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Desquites

novela corta

2000 - 2003

Sección 2ª

–Al cura se le habrán pegado las sábanas.

–Con este frío nos quedaremos tan tiesos como Román.

–No te pases.

–Hoy es el día de los difuntos, ¿no?

–Sí.

–Vaya día para que le entierren a uno.

–¡Sofrénate, hermanito!

–Es que esta espera me está agobiando. A la una tengo que verme con un escritor al que voy a editar su primera novela, y al paso que vamos...

–Paciencia.

–Tú sabes que para mí la puntualidad es...

–¿Y quién es el joven talento a quien tanto te disgustaría hacer esperar? ¿Lo conozco?

–No, y no es joven.

–Cuéntame algo de él.

–No debería.

–Pero lo harás.

–Sólo te diré que es un escultor que renunció al dinosaurio de la piedra por el toro de las letras.

–Vaya, que salió de la mina para caer en las zarzas. ¿Y de qué va su novela?

–No es fácil resumirla en pocas palabras.

–Pues emplea las que hagan falta, pues mucho me temo que las puertas de la iglesia van a tardar todavía en abrirse.

–Verás...

 

–Vamos, larga de una vez.

 

–En primer lugar cabría decir que más que de una novela propiamente dicha, se trata de tres novelas unidas hipostáticamente.

–¿Hipostatiqué?

–Hipostáticamente. Sí, me explico. La acción de cada una de sus tres partes se desarrolla, a lo largo de tres días consecutivos, en la mente de alguien que está soñando. La paradoja es que lo que acontece en la primera parte discurre en paralelo respecto a lo que se relata en la primera de las tres secciones que configuran la segunda parte. De igual modo ocurre con la tercera de dichas secciones y la última parte de la novela. Uno de los rasgos más característicos del libro podría ser su digamos que calidoscopismo, un término que el padre de la criatura utiliza para denominar lo que él define como identidad y que en la novela se verá ilustrado mediante la polimodalidad estilística, la variedad de géneros literarios o la transmutabilidad que sufren la mayoría de sus personajes, los cuales, contrariamente al deseo natural de saber quienes somos y de donde venimos, no hacen otra cosa que utilizar la identidad como un disfraz: sus nombres de pila no sólo transmigran de uno a otro cual almas platónicas, sino que actúan igual que máscaras tras las que se ocultan personalidades y relaciones interpersonales distintas, aunque dentro de un contexto engañoso en el que cabe el efecto óptico trasladado a lo literario.

–Toda una parábola posmoderna.

–¿Perdón?

–Nada, nada. Prosigue.

–La cuestión es que si analizamos detenidamente la estructura de la pieza narrativa, no tardamos en descubrir que el soñador del primer sueño –un sueño sobre la fatalidad, sobre el alto precio que deben pagar los libertos en ruptura con todo, que diría Cernuda– es en realidad un ser que está siendo soñado por otro ser que a su vez también está siendo soñado por otro ser soñado, una dinámica que finalmente se romperá gracias al despertar del protagonista, si bien el lector no tardará en descubrir que dicho despertar no es tal sino un salto a un nuevo nivel onírico que a su vez servirá de base para abordar un nuevo salto, y así sucesivamente y de tal modo que la novela queda armada como un círculo cuyo trazado va ascendiendo de un modo abrupto pero que finalmente termina cerrándose de un modo relativamente suave. ¿Me sigues?

–No mucho, la verdad.

–Pues olvídate de lo dicho y trata de imaginarte a un personaje al que, para entendernos, podríamos llamar A. El tal A es un artista que obedeciendo a razones que se refieren en la primera parte de la novela, decide poner fin a su carrera profesional e instalarse a vivir en un remoto lugar del sur de la península sin otro propósito que escribir una novela sobre las bondades de la eutanasia. En esta andadura también lo seguirá su mujer y protectora, a la que llamaremos B. A y B –junto con un poeta que por razones que ahora no vienen al caso enloquece y como consecuencia de ello se vuelve más lúcido que cuando estaba cuerdo y al que llamaremos C– vivirán una experiencia apocalíptica que, dada la concurrencia de no pocas situaciones fantásticas, el lector no tardará en concebir como una simple, o no tan simple, pesadilla. Al término de esta primera parte del relato, el salto a un nuevo plano narrativo que se ve ejemplificado con el despertar de A, llevará al lector a confirmar sus sospechas iniciales. En ese punto, éste descubrirá que el C del que se habla ya no es el amigo que ha enloquecido sino el hermano de A, y que B ya no resulta ser la mujer de A sino la antigua esposa del nuevo C; también, que la actual compañera de A no es otra que una mujer a la que podríamos llamar D, la cual figuraba como una viuda que vive con un hijo adolescente al que llamaremos E y que ahora ha pasado a ser un niño de tres años fruto de la unión entre A y D. Pensarás, con razón, que este recurso del sueño fatídico que se acaba con un dulce despertar en medio de un hogar cálido y acogedor, no deja de ser un manido deus ex machina. Nada más lejos de la intención del novelista, pues lo que éste persigue es recrear la constante resituación de la realidad que se produce en los sueños. Me explico: en la segunda parte de la novela, A ya no figura como escritor sino como un editor que junto a B –que ahora resulta ser su hermana–, esperan ateridos de frío a que se abran las puertas una iglesia en la que se ha de celebrar el funeral por el alma del menor de sus hermanos.

–¿Te estás quedando conmigo?

–Pura casualidad.

–No sé qué pensar.

–En esta parte de la novela, C se nos presenta como un sacerdote anglosajón que interviene como confesor del cura que deberá decir la misa de difuntos y al que llamaremos F, y D y E, al igual que B, pasan a ser hermanos de A, quien a su vez compartirá protagonismo con F, aunque destruiría las leyes de la intriga si te ofreciera mayores detalles. En la tercera parte, A, un fotógrafo al que le obsesionan por igual las imágenes de perros atropellados, las heridas purulentas y la última obra de Wagner, se nos muestra (es un decir, puesto que cuando habla lo hace desde un lugar desde el que no puede ser visto) como una especie de alma del paraíso empeñada en lograr que su amigo del alma, al que llamaremos G, se cure de la amnesia disociativa que padece. En fin, podría hablarte durante horas de este libro, porque la cosa no termina ni mucho menos aquí. Pero me temo que te estoy aburriendo.

–No, en absoluto. Sólo estoy un poco liada.

–Pues, para no hacerme pesado y para acabar, sólo un par de cositas. En la tercera parte de la novela C llevara su transmutación al extremo, puesto que en el tercer capítulo no sólo se ha convertido en un crítico de arte gravemente enfermo y que solo vive para documentar y publicar su propia muerte, sino que gracias a una nueva pirueta de quien está soñando semejante galimatías –en el que no faltan los desquites, el gamberrismo ilustrado, la sátira cruel o un sinfín de situaciones que nadie desearía para sí–, pondrá fin a su particular rueda karmática bajo la forma de un perro que pierde la vida salvando a su amo de morir atropellado. A, que en este punto del relato resulta ser un homosexual unido sentimentalmente a un G que a su vez resulta ser hermano de D, aunque en el siguiente salto de nivel G resultará ser el...

–Ahora sí que estoy liada del todo.

–Contado de este modo, no me extraña. Ya me dirás si te ocurre lo mismo cuando leas el libro. No debemos olvidar que el propósito del novelista, en lo que afecta a la trama del relato, no es otra que tratar de recrear una concatenación de sueños, un sueño de sueños donde los despertares o los cambios de plano nos remiten, por ser parte sustancial del propio sueño, a una esfera de la realidad en la que nada es lo que parece ser y de los que emana a su vez una idea que aspira a negar toda posibilidad de ser en tanto que fijeza ontológica. Cada nueva parte de la novela, como la imagen que observamos a través de un calidoscopio tras haberlo agitado, niega la realidad de la anterior y se erige como portadora de la realidad genuina, provocando de este modo que la trama, o la misma realidad de cada personaje, se destruya y se rehaga ad infinitum sin tener con ello que depender de ese caballo desbocado que arrastra al escritor hacia lo que antes de la irrupción de la antinovela se denominaba desenlace, algo que ahora nos suena un tanto pasado de moda, aunque considerando el grueso de lo que hoy en día se publica, quizá no tanto. Precisamente no hace muchos días tuve un sueño que me ayudó a entender el calidoscopismo al que antes he hecho referencia. ¿Te parece bien que te lo cuente?

–Si no hay nada inconfesable...

–Yo había ido a visitar una exposición de dibujos y grabados de Picasso. Todo el conjunto formaba parte de las series sobre el Minotauro. Recuerdo que durante la visita yo me quedaba embobado ante un dibujo de cuya existencia nunca había tenido noticia, un dibujo que llevaba la firma de Magritte y cuyo estilo no se correspondía ni con el de Picasso ni con el del pintor surrealista sino con el de Henry Moore. Pese a lo extraño del hecho, yo no le concedía importancia al hecho y continuaba visitando la muestra. Al salir a la calle yo me pegaba un fuerte encontronazo con un hombre. Tras disculparme, yo reparaba en que aquel individuo era el propio Henry Moore. Sin tener en ningún momento la sensación de estar viviendo una situación extraordinaria, yo le preguntaba si estaba al corriente de la existencia de un dibujo suyo firmado por Magritte. Sin decir ni que sí ni que no, el escultor me agarraba por el brazo, me obligaba a entrar en la sala de exposiciones y me ordenaba que le mostrara el dibujo. Al llegar al lugar donde estaba colgado, descubríamos que la pieza había sido substituida por una pequeña pintura de estilo baconiano y firmada por Miró. Señalando el cuadro yo le decía a Moore: «El dibujo estaba aquí, estoy seguro, estaba aquí». De pronto, el rostro del escultor perdía su apariencia y adquiría los rasgos del Dalí de los últimos días, un Dalí que inesperadamente se ponía a gritar una y otra vez y sin que los visitantes de la exposición manifestaran la menor sorpresa: «¡No estoy, pero estaré! ¡No estoy, pero estaré!». Y, ciertamente, de algún modo Dalí acababa estando, puesto que tras salir por segunda vez a la calle, algo me impulsaba a entrar de nuevo en la galería y plantarme ante el cuadro de marras. En esta ocasión el lugar de la pintura baconiana lo estaba ahora ocupando un dibujo a tinta semejante a los que Michaux había realizado durante sus experiencias con la mezcalina.

–Un dibujo que llevaba la firma de Dalí, ¿me equivoco?

–En absoluto. Al despertar me acordé del libro de arena del famoso cuento de Borges y pensé que siempre resulta un intento vano recurrir al almacén de los recuerdos si con ello aspiramos a restablecer el orden que regía en cualquiera de los planos oníricos de los que hemos sido expulsados; y también en la debilidad que acusa nuestra mente a la hora de fijar los prodigios que hemos ingeniado durante el transcurso de un sueño. Porque no hay lugar a dudas de que aquellos pastiches los había pintado yo, y sin otro material de partida que no fueran los millares de obras de arte que a lo largo de los años yo había disecado en mi memoria.

–¿Y dónde conociste a tu novelista? Porque visto lo visto se me antoja pensar que vuestro primer encuentro no pudo producirse en unas circunstancias corrientes.

–Naturalmente. Guillermo y yo...

–¿Guillermo y tú?

–¿No te he dicho que éramos tocayos?

–No, que yo recuerde.

–Curioso, ¿verdad?

–Pues sí.

–Y lo que resulta todavía más curioso es que Guillermo nació el 19 de septiembre de 1951 y yo, por si no te acuerdas, el 30 de abril de 1956.

–¿Y eso qué tiene de particular?

–Consulta alguna biografía de Flaubert y lo entenderás.

–Como no me la pinte…

–No te lo voy a dar todo hecho. Mira, si quieres puedo…

–Da igual. Prefiero que me cuentes los pormenores del encuentro.

–Como desees. Guillermo y yo nos conocimos hace escasamente un año, durante un verano en el que yo me encontraba viajando sin rumbo fijo y después de haber recalado en una zona prácticamente despoblada del sur de la península. Hacía horas que andaba perdido cuando de pronto vi un edificio que me llamó poderosamente la atención. Se trataba de una vivienda de planta circular, pintada enteramente de amarillo y rodeada de una docena de cipreses moribundos. Pensando que sus inquilinos podrían echarme una mano, entré en los dominios de la propiedad. Al no ver a nadie en las inmediaciones, tañí la campana que colgaba cerca de la puerta. Fue el mismo Guillermo quien acudió a recibirme. Mirándome intensamente a los ojos y sin darme tiempo a presentarme, dijo: «Entra y sígueme: te enseñaré cómo debes salir de aquí». Tras lo cual dio media vuelta y se adentró por un pasillo curvo y oscuro.

–Y tú le seguiste.

–Sí.

–Y el pasillo ¿adónde conducía?

–A una sala habilitada como estudio y biblioteca. Fue en esa misma estancia donde yo le conté mis aventuras y desventuras por aquella comarca. Guillermo me preguntó a qué me dedicaba. Yo le dije que era editor. Él me confeso que a sus años todavía no sabía si era algo en concreto, que en todo caso la figura que su calidoscopio mental presentaba en ese preciso momento era la de alguien empeñado en ser narrador. Yo le pedí que me dejara leer alguno de sus relatos. Guillermo agarró un manuscrito que descansaba sobre su mesa de trabajo y lo puso encima de mis rodillas. Antes de abrirlo le pregunté si se trataba de una novela. Dijo que sí. Luego añadió que la acción se desarrollaba en la vasta y siempre recomenzada región de los sueños, y que el nombre de sus diferentes personajes transmigraba de un cuerpo a otro cuestionando cualquier ley que osara postular la existencia de una identidad no sujeta a una constante reconfiguración. Lo que ocurrió a continuación resultaría ocioso contarlo.

–Realmente sorprendente. No sé cómo te lo haces, pero siempre te ocurren cosas de lo más curiosas ¿Y cómo se titula la novela?

–Aún no está decidido. En estos momentos estamos barajando varios títulos. Tanto podría ser La factoría onírica de MM, Saltos de nivel, Episodios de un mismo sueño, La cola de Ouroboros, Los mil y un rostros de un nombre… A esta lista habría que añadir un par de títulos más que ahora no me vienen a la memoria y que según parece están entresacados de un libro de poemas de un tal Espinal.

–¿Quién?

–Oriol Espinal

–En mi vida he oído hablar de él.

–Yo tampoco hasta hace bien poco. Al parecer se trata de un poeta desconocido que mantiene una amistad algo turbulenta con el autor de la novela. Este último me confesó que estaba en deuda con él, en especial con su obra poética, aunque yo pienso que entre ambos existen lazos más fuertes que un compartido amor a la poesía.

–No sé por qué, pero tengo la sensación de haber estado en la tierra donde reside tu escritor.

–Quizá fue en otra vida.

–Me encanta leer a Platón; pero nunca he creído en la metempsicosis.

–Acaso lo hayas soñado... o leído en alguna novela.

–Habrá sido un déjà visité.

–¡Mira, Mar, mira! Por fin están abriendo las puertas.

–¡Ya era hora!

–¡Una hora tirados en la calle!

–¡Las once! ¡Es que no hay derecho!

–Una indignidad como una campana de catedral.

–¿Y esa campana?

–Indignado toque de muertos por nuestro hermano Román.