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Los círculos del sur

novela

2000 - 2003

I - El círculo protector (cap. 1)

Me sabe mal haberla dejado plantada. Por suerte el Juan Sebastián Bar no le quedaba lejos de casa. En cuanto haya facturado la maleta la llamaré para disculparme. No sé donde tendría yo la cabeza cuando le dije que partía el jueves. Y mira que Antonio me llamó para recordármelo. Ya me conoce. En mi agenda lo pone bien claro: «16 de junio. Ayudar a Antonio a colocar las vigas». Bloomsday. ¡Mierda! Ya no podré desayunar riñones fritos. Pensaré en ella esta noche. A fin de cuentas, no voy a estar muy lejos del lugar donde Marion... O and the sea the sea crimson sometimes like fire and the glorious sunsets and the figtrees in the Alameda gardens yes and all…

–¿Le molesta si fumo?

¿Nora era judía? Molly, sí. Por parte de madre. Española. Lunita Laredo. Del sur. Luna, lunera, cascabelera. May Moon shes beaming love. ¿Dónde habré yo leído que España es Irlanda con sol? Laredo está en el norte. El Monte Sinaí, no. Nora. Aarón. Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh.Tengo que leer más a fondo la Subida al Monte Sion. Bernardino de Laredo también es de los nacidos en el ochenta y dos, en el sur, cuatro siglos antes que el inventor de la tal Lunita. Siento curiosidad por saber algo más acerca de las tres vías de la mística. Negar a nuestro cuerpo toda petición sensual. Socratismo pesimista lo llaman a esto último. Me pregunto si habrá algún modo de superar las vías iluminativa y unitiva sin tener que pasar por la anichilación. Algún día escribiré mi particular Subida al Monte Cerebro.

–¿Me ha oído, señor?

–Ah… sí, fume, fume tranquilo.

Tendría que haberle dedicado más tiempo. Al final se pensará que no la amo. Pero las obras no pueden detenerse. Ouroboros no se muerde todavía la cola, y boca y cola deben estar unidas cuando se cumpla un año de la colocación de la primera piedra. Y para eso falta ya muy poco. Ese mismo día pienso arrancarla de las garras del cancerbero de su padre y me la llevaré a La Caldera del... Ella no acaba todavía de entender mi obsesión por transformar cada una de mis acciones en un ritual y cada una de mis obras en un sistema. Espero que en lo que a la casa se refiere no vea mis liturgias con muy malos ojos.

[…porque la nueva fórmula reforzada de Bloom Max elimina los insectos del hogar con eficacia y sin molestar. ¡Bloom Max: el terror de los insectos! De Cruz Verde…]

¡La que faltaba! Éramos pocos y parió la abuela.

–¡Me cago en tu puta madre! ¡¿Que no me ves, tiorrona del copón?!

[Son las ocho en punto de la mañana, las siete en Canarias. España mañana…]

…será republicana. No caerá esa breva. El rey ha muerto. ¡Viva el rey!

[…miércoles, 16 de junio…]

Stately, plump Buck Mulligan came from the stairhead, bearing…

–Al asilo, al asilo es donde tendrían que estar las matusas como esa. Y de allí directas a la gusanera.

Este campeón de la grosería no cerrará el pico. No sé si a Mar le gustará que la casa lleve el nombre de una serpiente. Tu t’acharnes sur la beauté. / Et quelles femmes ont été victimes de ta cruauté! / Ève, Eurydice, Cléopâtre; / j’en connais encor trois ou quatre. Ouroboros, la serpiente de la cola en la boca. La serpiente que, como dice Borges citando a no sé quién, «empieza al fin de la cola». In my end is my beginning. Como el relato que Marius Salvat nos ha leído esta noche. Se cierra sobre sí mismo de un modo un tanto escheriano, si bien su propósito parece hallarse más cerca de la litografía Reptiles que del grabado Dragón… Hic est Draco caudam suam devorans… Jórmungandr.

[…nisterio de Sanidad garantiza que a España no ha llegado Coca-Cola procedente de Bélgica…]

Beba Boca-Cola Lacolacolacolacola… ¿Ouroboros es en realidad un dragón o una serpiente? ¿Y eso importa? En todo caso sí que es el símbolo más redondo de la alquimia. Precioso el Emblema XIV de Atlanta Fugiens. Principio de la clausura. Unidad de la materia. El bien acabar copulando eternamente con el bien empezar. Hen to pan. Del veneno al elixir de los sabios. Desde lo Uno a lo Uno por el Uno. ¿Es o no es un ideal admirable? Al final se acabará decantando por la simplicidad. Seguro que propondrá llamarla El Círculo o El Anillo. If you have form’d a circle to go into, / go into it yourself, and see how you would do.

–¡Serás cabrón, hijo de puta!

–Piii Piiiiiii.

Este taxista es un auténtico descerebrado. Al paso que vamos no sé si voy a llegar sano y salvo. Claro que si me apeo, pierdo el avión, y si no, corro el riesgo de que este pedazo de animal me mande al cielo por la vía rápida. El que sí se ha precipitado al infierno de la decepción ha sido Marius Salvat. No esperaba que sus amigos reaccionaran de un modo tan frío. Aunque más que de reacción habría que hablar de ausencia de reacción. La indiferencia duele, ya se sabe.

[…nal Supremo rechaza las recusaciones de Gómez de Liaño por extempor…]      

Seguro que al término de la lectura se ha dicho que cómo podía haber sido tan iluso, que qué esperaba cosechar de unos amigos (no es mi caso) que siempre habían defendido a capa y espada que la literatura había entrado en vía muerta el día que un irlandés la convirtió en un ladrillo indigerible. Sin embargo, yo no deseaba que mi silencio fuera solidario con la actitud esquiva –por no llamarla cobarde– de toda esa panda. No. Yo he mirado a Salvat de frente, sintiendo la típica empatía del que ya ha pasado por trances semejantes, pero con la firme voluntad de expresarle mi opinión en cuanto me abordara con un «¿qué te ha parecido?».

[…presenta su Gobierno provisional en Prístina y se resiste a entregar las armas. La Iglesia serbia pide la dimisión de Milose…]

¿Y el final, con ese digamos que resueño del sueño de la inyección de Irma a modo de aria coral, donde la soñadora cantaba con voz de barítono, Joyce, de soprano, Freud, de tenor, Wagner, de contralto y Calderón de la Barca, de bajo? ¿Y ese diagrama que nos ha mostrado, esa suerte de mixtura entre el Esquema Linati y La Cruz de Parsifal? No sé, a mí me parece, y así se lo he dicho, que toda esa serie de correspondencias con trasfondo freudiano entre los personajes de Ulysses y de Parsifal están traídas un tanto por los pelos. Y aún suerte que no le ha dado por relacionar a Molly Bloom con una perrita de Wagner que enfermó súbitamente un 13 de julio de 1882, en el transcurso de los últimos ensayos de Parsifal. Siempre el trece. ¿Joyce no nació en 1882? Menos uno más ocho más ocho menos dos igual a trece. Molly, la perrita de Wagner, murió a la mañana siguiente. Dicen que su amo lloró amargamente. Lo que sí que me ha parecido francamente curioso es eso que ha comentado acerca del Bloomsday a la wagneriana. Resulta increíble que un 16 de junio de 1877, Siegfried, el hijito de Wagner, hubiera entregado un ramo de flores (Blumenstrauss) al emperador Guillermo. No sé si he acertado al sugerirle que lo mejor que podía hacer con su «transcripción literal de un sueño literario», coda y esquema incluidos, era echarla directamente al fuego.

[…de guerra surcoreanos hundieron ayer un torpedero norcoreano y provocaron serios daños a otros dos en una zona que los dos países vecinos se disputan en el Mar Amarillo, junto a la…]

Antes de despedirnos me ha confesado que, de pronto, mientras yo le hablaba, su conciencia había entrado en un estado de agitación ingobernable, y que el eco mental de mis consejos se había terminado enredando con el final de la primera parte de Madame Bovary, cuando Emma arroja su ramo de novia a la chimenea y el narrador dice: «Il s’enflamma plus vite qu’une paille sèche. Puis ce fut comme un buisson rouge sur les cendres, et qui se rongeait lentement. Elle le regarda brûler. Les petites baies de carton éclataient, les fils d’archal se tordaient, le galon se fondait; et les corolles de papier, racornies, se balançant le long de la plaque comme des papillons noirs, enfin s’envolèrent par la cheminée».

II - El círculo defensor (cap. 4)

«Solo la oscuridad alimenta mi luz y solo la luz alimenta mi oscuridad», me dije en cuanto cayó la noche. Habían pasado ya varios lustros desde que me propuse imprimir ese lema en el alma de cada una de mis obras. Y aunque al cabo de los años he podido verificar cómo el sol del tiempo tiende a desvanecer la poesía de las cosas, la oscuridad, junto al silencio, que no deja de ser otra forma de oscuridad, sigue siendo para mí un ámbito donde todavía me resulta posible percibir ciertas sutilezas ancestrales que resultan de esa materia ultrarrefinada que somos los humanos. Y no me estoy refiriendo tanto a la oscuridad propiamente física, cuanto a esa otra oscuridad que posibilita que algunos humanos devengan dioses con luz propia. En cuanto las últimas resonancias de mi lema se hubieron desvanecido, mi cerebro, como acostumbraba a suceder cuando yo conducía de noche por la comarca, dio la palabra a otras voces mentales, voces que se pusieron a decir cosas como que el mundo había dejado de existir, que yo era el único hombre vivo en la tierra, que mi coche, el aparato de radio y la música que salía de los altavoces, eran las únicas muestras que podían dar testimonio de la insignificante grandeza del ingenio humano, etcétera, etcétera. Por otra parte, al seleccionar la sonata nº 14 de Beethoven, los encargados de llevar a cabo la programación del espacio radiofónico que yo estaba escuchando, habían contribuido a crear una de aquellas situaciones por las que tú ya sabes que siento una devoción especial. Y no únicamente por el hecho de estar escuchando la sonata “Claro de luna” durante una noche sin luna, sino por la hermosa coincidencia significativa que se acababa de producir. No desvelo ningún secreto si digo que las noches sin luna siempre han sido santo de mi devoción, tanto o más que los arpegios que sostienen el lamento fúnebre del primer movimiento de la pieza de Beethoven; “una pieza que, como en tantas otras del genio de Bonn, ya esboza claramente lo que habría de ser el fundamento estético del siglo XIX”, me dije en ese momento, aun siendo consciente de no estar postulando nada nuevo; una pieza que a mí, aunque la idea se te pueda antojar un tanto extravagante, me gustaría escuchar algún día frente a un sol de medianoche y estando yo sentado en lo alto de una columna de un templo en ruinas.

Sol, Do, Mi. Sol, Do, Mi. Sol, Do, Mi. Sol, Do, Mi. Los tresillos iniciales del Adagio sostenuto estaban sonando de nuevo, pero no en el aire del coche sino en esa región mental donde el pasado se manifiesta como una suerte de presente que fluye en paralelo con ese presente otro en cuyo ámbito los seres se debaten entre la nada de la memoria y la nada de la incertidumbre. No sé si me explico. Lo vamos a dejar aquí. El caso es que yo era todavía muy niño cuando aprendí a tocar aquellas notas de oído. Recuerdo que por entonces yo solía pergeñar los arpegios iniciales imitando una costumbre de vejez de mi abuelo, sin duda uno de los primeros antecedentes, si no el primero, de mi futura devoción por la oscuridad. Tú ya sabes que el paso de una sólida riqueza a una precariedad desasosegante había generado en mi familia no pocos cambios de comportamiento y de rutinas. En el caso particular de mi abuelo, el cambio más llamativo consistió en trocar su estimada vida social en tiendas de antigüedades y galerías de arte por la soledad de un salón a oscuras y un teclado de piano. Cabe decir que aquellas sesiones pianísticas entre tinieblas podían ser admisibles como un antídoto contra el desasosiego, pero en el plano meramente estético dejaban bastante que desear y nunca fueron del agrado de mi abuela, quien tenía que escucharlos a diario aun sin desearlo, pues la habitación en la que ella permanecía recluída a causa de una enfermedad crónica, lindaba con el salón. Pero habiendo sido ella una niña prodigio del piano, lo que mayor irritación le causaba no era tanto la torpeza que presentaban las interpretaciones de su esposo —quien pese a ello era capaz de tocar de memoria largos pasajes de las Suites Francesas o de las Variaciones Goldberg—, sinó sus improvisaciones, cada vez más frecuentes y a cual más delirante e insufrible. La concepción musical de mi abuela era muy rígida, y ello no facilitaba que pudiera percibir la menor belleza en el estruendo que causaban los lúgubres y repetidos aldabonazos que mi abuelo propinaba sobre las teclas de aquel Bechstein de gran cola, por no decir las arbitrarias combinaciones de notas y acordes de racimo que él prolongaba, con la ayuda del pedal, hasta que el último armónico humanamente perceptible le indicaba que había llegado el momento de desencadenar un nuevo cataclismo. Al igual que en el principio de acción y reacción, tras cada tormenta que mi abuelo desataba en la caja de resonancia, llegaba, procedente de la habitación contigua y a modo de eco contestatario, una nueva oleada de exasperación que, al grito de guerra “¡Necesito un poco de silencio! ¡Necesito un poco de silencio!”, trataba de poner freno al foco revolucionario que, sin pretenderlo, estaba poniendo patas arriba las sacrosantas leyes del arte musical. Sintiéndose del todo incomprendido, pues aquel aporreo, más que una muestra de simpatía por los afluentes de la escuela de Viena, era una forma de aliviar su desazón, mi abuelo cerraba resignado la tapa del piano, entraba en la alcoba de su esposa y se sentaba a los pies de la cama. Tratando de quitar hierro al asunto y con voz cansada y triste, decía: “Donner se ha rendido por hoy”. En una de las ocasiones en que fui testigo directo de una escena como la descrita, mi abuelo añadió a lo dicho: “Creo que me irá bien golpearme los sesos con alguna meditación de John Donne. Que tu silencio te aproveche”. Luego se retiró a sus aposentos recitando de memoria y en voz alta el siguiente fragmento de The Prohibition:

Take heed of hating me,

Or too much triumph in the victory

Tras varias horas al frente del volante, una súbita punzada en la espalda me vino a recordar que no convenía maltratar demasiado mi corpore si deseaba que mi mens se mantuviera sana. Detuve el coche y apagué el motor (y con ello la radio) justo antes de que pudieran escucharse el par de acordes con los que concluye el Adagio sostenuto. Mentiría si no dijera que salí al exterior con la sensación de haber mutilado algo muy sagrado, pero uno vive en un cuerpo de carne y hueso que de vez en cuando precisa desentumecer sus músculos, sentir el aire fresco en la cara y achicar la vejiga. Pensarás que estoy completamente loco, pero lo cierto es que en cuanto abrí las compuertas y el ruido que produjo la orina al chocar con el suelo arrebató el protagonismo sonoro de la noche, el fantasma de algo semejante a un Moisés marmóreo se puso a golpear mi cabeza mientras, a grandes voces y como si estuviera pronunciando un sarcasmo cruel, iba repitiendo : “¡Por fin habrá agua de sobras en la comarca! ¡Por fin habrá agua de sobras en la comarca!”. Y en cuanto el caudal de mi fuente comenzaba a disminuir, me pareció escuchar la voz de mi Yahvé particular, esa voz que de niño me regañaba cada vez que yo cometía el pecado nefando y que ahora me daba la lata por haber osado perturbar el mantra colectivo que los insectos estaban dedicando al cielo atiborrado de estrellas. Aliviado y al tiempo que me deleitaba en la escucha de ese roce multitudinario de élitros, elevé la cabeza hacia el cielo y barrí el firmamento hasta dar con la constelación de Tauro. Luego fijé mi mirada en el precioso ojo ensangrentado llamado Alfa Tauri, Aldebarán, Al-dabarán o “la que sigue. En ese momento –en tanto que fiel devoto de ese rubí airado que recorre el espacio durante sesenta y ocho años (a parenthesis of infinitesimal brevity) para informarnos de que lo que estamos viendo ya no es como lo estamos viendo o, en el peor de los casos, para notificarnos que ese pasado es un pasado que ha dejado de existir como presente antes de que sus potenciales espectadores puedan participar de su actual existencia presente– caí en la cuenta de que, a mi manera, también yo estaba rindiendo tributo a una estrella, a mi estrella, Aldebarán, la gigante roja próxima a morir, si es que no había muerto ya, porque quién podía negar que Aldebarán no hubiera muerto el día en que yo vine al mundo. ¿Los que como Chris Callinan se ponen en la boca cosas tan abstrusas como el paralaje de la eclíptica subsolar del ensangrentado ojo taurino? Tal vez sea verdad que las gigantes rojas no mueran de sopetón. De todos modos ¿no piensas que resultaría hermoso observar los destellos de Aldebarán el día que yo cumpla los sesenta y ocho? Eso si llego a cumplirlos, claro está. Si el ojo del toro pudiera mirarme en esa fecha, únicamente vería a un recién nacido, mientras que mis ojos de anciano cansado contemplarían la imagen de una moribunda cuya agonía sería más longeva que varias historias de la humanidad consecutivas.

Antes de reanudar mi camino me tumbé en el suelo, me cubrí el rostro con las manos y respiré profundamente. Deseaba ver una vez más la oscuridad absoluta, sentirme materia ciega integrada en la verdadera materia ciega. Mas al igual que el silencio es algo imposible en tanto que experiencia vital (John Cage cuenta que durante el tiempo que permaneció en el interior de una cámara anecoica no dejó de escuchar un rumor, que finalmente resultó ser el sonido de sus propios sistemas nervioso y vascular), la oscuridad de la noche no hizo más que ayudar a que la plaga de imágenes que invadían mi mente se fuera agigantando, hasta un punto en que cada una de ellas poco podía hacer para conservar su primacía salvo batallar contra las otras. La contemplación de aquel imaginario mental me produjo un extraño sobrecogimiento. Mi noción del tiempo había entrado abiertamente en conflicto y mi memoria parecía estar alterando los parámetros que ayudan a definir quién es quién y qué es qué. De pronto, en cuanto aquel revoltillo alcanzó niveles paroxísticos, sentí un frío seco en mi mente, un frío cuya acción traducida en palabras parecía estarme gritando: “Que no te vuelva a ver en esta tierra a la que no perteneces si no deseas que un fuego eterno te reduzca a cenizas”. Mentiría si no dijera que aquella sensación me llevó a decirme que mejor poner pies en polvorosa antes que permanecer un minuto más en un lugar tan lleno de fantasmas.

Mientras recorría el último tramo de camino, se me antojó imaginar (supongo que a causa del resabio que la sonata de Beethoven había dejado en mi memoria) que me encontraba al mando del timón de una galera que navegaba en plena noche y en la cual los galeotes remaban al ritmo de una versión del Adagio sostenuto llegada de los escenarios lejanos de mi infancia, los únicos lugares susceptibles de generar en mi conciencia un grado aceptable de nostalgia del paraíso, de mis paraísos, «car les vrais paradis sont les paradis q’on a perdus», me dije entonces, citando la frase del buscador del tiempo perdido y sin poder evitar que irrumpiera de súbito el recuerdo de un personaje a quien tuve el disgusto de conocer hace años y que a propósito de la Recherche decía que él no estaba dispuesto a perder el tiempo buscando las supuestas bondades de aquella prosa. “Aunque tampoco hay que olvidar que dichos paraísos también tienen su purgatorio, y su infierno”, me dije mientras la imagen del filisteo se disolvía en la nada y justo antes de imaginarme a mí mismo mecido por una suerte de oleaje cerebral, de imaginarme multiplicado, omnipresente y hasta tal punto omnipotente que no consideré del todo deshonesto alterar mi propio pasado, tanto si era para mejorarlo como para eliminar todo lustre innecesario. Mi ayer, real, reinventado, qué más daba, se estaba mostrando como algo susceptible de ser recreado únicamente por un género artístico todavía inexistente. Tras el batiburrillo inicial, pude contemplar con suma nitidez una multitud de planos visuales superpuestos entre sí, pero, y he ahí lo inaudito de aquella visión, sin que en ningún momento unos solaparan a los otros; planos atiborrados con un sinfín de imágenes no huérfanas de sonido y olor que en una constante acreción irrumpían en mi escenario mental sin traslucir un atisbo de lógica, sin conceder la menor posibilidad de que un programa pudiera ejercer alguna clase de control sobre ellas. Fugaces, imprevisibles, inaprensibles, los fantasmas de mis aventuras y gozos junto a los de mis pérdidas, sinsabores y fracasos, se fundían ininterrumpidamente generando un magma caleidoscópico que hacía de la memoria algo inaudito, irreductible y del todo incontrolable. Asombrado por lo que estaba sucediendo, me dije que solo el lenguaje cinematográfico podría algún día lograr una representación grosera de una visión como aquella, una visión que yo únicamente supe situar en una zona preferente de ese ámbito al que yo suelo referirme con el término “la mística del recuerdo”. ¿Habrá quien se atreva a intentarlo? «Quel labeur devant lui», me dije citando de nuevo a Proust. Por primera vez en mi vida la caja de Pandora de mi memoria se había abierto de un modo inaudito, una memoria que se proyectaba en los muros de mi mente como una aparición tan fascinante como terrible y entre cuyos principales dramatis personae figuraban mi padre, que un mes antes del nacimiento de Román había sucumbido a manos de una muerte ataviada de estrangulador invisible; mi madre, que con los años había acabado transformando su cerebro en una suerte de macizo cubista, de mineral abrupto, lleno de ángulos oscuros y pendientes resbaladizas; mis abuelos, que me habían enseñado el modo de obtener aguamiel del vinagre vital; por descontado las mujeres a las que había amado, mis amigos más queridos o los lugares excepcionales que había podido visitar gracias a los ingenios de la era que me había tocado en suerte, pero también aquellos otros lugares que yo había construido en mi mente atendiendo a las instrucciones de ciertos libros por los que sentía una querencia especial; lugares en el universo cerebral donde yo podía gozar de privilegios tales como, por ejemplo, hablar de tú a tú con el autor de la obra que se había estado colando por los altavoces del coche. Y sin embargo todo aquel universo parecía tan real, tan cercano, tan fácil de recobrar. Y lo más admirable de todo era que esa visión múltiple la hubiera desencadenado una sonata que yo conocía hasta el hastío, una sonata que durante media vida yo había leído del derecho y del revés, una sonata sometida al peligro que conlleva la excesiva popularidad, una sonata cuyo sobrenombre “Claro de luna” era únicamente fruto de la imaginación romántica de Rellstab. Mas si todo lo anterior era cierto, no lo era menos que interpretada por Horowitz –un mago del piano que pese a poseer una excepcional geläufigkeit jamás había permitido que sus juegos de manos estuvieran por encima de la Música–, aquella sonata había “iluminado” la porción de noche que se refugiaba en mi automóvil, compensando con creces la ausencia de la que hasta que fue herida con una bandera atiborrada de barras y estrellas había sido vista por los poetas como el ojo de una diosa, el espejo del tiempo o la perla de la noche. «¿Qué culpa tendrán las estrellas, que son de todos, para que su imagen idealizada tenga que representar lo nuestro en tantas banderas?», me dije entonces, haciendo brotar un ingenuo y poco prometedor afluente en mi riachuelo de conciencia. No había que ser un gran connaisseur para observar que en aquella versión magistral se percibía con claridad el doble fulgor que envuelve la voz de un ser humano cuando un dios lo ha elegido como profeta. Tan solo Glenn Gould, otro elegido, y en especial cuando interpretaba a Bach –siempre de un modo glennial, como diría el Wertheimer de la novela de Bernhard–, me había provocado sensaciones de una intensidad semejante a las que me tenía acostumbrado el yerno de Toscanini.

Al filo de la media noche llegué finalmente a casa. Recuerdo que antes de apagar el motor me invadió una doble y contradictoria sensación: por un lado me atenazaba la típica pereza del que se ve en la obligación de tener que abandonar la protección que ofrece el caparazón fantasmagórico de las ensoñaciones, y por el otro me invadía el deseo de romper la burbuja, de irrumpir nuevamente en el mundo exterior, de admirar nuevamente Aldebarán, de entrar nuevamente en mi otro refugio, de abrazar nuevamente a Mar, de besar nuevamente a Mar, de amar nuevamente a Mar.

En cuanto salí del coche y a causa de la luz de los focos, percibí la oscuridad de la noche de un modo tan intenso como la habría percibido un esclavo de la caverna platónica que regresa a la cueva tras haber contemplado el sol. En semejantes condiciones es fácil entender que yo no advirtiera la presencia de los cipreses. Recuerdo que antes de introducir la llave en la cerradura acaricié el muro exterior de la casa como quien acaricia la piel de un ser querido. En la superficie aun se podía percibir un vestigio del calor del día, un residuo que el revoque se resistía a entregar a la serpiente de viento que, una noche más, culebreaba a sus anchas sembrando el fresco por toda la comarca. Luego entré en casa y fui directamente al dormitorio. Mar había encendido las lamparillas rojas cuya luz generaba esa atmósfera prostibularia que enmascara los rostros y encauza los instintos hacia los rincones más placenteros del infierno. Mar estaba tumbada en la cama, desnuda, inmóvil como la estatua de una Venus. En el aceite que ungía su piel mórbida reverberaba un leve resplandor crepuscular. No sin asombro miré aquel mar sujeto a la calma engañosa que preludia el temporal, aquellos dos pezones erguidos como vergas infantiles, aquel par de sonrisas húmedas, opuestas en el plano y cuya intersección genera la cruz de la otra gran pasión. La escena me hizo percibir el sabor del miedo que siente el héroe durante los instantes que preceden un nuevo trabajo, el resabio de la turbación que agita los pensamientos del agonista al observar las armas de su oponente, la inquietud que experimenta el navegante cuando avista tierras desconocidas. En aquellos momentos yo era Tamino, y Sigfrido, y Orfeo, y Ulises, y hasta un san Jorge y un Ruggiero contaminados de lubricidad dragontina. Y ella, que pasaba por ser la amada y la prueba al mismo tiempo, la sacerdotisa que se disponía a celebrar un sacrificio solemne, la diablesa que me estaba designando como víctima propiciatoria, era también la Diana que Acteón había mirado antes de ser despedazado por sus perros, y la Atenea que había cegado a Tiresias, y la Victorine Meurend que posaba para quien solo tenía ojos para la representación de un cuerpo lozano de piel rosada y rostro enfermizo. Me despojé de la ropa y avancé con un punto de solemnidad hacia el ruedo amatorio. Con la vara en alto y dando a mi expresión un inequívoco matiz de rijosidad, entré finalmente en el campo de batalla, en ese recinto donde únicamente se puede sobrevivir bordando en la piel del otro los lances soñados; entré pintando en mi rostro los colores que invocan esa contienda cuyo fin no es otro que espolear la voracidad cósmica de los cuerpos, esa justa donde los luchadores evolucionan acompañados de una perpetua necesidad de musgo en los labios, esa lidia en la que los agonistas se afanan en paliar el temor a perder el asidero en las bocas, en las manos y en los ojos. Y nuevamente alcancé el territorio donde lo posible no tiene otra salida que multiplicarse hasta lo imposible o escurrirse irremisiblemente hasta la nada, ese altar mullido donde se comparte y se invierte el número de la creación del mundo, ese lienzo laberíntico donde la mutua unción con los óleos saqueados a la flor y al fruto acaba transformando a los guerreros en la creación misma. Luego, durante una eternidad fugaz, nos asimos el uno al otro fundiendo nuestros pringues en un frágil todo inefable, cada uno renunciando a su propio cuerpo, regalándolo al otro, mezclando y consagrando los jugos exudados, bebiéndolos como exploradores sedientos en un desierto libremente asumido, batallando denodadamente para que fuera el contrario quien venciera en esa carrera hacia la unidad primordial, hacia un único agostamiento de los cuerpos, hacia una resignación compartida tras la pérdida de los amarres divinos.

***

Con las primeras luces del día, salto de la cama, subo a la azotea, dejo que mi oído absorba el silencio salpicado por el zumbido de los insectos o el piar de los pájaros, encaro mi cuerpo hacia oriente, camino, como Orión, hacia el Este y percibo con gratitud cómo la luz ambarina del sol naciente unge mi piel y renueva mi deseo de continuar viendo y viviendo. Éste es, en pocas palabras, el ritual que llevo a cabo cada mañana antes de entrar en mi estudio y enclaustrarme en mi burbuja de ficción. Y aunque jamás me he sentido seducido por la pretensión mesiánica de Zaratustra, contemplar el renacimiento de la estrella más cercana vivificaba las fuerzas que yo precisaba para continuar dando guerra. Mas no lo hacía para desear ser nuevamente «un hombre hundido en su ocaso», sino para idolatrar mi insignificancia, para no olvidarme de lo absurdo que resulta vivir dotado de una conciencia a la cual no le queda mejor salida que la duda sistemática. «¿Para qué escribir –me dije esa mañana–, para qué obrar tamaño milagro? ¿Para la piedra? ¿Para la grieta? ¿Para el hueco de la cueva? ¿Y para qué la piedra, la grieta, el hueco de la cueva? ¿Para qué yo mismo? En esta tierra una lombriz tiene mayor relevancia que toda mi obra, a todas luces distante de todo ciclo natural, de todo orden ancestral, de toda integración en un grupo de semejantes. Aquí no hay espacio para la fatuidad de ser. Ni siquiera es importante estar viviendo sin reconocimientos, sin odios, sin ojos escrutadores, sin niveles, grados y medidas. Tampoco, el hecho de estar contemplando pasado y futuro en el presente o admitir sin subterfugios la miseria descomunal de mi propia grandeza». «¡Yo te veo, sol! –exclamé para mis adentros– ¡Tu ojo está ciego, como el de Polifemo! ¿Qué sabes tú de mí? ¡Los humanos no somos algo más! ¿En relación con qué, con quién? ¡Qué vanidad! ¡Qué arrogancia! Si pudiera sonreírnos un simple grano de arena. Olvido, extinción de la palabra olvido, de la palabra palabra, de las palabras ruina, polvo, regreso. He ahí el pasado y el futuro. Debo aprovechar el presente para echar al fuego mi linaje. Debo...». En este punto la voz de Mar interfirió en mi cavilación y accionó el mecanismo que descorría el telón que nublaba mi facultad para contemplar la realidad exterior. Fue entonces cuando descubrí el círculo arbóreo.

***

Mario regresó a la alcoba, se metió en la cama y me abrazó con ternura. «¿Así que eran esos arbolitos los culpables de tu ensimismamiento?», me susurró al oído al tiempo que mordisqueaba el lóbulo de mi oreja izquierda. Luego añadió: «¿Se oculta algún propósito?». Enmascarando el verdadero motivo que me había llevado a plantar los cipreses, le respondí que estaba harta de escuchar cómo él se pasaba el día maldiciendo la era del progreso cada vez que salía de casa y se topaba con el ruido visual que producían los paneles solares y la antena parabólica. Luego añadí: «Si he de ser sincera, a mí también me molestaba bastante la omnipresencia de esos artilugios, pero para no añadir más leña al fuego preferí no decirte nada. Ya sé que hoy por hoy los cipreses no solucionan gran cosa, todavía no son muy altos y su fronda es poco tupida, pero por lo menos ahora, cuando uno sale al exterior, no sé si a ti te ha ocurrido lo mismo, la atención recae automáticamente sobre los arbolitos, y eso es algo que ya me consuela. ¿Te parece una buena solución?». «No solo buena, sino que en sí misma es un auténtico regalo del azar», dijo él. Y a continuación y dando a sus palabras una entonación entre irónica y trascendente, añadió: «Aunque tendrás que esperar hasta la noche para saber por qué lo digo». Yo entonces le pregunté qué se traía entre manos. Mario me respondió que por el momento no podía decirme nada. Muerta de curiosidad, me valí de mis artes amatorias para sonsacarle alguna pista, pero Mario, al igual que un santo tentado en el desierto, mantuvo incólume su propósito de no soltar prenda. Todo lo que yo obtenía por su parte no eran más que un «mira que llegas a ser mala Elsa» o un «lo siento, amor mío, pero Lohengrin está padeciendo un ataque severo de amnesia», a lo cual yo insistía en replicar diciendo que ante los encantos de una dama como yo ningún paladín podía mantener la boca cerrada. «No insistas, pero si te apetece puedes distraer tu curiosidad dando vueltas a lo que voy a decirte». «Ya tiemblo», dije yo. Tratando de zanjar la cuestión y a pesar de que él sabía que mi ansia por descubrir algún indicio no se apagaría, dijo: «Pues que gracias a tu círculo de cipreses lo que verás esta noche significará para ti algo muy, pero que muy especial». Mientras yo le acariciaba la verga con la punta del dedo índice, él me susurró irónicamente al oído: «Por cierto, ¿tú sabes por qué los romanos los plantaban en sus cementerios?». «Sí, por Plutón, claro que lo sé», respondí yo. Y a continuación, imitando la voz engolada de un cicerone a quien yo había escuchado en el Panteón de los Reyes mientras soltaba el rollo ante un grupo de holandeses que ignoraban quien había sido Felipe II, añadí: «Y aquí podemos admirar el grandioso mausoleo, todo él rodeado de arbolitos de la eternidad, del genial Mariollione Mundi y de su sumisa esposa Normar Señeras, quien sacrificó el confort de la metrópoli para seguirle hasta el fin del fin del mundo». Mario dijo entonces que iba a necesitar que lo dejara solo durante todo el día, pues no podía preparar su intervención si yo andaba rondando por la casa. «¿Así que quieres que te abandone? ¿Y adónde quieres que vaya, a meditar al desierto?», le pregunté con ese tono infantiloide que suelen adoptar los amantes encelados. Mario me sugirió que podría pasar el día en casa de los Valiente. «Siempre que coincidimos en la aldea, Victoria me pregunta por qué nunca vamos a visitarla», dijo él, antes de añadir: «Además, ya que ella y su hijo te han ayudado a plantar los cipreses, creo que merecen ser testigos de lo que ocurrirá esta noche». «¿Y tú cómo sabes que me han estado ayudando?», le pregunté sorprendida. Mario saltó de la cama, se subió a una silla y declamó lo siguiente:

Ah el viento nocturno, ah el nocturno viento:

de muy discretos verbos inasible ladrón.

de secretos acerbos invisible soplón,

Ah el viento nocturno, ah el nocturno viento.

Como no supe interpretar lo que aquel ripio ocultaba, me rendí y mandé mi afán indagador a sus cuarteles. «Por cierto», me advirtió antes de meterse de nuevo en la cama, «ni se os ocurra venir hasta bien entrada la noche». «¿Por qué tan tarde?», le pregunté mientras me besaba el pezón derecho. Mario masculló un nuevo «no insistas; ya lo sabrás a su debido tiempo». Luego añadió: «¿Querrás que te lleve en coche? Quizá necesite disponer de él en algún momento del día». «Da igual, iré en bicicleta», le dije al tiempo que le tapaba la boca con las manos y le lanzaba una mirada en la que hasta el más lerdo habría sabido leer: «A partir de este momento no pienso escuchar otra cosa que no sean cochinadas que ayuden a acabar esto como Dios manda». «No sé cómo te lo montas para salirte siempre con la tuya», me pareció que él decía entre dientes. «La tuya si que es realmente deliciosa», le susurré yo al oído. «Señeras: si sigues por este camino me vas a dejar más seco que La Caldera del Cuervo», dijo él, antes de que yo le asestara un «no te quejes, Mundi; bien que te gusta que te diga a diario que eres un genio del amor». Mario lanzó entonces su semilla, escasa tras los excesos de la noche anterior, y yo acogí su siembra con alguna que otra interjección de las que suelen proferirse en ese tipo de situaciones, con más exageración que convicción, todo sea dicho de paso.

«Sí, iré en bicicleta. Creo que me vendrá bien hacer un poco de ejercicio», dije reafirmando mi decisión. Antes de entrar en el baño, miré por la ventana. Hacía una mañana espléndida: el viento había barrido la calima y la claridad de la atmósfera no solo permitía distinguir las casas de la serranía, sino que generaba la sensación de que la veintena de kilómetros que nos separaban de la corona montañosa se habían reducido a la mitad. Cuando hice notar este hecho a Mario, él dijo: «En verdad los místicos tenían razón cuando proclamaban aquello de “Limpia tu alma de las impurezas del mundo y podrás distinguir cada uno de los pelos de la barba de Dios”. ¿O no era esto lo que tu padre te decía de pequeña? ¿Sabes si la frasecita era de su propia cosecha?». Desde el baño le dije que no tenía ni idea, que por qué lo preguntaba. «Pues porque si bien tiene un resabio plotiniano –dijo él–, yo le aprecio un matiz irreverente que no acaba de encajar en el repertorio aforístico de un prohombre del antiguo régimen.

III - El círculo agresor (cap. 1)

Me encantó la puesta en escena de ayer noche, con ese desgarro del orden nocturno, y esa algarabía ígnea que celebraba el hermanamiento entre flamas consumadas y aspirantes a flama, y esa advertencia y su posterior parodia, y esas sombras oscilantes, multiplicadas, y esos ojos reflejando el collar de fuego, y ese aquelarre de manos en las manos, y esa saturnal de labios en los labios, de cuerpos en los cuerpos. Sí, no puede negarse que fue algo hermoso, tanto como observar la calma en la que os halláis ahora sumidos, iluminados por esa tenue claridad que se cuela por la persiana entornada, enredados el uno al otro cual serpientes apareadas, rodeados por ese desierto abrupto de sábanas que embebieron vuestros fluidos corporales, atrapados en ese estado de conciencia fronterizo que se afirma durante la duermevela del mediodía, iluminando las zonas más recónditas de nuestro almacén de recuerdos; esas zonas donde tu memoria había cedido una parte de su espacio a una porción de mi memoria. No estoy yo muy segura de que los recuerdos de mi residencia en la tierra merezcan tanta veneración. En cualquier caso, faltaría a la verdad si no admitiera que me halaga que los hayas ubicado en un nivel superior, incluso muy por encima de los lugares donde tú conservabas los recuerdos de las primeras experiencias perceptivas, esas que procedían de un mundo irreductible a tu incipiente capacidad de entendimiento, un mundo que de niño te parecía absurdo y triste durante nueve meses al año, pero que durante el tiempo restante te resultaba del todo maravilloso, un hecho que te llevaba a preguntarte una y otra vez por qué demonios nuestros primeros padres habían tenido que morder la manzana sin antes haber considerado que con su mordisco estaban condenando a las futuras generaciones a sentir la joie de vivre únicamente durante los meses de verano, una estación que hacía rezumar en tu interior un no sé qué que si no lo era sí se parecía en algo a lo que debieron sentir los habitantes del jardín edénico antes de malograrlo con su bienmaldita curiosidad.

Y ahora mismo, mientras un calor canicular paraliza el llano y siendo estos ojos que te miran y esta voz que te habla plenamente conscientes de que no son en realidad más que una entidad recreada por ti en y para ese mundo donde las personas del verbo se funden y confunden hasta poner en cuestión el concepto de identidad, hay algo, una pequeñez, que me tiene preocupada: cuando tu memoria me reinterpreta ¿Nunca te has preguntado si ella, la que tú has tomado como modelo y maestra, se habría representado a sí misma del modo en que tú lo estás haciendo, o te has parado a pensar que la entidad que has entronizado en el más destacado de los pedestales de tu panteón particular, no sea otra cosa que un simple espejismo, una imposibilidad que solo el sueño hace posible, una dimensión de tu yo manifestándose ante ti como otro yo real? Aunque, por otro lado, qué importancia puede tener lo que yo sea o deje de ser si el hecho en sí de ser lo que soy me permite ver a través de ti mismo cómo en estos momentos estás mirando a ese niño que portó tus mismos genes, tú mismo nombre, tus mismos apellidos, ese niño que, al igual que el muchacho de la Tercera Elegía de Duino, amaba su interior, la selva de su interior, el bosque originario que había en él; ese niño que ahora mismo se está abriendo paso en el recuerdo, avanzando a través de la maleza del bosque que rodea la casa donde pasaste los veranos más felices, un bosque cuya existencia se asienta sobre su no existencia, un bosque que antes de ser cimiento de hormigón, fue sostén de nidos, tierra de madrigueras, almacén de aromas, templo del canto, escenario del fuego o cementerio de carbón. Sí, te veo, Mario, te veo cómo miras a ese muchacho a quien siempre amé con locura, te veo cómo lo observas mientras corretea por el monte bajo y sin la compañía de su propia sombra, empeñado en averiguar en qué lugar se ocultan las espantadizas cigarras que anegan el bosque de crujidos; sí, te veo, te veo cómo te estás viendo a ti mismo en el momento en que, tras haber correteado entre los viñedos, arrancas un grano de moscatel y te lo llevas a la boca como la más dulce de las golosinas, y también cómo de repente irrumpen los vendimiadores y te aúpan y hacen volar por los aires, y cómo luego te colocan, cual pequeño Baco y al son de lisonjeros ditirambos, sobre una comporta rebosante de racimos y te llevan a hombros hasta el remolque del tractor. Sí, y ahora estoy viendo con qué nostalgia rememoras ese pasmo impúber que solía invadirte los días en que no estabas para aventuras ni pillerías y entrabas en mi alcoba y abrazabas mis piernas, y luego, mientras acariciabas una de las patas felinas de mi butaca imperio, me preguntabas por qué tenía que estar siempre encerrada en la habitación, por qué no salía nunca a pasear, habiendo como había tantos lugares hermosos alrededor de la casa. Maldita butaca, malditos huesos, maldita suerte, habrías sabido leer en mis silencios si por entonces hubieras sido un adulto; esos silencios tan largos y profundos, tan beckettianos me dirías ahora si yo fuera realmente ella, esos silencios que tú profanabas formulando preguntas sobre mi infancia y que yo rompía contándote unas historias que parecían entresacadas de una novela decimonónica. Jamás olvidaré la expresión de tu cara mientras escuchabas la crónica de las incursiones furtivas que yo había llevado a cabo durante las noches en que mis padres y mis tíos celebraban alguna fiesta y el barullo que causaban sus voces, risas y cantos, se filtraba tímidamente por las paredes de mi alcoba, esas noches en las que al escuchar el sonido del piano yo me levantaba de la cama y caminaba con gran sigilo por el pasillo hasta apostarme tras los balaustres de la escalera principal, desde donde yo escuchaba embelesada el arte de Granados o de Malats.

Años más tarde, cuando tu ceguera adolescente entró en vías de curación, el interés por la música y el mundo en el que habías crecido volvieron a ser el motor de tu vida. A partir de entonces descubriste que yo, una anciana inválida, podía contribuir con algo más que unos durillos con los que sufragar una farra juvenil. Estabas sediento de memoria viva. Necesitabas enriquecer tu biblioteca vital con las confidencias, las historias, los pensamientos íntimos de hombres y mujeres que, al igual que yo, residían en la antesala de la muerte. Todavía recuerdo el día que te conté (en estos momentos lo veo brillar como una almenara en tu memoria) que la mismísima Wända Landowska me había escuchado tocar el piano. La clavecinista polaca, que había recalado en mi ciudad para ofrecer un recital, quedó tan impresionada con mi facilidad e intuición para la música –y muy en especial por la clarividencia con la que yo había interpretado la Fantasía cromática y fuga–, que no se conformó con darme cuatro consejos, sino que trató de convencer a mis padres para que me mandaran a París, y que una vez allí ya se encargaría ella de pulir mi técnica y de apoyar mi carrera como intérprete. Pero ni el entusiasmo mostrado por la Landowska ni las ilusiones que esta había sembrado en mi cabeza, lograron ablandar la resistencia de mi padre, una actitud que en nuestro entorno social, burgués y provinciano, no se contempló como un hecho digno de reprobación sino todo lo contrario. A partir de ese día, toda mi lozanía de espíritu quedaría transmutada en un pesado sentimiento de frustración y resquemor. Las consecuencias del encuentro con aquella judía extraordinaria se habían convertido en una severa advertencia que no solo resumía los particulares inconvenientes a los que una mujer de talento tenía que hacer frente por el mero hecho de ser especial, sino todos aquellos otros que surgían en el momento en que esta decidía, contra viento y marea, hacer algo positivo con su precioso don. Debo admitir –te confesaría ese día– que con el tiempo mi carga se fue aligerando, en buena medida gracias a las satisfacciones que me daban algunos de mis alumnos del conservatorio. Pero aquella pequeña felicidad también se marchitaría al poco de yo haber dado mi consentimiento ante el altar; sí, para qué esconderlo, la verdad es que a partir del día del sí quiero, el piano de esta casa quedó prácticamente relegado al papel de sofisticada caja de música, un artilugio con el que yo me veía obligada a entretener a las damas que una tarde a la semana venían a visitarme, y muchos años más tarde, de labrantío en el que tú cosecharías los primeros logros musicales, pero también de ingenio traductor y propagador de las angustias y jeremiadas de tu abuelo. Sin haber podido ni siquiera iniciar una carrera como intérprete, viéndome obligada a abandonar la docencia con el fin de atender a mis obligaciones de mujer casada, o mejor dicho de mujer bien casada (aunque en mi caso, esto del bien y del mal tienen una frontera un tanto lábil), la música, mi religión verdadera, se refugió en lo más profundo de las catacumbas de mi mente, y lo que yo escucharía a partir de entonces en aquel y otros salones, aunque fuera de Beethoven, de Schumann, de Debussy, aunque fuera yo misma quien lo estuviera interpretando, no representaría para mí otra cosa que un bonito artificio reducido a la función de amueblamiento sonoro. Mi concepción de la música era ya por entonces algo bien distinto. Ante todo, la música debía ser un agente animador del silencio, pero no del silencio exterior, que no existe, sino del silencio que reside en nuestro interior, el único que puede considerarse como auténticamente real. Hace ya bastantes años que puse en tu conocimiento mi mod0 particular de entender ese silencio íntimo. Te dije entonces: «El silencio ni se vende ni se compra; solo se obtiene tras un largo trabajo de purificación interior. El silencio interior debe asemejarse a un estanque de aguas calmas que de vez en cuando precisan ser removidas para que el oxígeno del espíritu pueda entrar en ellas. Y es en este punto donde la música entra en juego, un agente que tanto puede zambullirse en esas aguas como precipitarse contra ellas, al igual que una roca lanzada por un cíclope».  Pero, y retomando el hilo de mi relato, el culmen de la fatalidad llegó para mí en el momento en que comencé a notar esa torpeza que día tras día se iba apoderando de mis articulaciones, esa torpeza que no era otra cosa que el síntoma de la enfermedad progresiva e incurable que acabaría condenándome a una reclusión vitalicia. Siempre me pareció hermosa la tristeza con la que mirabas mis dedos malogrados cuando tañían el órgano, ese órgano de cámara que tu abuelo había adquirido para combatir el tedio de las noches estivales. Recuerdo cómo te gustaba que el preludio de coral Dies sind die heil’gen zehn Gebot’ –mi favorito, y no creo equivocarme si digo que también el tuyo– asaltara sorpresivamente tus oídos mientras haraganeabas en tu alcoba durante esos mediodías en los que el calor imperante mandaba a hombres y animales a la sombra. En cuanto me ponía a tocar –si a eso podía llamarse tocar, ¡pobre de mí!–, yo siempre tenía la certeza de que tú te pondrías en pie y, agarrándote a la soga sonora que las voces del coral iban trenzando en el aire, te acercarías lenta y silenciosamente hasta el artefacto con el que yo estaba pergeñando aquel milagro. Poco antes de que yo pasara a mejor vida, me confesaste que el señor Riachuelo –que es como a ti te gustaba llamar cariñosamente a Bach– era sin duda el único artista de la historia que había alcanzado una voz verdaderamente universal. Y luego añadiste que no dejaba de tener su lógica que para alguien tan devoto como el doctor Oliveras la obra del músico alemán fuese la única prueba irrefutable de la existencia de Dios, y que algo semejante podía leerse en uno de los aforismos de un autor tan poco sospechoso de rendir culto a nadie como era Cioran, un aforismo que decía: «Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios». A lo dicho yo añadiría que únicamente por el Crucifixus de la Misa en Si menor, por solo esos tres minutos de música, ya había valido la pena que Cristo muriera en la cruz, sí, por solo esos tres minutos: un minuto para el Padre, otro para el Hijo y el tercero para el Espíritu Santo, el gran iluminador de la res cogitans, como decía tu abuelo. No te imaginas cuánto me consolaba escuchar esa misa durante el último año de mi vida, durante ese anus horribilis que pasé postrada en aquella cama donde tenía que hacerlo todo, viviendo con la esperanza de una pronta llegada de una muerte dulce y discreta. Sí –te confesé escasas horas antes de dormirme para siempre–, tu pobre abuela ya solo desea partir de una vez por todas de esta cama que es su condena, su isla, su prisión, y dejarla libre para ti, para que algún día puedas repetir el ciclo vital sin tener que padecer mis sufrimientos. Fue en esa misma cama donde tu abuelo y yo concebimos a tu madre, donde la parí y le di el pecho por primera vez. Aunque como es de imaginar la alegría no siempre fue la protagonista de una cama tan hermosa. A los pocos años de la llegada al mundo de tu madre, antes incluso de que la pobrecilla se ocultara en sus bajos creyendo cándidamente que de ese modo quedaría a salvo de las bombas de la Legión Buitre, esta cama ya había dejado de ser un escenario de amor y ternura para convertirse en una balsa perdida en un océano emponzoñado de silencios. El paso siguiente fue ensuciar el nido con mil discusiones en voz baja y alguna que otra a grito pelado, todas ellas espejos rajados donde podíamos ver reflejada nuestra incapacidad para asumir la desdicha de sabernos dioses caídos. Con tu mirada pareces estar insinuando que ya se sabe que una cama no solo es un soporte para el descanso, el insomnio o el sexo, sino para las alegrías y las miserias, para la enfermedad y la salud, para el origen y la muerte, todo ello impregnado de un rastro de cera y esperma, de flujo y esputos, de heces y grasa, de lágrimas y leche, de mocos y legañas, de pus, sangre y orina, de vómito, sudor y saliva; sí, tal vez tengas razón en recordarme algo tan obvio, mas pese a ello una cama, al igual que un templo antiguo, es también –como solía decir tu abuelo– un lugar donde se producen situaciones que tienen la virtud de ser intrínsecamente irreductibles a cualquier clase de lenguaje. ¡Tu abuelo! Siempre hablaba tan bien… Claro que con todo lo que había llegado a leer ya podía (no como yo, que en cuestión de lecturas jamás pasé de las novelas de entreguerras de Paul Morand –un escritor que estaba muy de moda entre las mujeres de mi clase y generación, y ello a pesar de que había firmado perlas irónicas tan peculiares como la siguiente: «Les femmes ont tous les défauts: elles sont autoritaires, dépensières, sans culture. Et le pire de tous: elles sont jolies»). Sin embargo, quién iba a decirle a tu abuelo, un hombre que leía a Epicteto, a Hegel o a Pascal como quien lee el periódico, que una enfermedad desnortaría su capacidad cognitiva hasta el punto de llevarlo a tomar unas decisiones que nos precipitaron a la bancarrota. Y aún suerte tuvimos de poder vender las tierras de cultivo de nuestro solaz. Nos salvaron de caer en una miseria para la que no estábamos mentalmente preparado, si bien la contrapartida fue presenciar con impotencia cómo aquellas tierras eran sometidas a un proceso de transformación que en pocos años borraría definitivamente la imagen del paraíso privado que durante un par de siglos había servido para el disfrute exclusivo de nuestra familia. En efecto, tras aquella venta llegaría el tiempo de la profanación de la tierra; el tiempo del hormigón y el ladrillo; el tiempo de la bulla veraniega de los nuevos pobladores, cuyas risas y carcajadas celebraban su merecida victoria abofeteando la gran fachada neoclásica de nuestro caserón­; el tiempo de las ráfagas de las motocicletas, que como diablos resentidos circulaban sobre el asfalto que ahora cubría lo que antaño fueron viñedos y olivares; el tiempo de la cantinela de los vendedores ambulantes que a bordo de camiones desvencijados recorrían los laberintos urbanísticos que nos rodeaban, laberintos diseñados por una panda de arquitectos de medio pelo a los que, junto a los políticos que promovieron el desaguisado, Lucifer debería mandar al infierno para que purguen su pecado por los siglos de los siglos, amén. Y amén probablemente no lo dirían, pero los «Dios y su madre», los «Virgen Santa» o los «Hostia bendita» sí que debieron de proferirlos algunos de los vecinos de los alrededores en cuanto se percataron del descaro con el que las lenguas de fuego se asomaban por las ventanas, balcones y saeteras de nuestra casa solariega. Lo que ya no me aventuro a pensar es en lo que habría exclamado tu abuelo si hubiera podido ver cómo aquella columna de humo, picoteada por millones de pavesas, se estiraba y estiraba hacia lo más alto del cielo, arrastrando con ella las almas de los tesoros artísticos que durante siete generaciones se habían ido acumulando en las dependencias de su querido caserón. Como debes saber, nunca se demostró si realmente hubo una mano negra detrás del siniestro, pero en todo caso si el asunto afloraba durante el transcurso de alguna reunión familiar, a más de uno se le apreciaba en el rostro alguna que otra veladura de cruel satisfacción, en especial al tarambana de mi hijo mayor, que, como es sabido, nunca aceptó de buen grado que su padre me hubiera nombrado heredera universal. De haber estado vivo para contarlo, tu abuelo seguramente habría dicho que todo ello demuestra la inutilidad de la eugenesia en el plano moral. El caso es que el incendio del caserón familiar se acabó convirtiendo para ti en un agente provocador que te llevaría a transformar las dependencias del escenario perdido en un espacio exclusivo para la ficción, y a los galanes, perdedores y trágicos, a las damas de postín, comediantas y coristas, a los comicuchos, ángeles y demonios que a lo largo de varias generaciones habían actuado en ellas, en personajes cautivos en tu germinal laboratorio de alquimia literaria, en cobayas necesarias con las que llevar a cabo toda suerte de mixturas y sublimaciones narrativas. Este sería para ti el único modo de crear un mundo que no fuera de nadie y de todos, un mundo sin asideros prosápicos, sin emblemas temibles, sin bastiones inexpugnables, un mundo, aún en ciernes, ideado y esbozado por ese escritor que afilaba su pluma sin prisa, pero que sin pausa iniciaba la construcción de cada una de las piezas de un rompecabezas acerca del cual no solo desconocía sus límites sino la naturaleza misma de su forma.