Go to ORIOL ESPINAL Projects Homepage
oriol espinal #prosas
back to #prosas
logo

Cuaderno de notas

novela

2005

Sección nº1

…y éste es el sueño. Mi madre, Carmen Alegre, había fallecido hacía un par de semanas y yo trataba de catalogar los documentos que se conservaban en su estudio. En uno de los cajones del escritorio yo hallaba un cuaderno que me llamaba especialmente la atención. Al abrirlo y echarle un primer vistazo, descubría que se trataba de un manuscrito de cuya existencia yo no tenía la menor noticia. Tras despejar cualquier duda relativa a la caligrafía, yo llamaba por teléfono a Marta Matra, una joven profesora que se había doctorado con una tesis titulada La parodia intertextual en la obra de Carmen Alegre. Tras ponerla al corriente del hallazgo, Marta Matra irrumpía escasos segundos más tarde en el estudio y se ponía a examinar el manuscrito con suma atención. Mientras volvía las páginas y sin levantar los ojos del papel, la profesora iba diciendo: «Al fin he hallado la prueba que precisaba para demostrar que tu madre nos ha estado engañando como a chinos y que todo lo que declaró en su última rueda de prensa, hoy hace exactamente dos años, no era más que una cortina de humo magistralmente urdida».

 

«Usted debe estar confundida –decía yo–.  ¿Acaso pretende hacerme creer que mi madre accedió a sentarse ante el pelotón de fusilamiento de los medios después de haberse negado por activa y por pasiva a ser entrevistada?
Marta Matra me aclaraba que el día que mi madre había tomado la decisión de hablar finalmente ante los medios de comunicación yo me hallaba en la selva de Nueva Guinea encabezando una expedición que mi departamento había organizado para estudiar con mayor profundidad los ritos funerarios de la tribu Kukukuku. Algo desconcertado, yo le respondía que lo que estaba diciendo era imposible, pues por esas fechas yo no me encontraba en Nueva Guinea sino en la Península Valdés, donde me habían contratado como ayudante de cámara en un documental sobre el varamiento de las ballenas francas. Tras lo cual yo le preguntaba: «¿Y puede saberse qué les dijo?». Con el típico tono de voz que el común de los mortales adopta cuando se ve en la obligación de revelar una verdad hiriente, la profesora decía:


–En aquella comparecencia tu madre declaró que la literatura destinada a las minorías exquisitas había dejado de ser para ella una herramienta útil con la que llevar a término sus propósitos inmediatos, y que, en consecuencia, había comenzado a redactar una obra que hasta el más zote de los hombres sería capaz de leer. Tras lo cual y ante la avalancha de preguntas que había suscitado su revelación, añadió que únicamente podía adelantar que su nueva obra sería una novela filosófica cuya acción quedaría situada en un planeta imaginario y cuyo principal protagonista sería un sujeto llamado Dal Em Vert, quien después de haberse pasado la mitad de su vida escribiendo una enciclopedia (la primera del planeta), pretende pasarse la otra mitad viajando de pueblo en pueblo como mercader de su propia obra. Tu madre añadió a lo dicho: «Sin embargo y contrariamente a lo que fácilmente podría pensarse, el principal objetivo de dicho personaje no se centrará únicamente en pasar por la vida tratando de vender su enciclopedia sin más, sino también en utilizar las habilidades dialécticas que su madre, la filósofa Dio Ti Mah, le había enseñado de niño, y ello con el único propósito de tratar de convencer a sus clientes potenciales de que  el peso del Saber (300 Kilogramos), la extensión del Conocimiento (treinta volúmenes de más de mil páginas cada uno) y el precio de la Verdad (trescientas mil monedas de plata) sí existen fuera de la mente, y todo ello a pesar de que G.O.G. Berk Eley continúe pregonando, a todas horas y desde el púlpito de su no existencia, que las piezas que componen el orden universal carecen de una subsistencia ajena a la mente y que en consecuencia su ser se aquiere en tanto que un ente perceptor que las observa y nombra.
Tras cerrar el manuscrito, Marta Matra añadía: «Parece una suerte de work in progress, un experimento literario que de no haberse interpuesto la mala fortuna, con toda seguridad se habría acabado convirtiendo en su novela más innovadora». Marta Matra me pedía a continuación si podía prestarle el manuscrito durante un par o tres de días.  Dando a su voz un registro grave y profesoral, añadía: «En el texto se aprecian ciertos elementos misteriosos que únicamente podrían aclarar algunas de mis compañeras del Departamento de Literatura Comparada». Pese a que no me hacía la menor gracia que el manuscrito saliera del estudio de mi madre, yo respondía: «Haga usted lo que estime más conveniente, pero siempre y cuando pueda ser yo, en tanto que único heredero de la novelista, quien tenga el privilegio de leer el manuscrito antes que cualquier otra persona». Marta Matra, que aceptaba mis condiciones sin la menor objeción, me preguntaba: «¿Entonces le parece bien que pase mañana a esta hora?». Yo asentía con resignación, agarraba el manuscrito y me sentaba en el sillón donde mi abuelo, el difunto doctor Antonio Miralpeix, se apoltronaba de ordinario para leer alguna que otra novela de capa y espada.


Antes de salir del estudio, la profesora Matra me decía con tono maternal: «Lo que has de hacer a partir de este momento, querido Juanito, es limitarte a leer, a leer toda la noche, que mañana es ahora mismo, no lo olvides: mañana es ahora mismo». Y mientras se alejaba de mí y justo antes de cruzar la puerta, volvía a repetir un par o tres de veces: «No lo olvides: mañana es ahora mismo».
En cuanto la puerta se cerraba, yo abría el manuscrito y me ponía a devorar el texto de mi madre con un apetito más propio de un joven lector que de un cuarentón desengañado de la vida. Contrariamente a las primeras impresiones vertidas por la profesora Matra, el texto de mi madre me parecía bastante mediocre. Una valoración que no sólo se iba consolidando a medida que yo avanzaba en la lectura, sino que en cuanto terminaba la lectura, el adjetivo mediocre ya únicamente podía ser pronunciado en grado superlativo.
Tras cerrar el manuscrito, yo me decía que no pensaba tolerar que semejante bazofia llegara al Departamento de Literatura Comparada, y mucho menos a manos de Francisco Ramoneda, el editor que había comprado a precio de saldo los derechos de todas las obras que se estuvieran cociendo en el obrador literario de mi madre. Yo entonces encendía la chimenea y echaba el manuscrito al fuego, y mientras observaba cómo ardía no podía dejar de pensar en el ramillete de bodas de Emma Bovary quemándose en el fuego, pero también en el final de una novela que yo había leído recientemente y cuyo protagonista no podía evitar que el referido pasaje de la novela de Flaubert acudiera al escenario de su mente cada vez que escuchaba a alguien pronunciar la palabra fuego.
En este punto del sueño me desperté. Como impulsado por una fuerza desconocida, salté de la cama y me puse a escribir, como al dictado y sin descanso, durante varias semanas. Te mando el texto (cuyo título provisional es Afterdream) tal como quedó llegado el momento en que perdí todo interés en continuar escribiendo. He pensado que si te parece bien lo podrías dar a leer a tu jefe. Conociéndole, tal vez le dé por publicar algunos fragmentos en el próximo número de la revista.

 

Vale.

 

Juan Grau