del evangelista del águila apellidado De Jáuregui».

El marqués se volvía hacia la enmascarada y arremetía diciendo:

–Y ahora qué dirás: ¿«¡Una obra baladí y execrable!», como en su día escribiera el individuo cuyo retrato llevas pegado en la cara?

Mirando al marqués con ojos de bruja de cuento decimonónico, las floristas gritaban a voz en cuello:

–¡Arroja los versos y termina la matraca!

Tras tomar aliento e imitando unos versos de Comanini, don Alberto Miralpeix decía:

 

¿Eres tú Flora, o eres flores?

Si flor, ¿cómo de Flora

tienes con el semblante la sonrisa?

Y si eres Flora ¿cómo solo flores

va a ser Flora? ¡Ah, no!

Yo...

 

–¡Ah, no! A mí no me la pegas –cortaba la enmascarada–. Estos versos no son del mal narigado Ovidio Nasón.

–Hay que ver lo letradas que se han vuelto las meretrices de hoy en día –mascullaba el marqués antes de conceder un «de acuerdo, de acuerdo, los diré, los diré, pero antes quiero que me muestres tu rostro verdadero».

Poniéndose en jarras, la enmascarada decía burlonamente:

–¿Desde cuándo hombres y mujeres tenemos un rostro verdadero? De tenerlo, solo podrían apreciarlo los ojos de una conciencia superior que no teme mirarse al espejo.

–¡Déjate de zarandajas filosóficas y quítate la máscara de una vez! –exclamaba el marqués.

–¿Y si me niego? –respondía desafiante la enmascarada.

–Continuaré con mi particular versión del madrigal de Comanini –amenazaba el marqués.

–¡Di los versos! –apremiaban el resto de floristas.

–Que vuestra colega se quite primero la máscara –insistía el marqués.

–¡Ni muerta! –se defendía la enmascarada–. El que yo sea una rara flos no me obliga a concederte el privilegio de profanar mi santuario.

Disgustado por no haber podido doblegar la voluntad de una presunta mujer, don Alberto Miralpeix decía con displicencia:

–De acuerdo, tú ganas, pero que te quede muy claro que ni la máscara ni san Marcelino van a salvarte de la que está a punto de caer, ni a ti ni a tus compañeras de ramo. Éstos son los versos y que os aprovechen:

 

Mozuelas las de mi barrio,

loquillas y confiadas,

mirad no os engañe el tiempo

la edad y la confianza.

 

No os dejéis lisonjear

de la juventud lozana,

porque de caducas flores

teje el tiempo sus guirnaldas.

 

La reacción de las muchachas-flor no se hacía esperar, pues para ellas el solo hecho de haber escuchado el adjetivo caduca delante de la palabra flor ya constituía un indiscutible casus belli. Y si bien las más moderadas, entre las que figuraban Rosadeabril, Margerite Feige o la no mencionada Oloresdemiflordolorida, se limitaban a escupir a los pies del marqués con pétalos de baba o a llamarle mofeta, gorrino y otras lindezas, había un grupito de radicales (encabezadas por Blacktulip) que se decantaban por pegar donde más duele maldiciendo las flores de sus muertos o proclamando que la mujer que lo había traído al mundo era una adelfa sin veneno y una rosa sin perfume. También golpeaba lo suyo la francotiradora que ocultaba su rostro tras la máscara arcimboldesca y a la que sus colegas llamaban Olordemivida. Aprovechando el florido guirigay, Sangredeclavel se acercaba al marqués y le decía al oído que Olordemivida, cuyo nombre verdadero era Verónica Veracruz, había renunciado tanto a su puesto de profesora de literatura comparada como a sus estudios sobre la centuria dorada, para dedicarse en cuerpo y alma a la composición de un florilegio de poesía amatoria titulado Flores de amantes ilustres. De repente y mientras Sangredeclavel susurraba al aristócrata una frase que no repetiré, Olordemivida se subía a una tarima y decía:

 

Con habla de clase alta,

armado como burgués,

ahí viene un señor marqués

que no lo es de Peralta.

 

Avaro como el de Malta,

aunque a Cuatroojos admira,

pedos tan grandes se tira

que hasta Satán tiembla y salta.

 

Las floreras estallaban en carcajadas y aplaudían con entusiasmo la intervención de su compañera. Entretanto el marqués mascullaba para sus adentros:

–No os reiríais igual si supierais que mis ventosidades, al igual que las de José Arcadio Buendía, son de las que marchitan las flores. Acto seguido tomaba la palabra y decía:

–¿Acaso es que vuestras madres, fueran putas o santas, no os advirtieron de mozuelas que pedos como los que acaban de atufar vuestras narices y tal como dejó escrito un ya mencionado hombre de genio y no poco ingenio a quien por puro jorobar el jorobado Ruiz de Alarcón llamaba Patacoja...

–Sí, sí –cortaba Olordemivida–, ¿y no era precisamente Patacoja –el mismo que decía que mujeres y gallinas todas ponemos: unas cuernos y otras huevos quien llamaba a su jorobado jorobador, también por puro jorobar, Corcovilla o almorrana de la peor rabadilla?

Irritado por la verbosidad de la brillante florera, el aristócrata replicaba:

–¿Y tú, Olordemimuerte, no jorobas no dejándome hablar?

–Ladra lo que quieras, ladra lo que quieras, ladra lo que quieras –respondía la enmascarada, remedando el cacareo de una gallina clueca.

Deseoso de rematar su faena, el marqués decía:

–Os estaba preguntando, hatajo de flores de floripondio, si vuestras madres nunca os enseñaron que truenos como el que estoy ahora alumbrando y tal como Cuatroojos escribió en Gracias y desgracias del ojo del culo, antes hacen al ojo del ídem digno de laudatoria que indigno de ella.

De repente y cual nueva Casandra, Olordemivida alertaba:

–¡Hermanas, hermanas, alejaos de este futuro fraile, pues entre su par de peñas feroces, pronto dará nuevas voces!

Tras lo cual, don Alberto Miralpeix, abriendo la bolsa de los vientos infectos e imitando de un modo libérrimo al Commendatore en la escena final de Don Giovanni, se ponía a cantar, desafinando una nota sí y otra también:

 

Dolor de vieja partera

y olor a flor corrompida

es todo lo que os espera

en lo que os queda de vida.

 

Tras desenvainar de su memoria un par de floretes gongorinos, Olordemivida se plantaba ante el aristócrata y arremetía diciendo:

–Veo que tú eres de los que no han abandonado el regazo del padre Florencia, ese insufrible sermoneador que

 

a cuanto ventosea en castellano

se tapa las narices la elocuencia.

 

Sintiendo la punzada de aquellos endecasílabos en lo más profundo de su honor y al tiempo que en su mente se hacía visible la imagen libresca de un ángel caído del más acá venido, el marqués daba la espalda a Olordemivida y decía para sí: «En mí hoy los pedos son sirenas : caminar, debo caminar : con arrogancia aristocrática? : como un desheredado impasible a las chanzas? : a la impúdica, osada desvergüenza de sus cuerpos lozanos? : adelante, sí, adelante, no te detengas, que no te afecte, evoluciona como un autista, como un flautista que solo vive para su arte, cierra tus ojos y recuerda que el noble que está a punto de escapar de la florida donde viven, el canalla que las desprecia y utiliza, el degenerado que ha comprado el pez encarnado, eres tú, eres tú, eres tú». Luego, tras salir de su ensimismamiento, se volvía hacia las floristas y como quien lanza un doble conjuro, declamaba:

 

Puto es el hombre que de putas fía

y puta, la hembra que a putos lía.

Sepáis que no soy puto ni confiado

mas sí un inicuo y poderoso mago

cuyo anhelo en tres versos se resume:

¡Que mil lacras, arrugas y verrugas

recubran vuestra piel y vuestra cara

y siempre más os falten los varones!

 

Como por ensalmo y al tiempo que Olordemivida aullaba el estribillo del culterano cordobés

 

¡Que se nos va la Pascua, mozas,

que se nos va la Pascua!,

 

las floristas quedaban metamorfoseadas en sesentonas de cabello cano, rostro rugoso y carnes generosas. Grandemente satisfecho, don Alberto Miralpeix abandonaba el lugar con paso resuelto y el firme propósito de no mirar atrás, pues por aquel entonces él todavía creía que la nostalgia o la compasión eran sentimientos que en modo alguno debían ser cultivados por los hombres que entendían la historia como un camino conducente a la superación de toda dualidad maniquea.

Por su parte, la nueva Olordemivida, sin máscara y todavía reacia a creer en el poder de los encantadores, agarraba las manos marchitas de Margerite Feige y Cojalarosa y con la voz rota exclamaba:

–¡Cómo es posible que un caballero tan apuesto haya tenido la desvergüenza de valerse de unas cuantas flores de calabacín corrompidas para darme calabazas, a mí, a la mismísima prima hermana de Placerdalavida!

–No tengo el gusto de conocerla –decía, entre sollozos, Cojalarosa.

–Ni yo –añadía Margerite Feige, después de haberse sonado con un pedazo de papel de periódico.

Sorprendida por la ignorancia de sus colegas y adoptando un tono profesoral tan rancio como pretencioso, Olordemivida decía:

–Placerdalavida, naturalmente con el permiso de Celestina, fue la más grande alcahueta que el mundo haya conocido. Solo os diré que durante su juventud fue la encargada de organizar los encuentros más sonados entre la bella Violeta Carmesí y el macarra más valiente y dotado de todos los que lo han sido, son y serán: un chulo de barrio que debía su fama al hecho de ser uno de esos machos con principios que siempre anteponen la putería (sic) a la floritura y al que todos llamaban, por razones obvias y otras que no vienen al caso, Tirandoalblanco.

Con una tristeza propia de seres que han llegado a un otoño donde los nubarrones perpetuos no prometen la menor posibilidad de un veranillo fugaz, Margerite Feige preguntaba:

–¿Y esa prima tuya no dispondrá de algún filtro que pueda devolvernos la lozanía?

Enarcando las cejas y asintiendo con la cabeza, Olordemivida respondía:

–En su botica jamás faltó de nada.

–¿Pues por qué no le pides que te lo suministre? –preguntaba Cojalarosa.

Con el rostro cubierto de lágrimas, Olordemivida respondía:

–¿Es que acaso pensáis que si yo dispusiera de los poderes de Cristo, dudaría en emular el milagro que Él obró ante la tumba de Lázaro?

Cada vez más apesadumbrada por la nueva realidad que la magia del marqués había grabado en su memoria –donde para su desdicha ahora constaba que tenía cuatro hijos que se habían comportado con ella como unos mal nacidos, veinticuatro nietos malcriados en la calle y un marido malcarado y barrigón que de unos años a esta parte había pasado de tratarla como a una mula de carga a maltratarla como a una perra pulgosa– Olordemivida se mesaba los blancos cabellos y se preguntaba:

–¿Por qué ha de ser tan penoso el despertar de quien un bello sueño está soñando?