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Ángel Salvador

novela corta

2000 - 2003

Fragmento del Acto I

ACTO I

ESCENA ÚNICA

Al levantarse el telón ÁNGEL SALVADOR aparece sentado en una butaca tapizada en piel negra. Viste un mono de color azul y manchado de grasa. Una bombilla roja pende del techo. En el fondo del escenario se proyecta, en blanco y negro y en negativo, la imagen de un perro atropellado.

 

BRUNO.– (En off) !Cómo es posible que ni siquiera recuerdes el calor que hacía esa tarde! Claro que comparado con el que está haciendo e estos momentos la cosa se queda en una anécdota. La ola de calor ya es titular en la portada de los periódicos. Llegada directamente del Sahara. Y para colmo los incendios forestales están asediando la ciudad y la lluvia de ceniza no para de caer sobre las calles. Más de uno la está viendo como un augurio apocalíptico. Le sobran razones, aunque yo pienso que el agüero tendría mayor credibilidad si los incendios hubieran arrancado en un Miércoles de Ceniza y no en un miércoles de agosto. Por cierto, ¿te acuerdas de que tu última visita cayó en miércoles? Hasta entonces yo siempre había detestado los miércoles. Ahora ya me da igual, pero años atrás, cuando yo era un ser autónomo, cada vez que yo leía en algún lugar la palabra miércoles o la escuchaba en boda de alguien, de súbito acudían a mi memoria los recuerdos de aquellos miércoles del polvo eres y en polvo te convertirás, aquellos miércoles siniestros que durante mi infancia abrían la puerta a los deprimentes viernes de Cuaresma, con la merluza y las patatas hervidas humeando en la fuente, y yo rezongando que no tenía hambre y mi madre, mientras me servía, advirtiéndome que no me iba a levantar de la mesa hasta que mi plato estuviera limpio como una patena. Pobre mamá. Cada día estoy más convencido de que la insania en la que se halla presa es una consecuencia de su obsesión por ser una buena católica. Ella jamás se conformó con ser una practicante del montón. Todo le parecía poco llegado el momento de demostrar la fortaleza de su fidelidad al Todopoderoso. Un buen día, sin que ningún sacerdote hubiera mediado en su decisión, resolvió que los sacrificios alimentarios no eran suficientemente purificadores si durante el tiempo cuaresmal no iban acompañados de una renuncia a todo contacto sexual. Como es de imaginar, a mi padre no le hizo la menor gracia verse privado del cuerpo de su mujer, pero al final tuvo que tragar y conformarse con poner cara de perro desde el dichoso miércoles hasta el Sábado Santo. «La abstinencia, la abstinencia. ¡Que se la apliquen los clérigos para su uso y disfrute, que para eso han hecho el voto de castidad!», me dijo un día, imagino que pensando que su hijo ya tenía la edad suficiente para saber lo que era... «la vida». Gran eufemismo, sí señor. Afortunadamente, siempre acababa llegando el plácido Domingo de Resurrección, ese día en que al término de la matinal celebración de «la vida», mi padre no sólo recuperaba su talante habitual sino que se mostraba dispuesto a decir amén a cualquier extravagancia que a mamá se le pudiera antojar. Por decirte que en una ocasión se lo llevó a Roma con el único propósito de subir la Escala Santa. De rodillas, claro está. Pero esto último no deja de ser una minucia si lo comparamos con el viaje que ambos hicieron a Tierra del Fuego en pleno invierno austral, adonde fueron únicamente para ¡oír misa en la Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria!

 

Visto lo visto, supongo que tampoco te acordarás de que al poco de acceder al recinto hospitalario te planteaste abortar tus planes y regresar por donde habías venido. Resulta comprensible si consideramos lo que te traía entre manos. En todo caso, lo que no acabo de ver muy claro es si tu ansiedad obedecía a una cuestión moral o, por el contrario, era una reacción natural causada por el pánico escénico. Sea lo que fuere, lo cierto es que mientras aguardabas la llegada del ascensor, me lo ha contado un pajarito, sí que te imaginaste a ti mismo encarnando a un deus que se dispone a entrar en su machina momentos antes de irrumpir en escena. Y a todo esto, ¡había que ver cómo resollabas! Si me permites la broma cruel, casi tanto como Wagner en Venecia. De poder elegir, ¿con qué te quedarías? ¿Con el asma del compositor o con tu enfisema incipiente? Durante tu anterior visita hospitalaria me confesaste que el día que tu medico te dijo que el enfisema era incompatible con el tabaco, por la noche soñaste que una enorme serpiente anfisbena entraba en tus pulmones y los convertía en su nido justo después de haberte conminado a firmar un contrato enfitéutico. Ya ves que de un modo u otro los excesos siempre se acaban cebando con aquel que los comete, ni que sean tan inofensivos como colar un retruécano entre frase y frase. Créeme: leer tanto a Julián Ríos no puede ser beneficioso para la salud.

 

Pero regresemos al día de autos. ¿Te acuerdas de las tres ancianas que estaban aguardando la llegada del ascensor? ¿Recuerdas que ante el espectáculo de tus resuellos te miraron como si fueras un apestado? Lo que nunca me contaste es lo que te dijiste mientras desplegabas el pañuelo con el que absorberías la gota de sudor que cosquilleaba la punta de tu nariz. ¿Acaso que aquellas mujeres eran un trío de brujas expulsadas de una pesadilla, unas brujas que sabían quien eras y en cuya mirada podía leerse algo así como: «No deseamos otra cosa que presenciar cómo tu pañuelo se transfigura en una blanca paloma, en una sacra, espiritual y hermosa paloma cuya luz, triplemente divina, calme la angustia vital que corroe nuestras almas condenadas»? ¡Vaya chorrada!, te dirás con razón. De todos modos, y dando por hecho que en ese momento te hubieras dicho algo, se me antoja pensar que tu mente no habría hilvanado una estupidez menos indigna de la que acabo de soltar, o tal vez sí. Quién sabe. Lo que sí me contaste es que mientras tu pañuelo embebía el sudor de tu frente, la imagen de tu amiga Verónica Cruz se hizo visible en tu memoria. La recordaste mientras, hisopo de algodón en mano, eliminaba la capa de hollín que cubría un cuadro de la escuela caravagista, una pintura de gran formato que representaba a Judit desenvainando la espada de Holofernes. No era la primera vez que me hablabas de tu amiga Verónica y de tus frecuentes visitas a su taller de restauración. Recuerdo que en una ocasión, poco antes de mi caída, me comentaste que si bien el rostro de aquella Judit reflejaba sin lugar a dudas la determinación fanática de los héroes, su mirada insinuaba visos de lubricidad. «Un hombre es un hombre, ¡coño!», dijiste antes de añadir: «¿Y ese Holofernes, durmiendo la mona y con esa expresión tan exageradamente rijosa? Se veía a la legua que el pintor lo había representado de ese modo para decir a las claras que el general estaba soñando cochinadas, a saber si en compañía de la viuda hebrea o de la más libertina de las cortesanas reales. El triunfo de Judit o en la boca muere el pez. Habría quedado bien como título, ¿no crees?».

 

Mi pajarito también me ha contado que al abrirse la puerta del ascensor (con una solemnidad tecnológica, tal cual me lo dijo) las tres mujeres entraron en la cabina, mientras que tú no hiciste ni ademán de moverte. Al observar tu rostro atribulado, las tres te miraron como diciendo: «Vamos, caballero, suba de una vez, que a nuestra edad ya no estamos para comernos a nadie». Finalmente, al escuchar el tintín que avisaba del cierre de puertas, te metiste el pañuelo en el bolsillo y entraste en el ascensor. Poco faltó para que la machina te hincara el diente. Entre resoplidos y mientras pulsabas el botón de la planta séptima, te dijiste: «¡Qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que conduce a la Vida! Los deus ya nunca serán lo que fueron». Y en cuanto el ascensor se pudo en marcha y tú te imaginaste a ti mismo como un faraón momificado que subía al séptimo cielo encerrado en su sarcófago, trataste de calmar tu desasosiego royendo las uñas de tus siete dedos. «A Bruno le haría gracia: a uña por piso», te dijiste hablando solo y sin que te importara un comino que tus compañeras de ascensión te miraran como a un chalado. Cuando el ascensor se detuvo en la séptima planta musitaste un «buenos días» y saliste al rellano, donde tuviste que abrirte paso a través de un grupo de gitanos que discutían acaloradamente acerca de si bajar o no bajar a la calle para arreglar no sé qué cuentas pendientes. «Ya se sabe que en un ambiente tan aséptico y refrigerado como éste, las emociones no pueden alcanzar el nivel de pathos necesario para dar salida a los conflictos que afectan al alma del clan», te dijiste untando el tono de tu voz interior con un desdén más propio de un perdonavidas que de un redentor de almas atormentadas.

 

Sintiendo un aleteo en el pecho, te acercaste muy despacio al mostrador de la sala de control, detrás del cual estaba sentado, al igual que el año anterior, ese portento de la naturaleza que pasaba por llamarse Marta Bandera. Al verte, la enfermera te saludó derramando una hospitalaria sonrisa de virgen aparecida. Forzando una expresión de chico bueno y sin dejar de resollar, correspondiste al saludo y la miraste con una imprudencia tan escasa de inocencia como merecedora de recibir un mohín como respuesta. Siempre hay que ir con mucho tiento con las artemisas que corren por el mundo, aunque en este sentido no seré yo quien venga a darte lecciones: en tiempos mejores yo también formaba parte del club de los que desnudan con la imaginación a toda mujer hermosa que se cruce en su camino. Luego, y adoptando ese tono resignado que daba a entender que ya habías dispuesto un espacio donde encajar una respuesta más que previsible, formulaste la pregunta de cada año. Ella te dijo que no había novedad, que yo continuaba igual que siempre. «En todo caso no debemos perder la esperanza. Tal vez el día menos pensado…», te dijo antes de añadir: «¿Te molesta si te acompaño hasta la puerta de su habitación? Llevo más de dos horas pegada al ordenador y me hará bien estirar un poco las piernas». Cómo iba a molestarte compartir los pasos con una mujer de bandera. A nadie le amarga un dulce, te dijiste antes de añadir: tan cierto como que muy poco dura la dicha en la casa del pobre. Y es que apenas habíais dado unos pasos cuando se escucharon gemidos y lamentos procedentes del final del pasillo. La enfermera se olvidó de ti y corrió en auxilio de la persona que los estaba lanzando: un convaleciente octogenario que acababa de dar con sus huesos en el suelo. Tú fuiste tras ella, aunque con una pachorra más que calculada. Conociéndote como te conozco, se me antoja pensar que en tu teatrillo mental aquel pasillo se transformaría en una vaguada arcádica por la que la hermosa enfermera, ovidianamente metamorfoseada en una no menos hermosa Siringe, corría, desnuda y pánicamente aterrada, tratando de evitar que su hymen souhaité fuera lancinado por el príapo del sátiro que la estaba persiguiendo, un sátiro cuyo rostro encendido de pasión era, claro está, el tuyo propio. Y en cuanto te hallaste a escasa distancia del abuelo caído, ¿qué hiciste? ¿Acaso superpusiste sobre él la imagen de un pastor del cortejo de Dioniso que atrapaba a la hermosa ninfa con el propósito de que tú pudieras hacer uso de su cuerpo divino tanto como te apeteciera?

 

Resuelto el percance y me imagino que al observar la diadema de gotas de sudor que ceñía tu frente, la enfermera se puso a hablar de los incendios forestales y de la ola de calor sahariano que se estaba llevando a tantos ancianos por delante. Y es que a pesar de que en aquella planta la refrigeración funcionaba con normalidad, tú te sentías cada vez más acalorado, y no precisamente, claro está, por los comentarios de la enfermera. Al llegar a la puerta ella te preguntó si te sentías indispuesto. Entre jadeos y con un filamento de voz le respondiste que no, que aquella manera de transpirar la estaba provocando la inquietud que te producía hallarte un año más frente a la puerta de mi habitación. La enfermera te regaló una sonrisa compasiva y regresó sobre sus pasos. Mientras la mirabas cómo se alejaba te secaste la cara con el pañuelo. Antes entrar en la habitación y al tiempo que acudía a tu mente el recuerdo del Hamm de Fin de partie, te dijiste: «¡Viejo trapo! A ti, te conservo».

 

En mi habitación no había flores ni visitas. No era la casualidad de un día. Hacía años que los míos apenas se molestaban en alterar su rutina para acudir al hospital. La demencia senil, creo que ya lo he dicho, se había apoderado de mi madre, y las visitas de quien había sido mi novia destacaban por su brevedad y escasa frecuencia. Para qué iba a quedarse más tiempo o venir más a menudo si mi cara, como la de una estatua de cera, era del todo incapaz de esbozar el menor gesto de emoción. De mis hermanos ya ni te cuento. Yo era para ellos poco más, o poco menos, que una planta conservada en un invernadero a cargo de los presupuestos generales del Estado. Tú, sin embargo, sin faltar a tu cita anual, entraste en la habitación, me besaste en la frente y me diste una palmadita en la mano derecha. Luego, mintiendo piadosamente y teniendo la absoluta certeza de que yo estaba censurando tu incorregible falta de puntualidad, dijiste: «Disculpa el retraso, Bruno, pero a causa de una avería en la catenaria mi tren ha permanecido detenido durante más de una hora». Luego, antes de acomodarte y mientras encendías la radio, añadiste: «Al menos debe hacer ya media hora que la función ha comenzado». «Sí, en efecto. ¡Una lástima!», exclamaste, saboreando tu sarcasmo travieso, en cuanto la voz de Amfortas se coló por el altavoz de la radio cantando aquello de: «¡Nadie perturbe mi paz!».

 

(Se escucha el fragmento siguiente de Parsifal:*

KUNDRY: ¡Aquí está! ¡tómalo! El bálsamo!...

GURNEMANZ: ¿De dónde lo trajiste?)

 

BRUNO.– (En off) Como cada verano, escuchar el Parsifal que la radio bávara retransmitía desde Bayreuth, me hacía sentir un poco menos infeliz, y con mayor motivo desde que mi cuerpo yacía varado de por vida en una cama de hospital. No sé qué habría sido de mí si no hubieras estado convencido de que mi letargo no tenía por qué impedirme escuchar, oler o sentir, y que en consecuencia si algo podía confortarme era que la gente que estaba a mi alrededor me hablara y me tocara, y ya no digamos si alguien se tomaba la molestia de amueblar mi habitación con música sublime. Una fe, la tuya, que en el caso de Parsifal adquiría un valor especialmente singular, puesto que la obra de Wagner no sólo ocupaba un lugar de privilegio entre tus fobias musicales, sino que para referirte al compositor jamás empleabas su nombre sino echando mano de alguna perífrasis denigrativa de tu cosecha, a saber: «El orgasmosero de la burguesía esclavista», «El inventor de los piromusicales a cielo cubierto», «El genio del cartón piedra sonoro», «El autor de la banda sonora del Tercer Reich», «el...» ¿O es que acaso ya no te acuerdas de que éstas eran solo algunas de las flores retóricas con las que te referías a quien yo considero uno de los mayores genios de la historia, el mismo que al ver por primera vez el retrato que le hiciera Renoir (prepárate para reír), había comentado que parecía el embrión de un ángel o una ostra deglutida por un epicúreo?

 

Antes de proseguir con el relato de lo que ocurrió aquel 2 de agosto de 1995, quisiera recordarte quién y qué clase de personaje eres en realidad, eso, naturalmente, siempre y cuando te muestres dispuesto a aceptar un cierto pragmatismo terminológico y admitas de antemano, como diría André Breton parafraseando a Rimbaud, que l’existence est ailleurs. Aunque sabiendo tanto como sé de ti, doy casi por sentado que mi empeño no servirá de gran cosa si al final lo que termino haciendo es desatar un conflicto metafísico en el seno de tu ser… o de tu no-ser. En todo caso, haré lo que buenamente pueda. Comenzaré por el principio. Por si lo hubieras olvidado te recordaré que tus padres, acuciados por la miseria, salieron de su pueblo sin otras pertenencias que las que se apelotonaban en el interior de una maleta de cartón. A los pocos meses de haber sentado sus reales en Barcelona, tú viniste al mundo. El mismo día y el mismo año que yo. ¡Qué coincidencia!, tal vez te estés diciendo. Ciertamente se trata de una coincidencia significativa, si bien habría que matizar que tus ojos se abrieron por primera vez en una lóbrega chabola del Carmelo, mientras que lo míos lo hicieron en la habitación de una confortable clínica de la calle Modolell. Pero al margen de tus orígenes, nunca me referiste detalles de cómo transcurrió tu infancia. Doy por supuesto que ese periodo no sería muy distinto del de cualquier otro chaval de barrio humilde: colegio nacional, vida en la calle, escuela industrial en el mejor de los casos, y a los catorce, a trabajar para devolver a los progenitores el coste de una infancia que para ellos quizá no se alargó más allá de los diez. Por lo tanto mi relato te sitúa a veinte y tantos años de tu llegada al mundo.

 

Se escucha el fragmento siguiente de Parsifal:

GURNEMANZ: ¡Un grito de muerte!

Acudí lo más aprisa que pude al lugar

y, riendo, vi cómo Klingsor desaparecía

armado con la sagrada lanza.

He de luchar para cubrir la huida del rey,

mas una herida sangra en su costado,

una herida que no ha de cerrarse nunca.

 

BRUNO.– (En off) El caso es que no se habían cumplido ni dos años de la muerte del dictador cuando sufriste un gravísimo accidente laboral. Tú te encontrabas en el taller donde te ganabas el pan, cuyo patrón era un tío tuyo, un obrero como tú que un día decidió probar suerte en esto de ser amo de sí mismo. «Pobre iluso. O se es o no se es», tú te decías a veces con la arrogancia propia del que aún no ha degustado la hiel de los años. De todos modos, aunque se hubiera cambiado de bando, tu tío era buena gente, y lo que no podía negarse es que tener como jefe a una persona de bien siempre hacía más llevadera la dureza del trabajo. Vamos, trata de repetir conmigo la secuencia de los hechos que habrían de cambiar el curso de tu vida: «Agarro un rollo de plancha de acero; lo cargo en una carretilla y lo traslado a la sección de laminado; mientras lo estoy manipulando, el filo del acero me desgarra la yema del pulgar derecho; luego me clavo setenta y siete esquirlas en la punta de los dedos; la grasa y la herrumbre tiñe mis manos; un aroma rancio de templo industrial unge mi cuerpo; una voz interior me dice: recuerda que siempre serás un obrero; en las inmediaciones del taller y frente a la puerta de una empresa en huelga, un piquete de sindicalistas impide el paso a los trabajadores que pretenden incorporarse a su puesto de trabajo; ¡esquiroles! ¡esquiroles!, gritan algunos; las sirenas de la pasma se escuchan en lontananza; poco más tarde, como un trisagio marcial, un megáfono ronco grita tres veces disuélvanse; llega la hora de los disparos, de los gases, de las porras, de las piedras, de los gritos, insultos y carreras; trato de recrear mentalmente lo que está ocurriendo en la calle; distraído en mis pensamientos, pulso el botón de arranque de la máquina de laminar; me pongo a darle de comer; trabajo sin estar en mí; estoy sin estar junto a los compañeros del polígono; ¡mierda!, me ha pillado la mano, la muy cabrona, ¡aaayyy!; siento la fuerza incontenible de sus mandíbulas; estos malditos rodillos no quieren renunciar a su bocado; mis aullidos alertan a mi jefe; una nausea, un eructo, un amago de vómito; en la radio se escucha un anuncio de El Corte inglés; tres de mis dedos han sido literalmente engullidos por las fauces de una fiera sin instinto depredador; miro la imagen del calendario que cuelga en la pared de enfrente; primer plano de la Macarena, Sevilla y olé; su rostro y el mío son uno y el mismo; si existes, déjate de lloriqueos y ayúdame de una puta vez; mi sangre se hermana con el óxido de hierro que empolva el suelo de cemento; sé que estoy gravemente herido; viajo de súbito a la cara oculta de la mente; me duermo en el regazo del silencio; un clamor de sirenas me despierta; hombres vestidos de blanco me amarran a una camilla; uno de ellos me venda la mano derecha; pienso que a Cristo ni eso; los templarios me introducen en un vehículo; la lanzadora se abre paso a una velocidad que me incomoda; mil destellos anaranjados empañan los cristales; nos detenemos en medio de un mar de cláxones; la sirena intensifica sus cantos y el viaje se reanuda; me digo que la amputación será un hecho irreversible; me digo que me extrañarán definitivamente de la hermandad; me digo que estoy a punto de convertirme en un pobre aunque pensionado mutilado de guerra».

 

Pese al infortunio, la amputación de tres de tus dedos no precipitó tu espíritu, de natural curioso e inquieto, a la sima del desánimo, antes al contrario: la pensión con la que te viste beneficiado te proporcionó, de la noche a la mañana, ese tiempo que tú siempre habías concebido como algo inalcanzable para los seres a quienes les ha tocado encarnar al Sísifo pobre, aunque ahora mismo no sabría decirte si el Sísifo de clase media goza de mejor situación. El caso es que seis años más tarde te licenciabas en Antropología y en Historia, y un año y medio después ganabas un puesto de docente en un instituto de enseñanza media de Tarragona. Aquellos años también te sirvieron para ir dando forma a tu biblioteca privada, ese monstruo insaciable que en poco menos de un lustro acabaría literalmente adueñándose de las escasas dependencias de tu hogar. ¿Te acuerdas de tu casa? Se hallaba situada en el casco antiguo de la ciudad y en el pasado había sido la vivienda de los porteros de la finca. A excepción de los libros, sus escasas dependencias no albergaban mayores tesoros que una cama –siempre revuelta, aunque no precisamente a causa de los estragos del amor–, un par de sillas de anea, un armario, una mesa digamos que polivalente, un frigorífico desvencijado y forrado de notas manuscritas que nada o poco tenían que ver con la vida doméstica, o diferentes altarcillos en los que las estampas relamidas de san Pancracio y Krishna convivían con fraternal ecumenismo junto a una Virgen fosforescente y una talla barata de la gran diosa Onile, amén de otras figuras que en su día no supe reconocer y a las que tu honrabas, junto a las ya mencionadas, encendiendo velas y varillas de sándalo o dejando ofrendas alimentarias a sus pies. ¿Y del techo? ¿Te acuerdas? En la zona central del mismo habías clavado las fotografías que yo había tomado a tu perro mestizo, al que por si no lo recuerdas tú habías bautizado con el nombre de Cioran. Se trataba, en efecto, de unas imágenes vraiment, vraiment émouvantes. Con aquellas fotografías habías tapado algunas de las frases del otro Cioran (el apátrida de origen rumano) que tiempo atrás tú habías escrito con pintura fosforescente. Ni en la oscuridad podías prescindir de las palabras. A menudo me decías que esa luz verdemoco te ayudaba a relajarte durante las noches de insomnio, y que ciertos aforismos del pensador apátrida eran para ti como amargos fuegos fatuos celestiales, fuegos fatuos celestiales, y lo diré con palabras del propio Cioran, para seres que a causa de su gusto por el cielo fracasaron en la historia, seres que si hubieran poseído el don de adivinar el futuro, habrían sin duda naufragado.

 

Poco dispuesto a pisar la cancha de la vida social, tú preferías emplear tus horas libres escribiendo como un poseso o leyendo los libros y revistas que semana tras semana te proporcionaban los libreros. Todavía recuerdo como si fuera hoy el día que entré en tu casa por primera vez, y muy en especial la sensación que me invadió en cuanto me hallé de pronto inmerso en aquel escenario donde el olor a librería de lance convivía con ese tufo característico que señorea en los barrios medievales, ese tufillo que desprenden los muros enfermos de humedad crónica entremezclado con el hedor de la orina que unge esquinas y rincones y que a diario redoran tanto los mejores amigos del hombre como aquéllos a quienes Plauto o el empirista Hobbes consideraban auténticos lobos para sí mismos. ¿No crees que el poeta trágico habría sido más lúcido si en su mosaico pompeyano hubiera mandado escribir cave lupum en lugar del famoso cave canem? El caso es que ese olor (siempre el olor, ¿qué tendrá el olor?) me precipitó de repente al recuerdo de un paseo por las callejuelas del casco antiguo de Nápoles. En el mismo balcón del hotel donde me alojaba, el Cavour de la plaza Garibaldi, anoté lo siguiente: «Corredores de cárcel medieval. Un cielo estrecho acuchillado por mil sábanas. Hediondo velero varado. El sol, al igual que la solución a la miseria, existe pero no llega. La luz que irrumpe en los bajos es ceniza que humilla a sus moradores. Europa ha sido raptada por la corrupción y el crimen organizado. ¡Untad, malditos, untad con millones de liras al dios disfrazado de mártir cristiano! Su sangre licuada es un homenaje al omnipresente volcán…», etcétera, etcétera. Pero no es hoy el momento de hablar de mis memorias sino de lo que deberías recordar. Me imagino que tampoco te acordarás de la primera vez que vine a visitarte a tu casa. Recuerdas que que me desplacé a Tarragona para entregarte las fotos que había tomado a Cioran? Curiosamente, cuando abriste la puerta la aguja de tu tocadiscos estaba pinchando la Dog song de Satie, si bien no resultó menos curioso que en ese preciso instante tu mano malograda estuviera sujetando un libro de fotografías de ese pedófilo de pensamiento (sería aventurado afirmar que también lo fuera de obra) llamado Charles Dodgson. Por la cara de extrañeza que pusiste al verme, interpreté que no tenías la menor confianza en que yo me tomara la molestia de cumplir lo que te había prometido. Repuesto de la sorpresa inicial, me invitaste a pasar y me ofreciste un té. «Sin mi té de las siete de la tarde no valgo para nada», dijiste al tiempo que me indicabas una silla y justo antes de poner el agua a hervir. Luego, tras servir la infusión, echaste un vistazo a las fotos. Tanto te atraparon que hasta te olvidaste de tu té de las siete. En un momento dado dijiste que te estaba embargando una sensación muy rara, como si aquellas imágenes de Cioran te estuvieran gritando repetidamente: «Ne m’attends pas ce soir, car la nuit sera noire et blanche». Tras guardar las copias en un cajón, dijiste que a pesar de su crudeza te parecían unas imágenes francamente bellas, casi tanto como cualquiera de los treinta y cuatro cantos del Infierno. Eso dijiste, antes de sumirte en un largo silencio que yo traté de romper preguntándote algo acerca de un libro que descansaba sobre uno de los anaqueles de tu biblioteca. A partir de ese momento, olvidándote por completo de las fotografías de Cioran y haciendo gala de una verbosidad que en modo alguno se correspondía con la persona que yo había conocido, te pusiste a comentar tanto el libro de marras como algunas de las muchas publicaciones a las que éste hacía referencia. Y casi una hora más tarde, cuando ya me tenías completamente liado con tu red de títulos, autores y citas, me contaste que desde hacía varios meses estabas entregado en cuerpo y alma al estudio de lo orígenes de ese festival satírico del caos primigenio que en nuestro entorno cultural llamamos carnaval. Entre otras cosas, tú postulabas que la esencia universal de aquella fiesta popular reflejaba un acercamiento positivo a un estadio preconsciente, y por lo tanto preidentitario. «No se trata de aparentar lo que deseo ser como el hecho de negar o cuando menos restar importancia a lo qué y quién realmente soy», declaraste con insolente seguridad antes de añadir:

 

–Esta regresión, si bien en cierto modo puede resultar paradójica, representa en sí misma una provechosa evolución, pues únicamente negando nuestra identidad impuesta podremos superar el sentimiento de pertenencia a un ente local, y con ello alcanzar un pleno y desapasionado convencimiento de no ser otra cosa que piezas de serie de un ente multiversal.