Periferias/orden inverso
Con la llegada del buen tiempo se adueña la ceguera de las fuentes,
silencia los mensajes que en las neuronas se enmarañan,
aplastando altavoces e instando al mirlo a cantar
trinos de distractora belleza verde
No hay noches pródigas en las salpicaduras
de esta cruel primavera que me apresa,
y en los eriales el agua de los charcos
ya nada ofrece, salvo muros de invisible dureza
y reflejos carentes de juegos sorprendentes
Ni los antiguos himnos de la tarde
aplacan el cansancio que me destierra de los sueños,
en este anochecer donde las risas y las lágrimas
traman un cobertizo inseguro
y la mancha proteica de la gente
arrebata el deseo de mirar el fondo de los pozos
En los jardines donde las cabezas superan en número a las flores,
la soledad que me emborracha no logra disipar
la humareda que anega el escenario de mi edén,
cuerno de la abundancia saturado de engendros y artefactos,
casi todos dispuestos al sacrificio del estilo
que hará de ellos algo bello
Mas no es hoy un día propicio para la caza
En invierno, en sus bosques yermos,
a menudo se acercan las presas a mi mano,
lamen confiadas mi cuchillo
sin oliscar mis dedos de verdugo
y mi cuaderno de poeta
Verter su sangre me ayuda a olvidar esta luz de mayo,
cuyas espinas oscurecen los mundos que alumbraron mis tinieblas,
y disfrazan los puentes, y ocultan el portal de las minas,
y borran los senderos que tracé de madrugada,
cuando los fríos más antiguos incendiaban plumones y vilanos
En las estancias de mi refugio fronterizo
apenas quedan inviolados ventanales,
ni jardines donde las rosas estallan en la mano,
ni diccionario que ayude a traducir el fulgor de los sueños
Los ríos ya no arrastran, entre bloques de hielo
y troncos putrefactos, el plumaje de las palabras
Lo estoy viendo en el muro ennegrecido
que renunció a su piel a cambio de un oro
por el cual pocos vivos matarían,
orina dulce que las fuentes del ojo eléctrico
derraman sobre límites ambiguos,
de noche y a su antojo
(Poemas del fin de un mundo)
Tal vez quien se disponga a escribir este poema sea yo
–el mismo que horas antes, al mirarse al espejo,
reconocía nuevas grietas en su tambaleante edificio–,
mas no quien compondrá el último verso
o quien lo echará al fuego si se desploma
como un pájaro inepto para el canto
Con los años he constatado que cada nuevo verso
taladra un nuevo ojal en la esfera que oculta el mundo,
y que el hecho de horadar esos muros convexos
desplaza el ser de quien vive amarrado
a un nombre y a unos rasgos
Y aunque ello sea una regalía penada
con un implícito ostracismo,
espiar la realidad a través de una constelación de orificios,
quitar la máscara a alguna de sus caras infinitas,
nos sitúa en un pedestal de mendicidad sanadora,
observatorio del origen y el fin de un mundo
donde el humano y la bacteria son parte de una misma flor,
de un mismo aire, de un mismo fuego
He sido un dios al inicio y quienquiera
que yo sea al final será otro dios,
ladrón en cada verso de un pedazo de carne de la luz,
espigador de sus descuidos, carroñero de arcángeles difuntos,
barrenero del alma, médico de los ojos cerrados
cuando se agigantan ante ellos
empalizadas y montes de nada,
como ahora mismo, que nada se me ofrece
salvo el telón de humo del cansancio
y el resabio de horror que dejan los periódicos
(Poemas del fin de un mundo)
Llorar de noche y boca arriba sobre el hielo polar
Morder tus labios hasta herirlos y ungir los míos con tu sangre
Armar mi último verso dormitando bajo el agua
Pintar, con vino y miel, una amapola en tu barriga
Arrancar los erizos de mi pecho y las astillas de mi lengua
Oler tu sexo en una gruta que las raíces invadieron
Capturar un búho nival y en sus plumas tocar la luna
Escribir en tus senos mil veces la palabra leche
Perderme en un desierto y ser tentado por el diablo
Hacer un ramo con las flores quemadas de tu pubis
Subir al infierno del bien y descender al Elíseo del mal
Verter granadina en tus ojos y confundir tus lágrimas
Tocar a Bach en uno de los pedestales del mundo
Adornar tu cabello con un tocado de serpientes
Entrar en un bosque sagrado y alojarme en la choza del chamán
Hurgar tu vulva con un mirlo que cantó hasta la muerte
Trepar a un árbol muerto y pegar fuego a los nidos vacíos
Maquillar tu rostro cansado con musgo y con arcilla
Ver en sueños el universo que no percibe el telescopio
Plantar un hongo en tu caverna y regarlo con savia ardiente
Cazar una paloma y cocinarla con néctar y rosas
Construir sobre tu cuerpo un diorama del fin del mundo
Destruir los residuos divinos de mis estancias cerebrales
Mojar con saliva la playa bendita de tu vientre
Escalar el acantilado de mi última pesadilla
Abrir tu boca y enhebrar las perlas de tu baba
Escribir un poema sobre el yo y su asesino
Presenciar el milagro de tu envejecimiento
Matar a la Parca empeñada en abortar mis planes
(Poemas del fin de un mundo)
Yo gozaba leyendo Ocnos
–¿Qué puede importarle al mirlo la muerte?–
cuando llegaste hollando la nieve caliente de abril,
rompiendo charcos llenos de cielos,
dejando un rastro de zarzas y hojas de cuchillo
Ignorabas las máscaras risueñas
que preservan tragedias ambulantes,
pues de carne era y no de cera
a quien querías deslumbrar
Es abismo el acero de tu daga,
puerta sin cerrojo tu regazo,
nube de estrellas la fuerza de tu garra
Hoy, día de frontera entre un final incomparable
y un inicio disperso y natural,
tu presencia recubre de frío las sombras en llamas,
las almenaras del deseo, la pira de los ópalos,
el rosario de lágrimas que unió los continentes
Comerán los vivientes sus cenizas recordando su alma,
mirando acobardados tu rostro de aire y sol,
sol y aire de todos los rostros
que el viento no ha labrado en el basalto
No hay alas ni memoria que trasciendan el peso de tu piedra
Tu aliento de polvo ambarino todo lo encadena a un silencio
de voces que bajo el océano hablaron sin vergüenza
En su escenario sin ventanas, de raíces segadas,
sus noches son claras y limpias de jadeos
Mientras se despoja del sueño que no merecía soñar,
algunos creen percibir el ruido que produce el alma
cuando cae hacia arriba y resquebraja el firmamento;
otros, un tambaleo de palabras
en el filo inclinado hacia la sima,
donde el miedo se escurre por la luz
y no hay trenzas de versos del gusto de los asnos
Mas no suenan los pasos sobre la cuerda
que une los bordes de la nada,
ni el tintín de los óbolos ni los resuellos del remero
Era salada la nieve caliente de abril,
el día que su mano agarraste
Negra y amarga en su noche más blanca
(Poemas del fin de un mundo)
Fuerzo la puerta de tu antifaz de plomo
y entro en tus ojos pringados de tristeza
Rasgo las telarañas de tu noche
y me abro paso entre las picas de tu miedo
Bajo mis pies crujen los cuernos y las plumas
Si vierto luz en el disfraz de tu mirada
mi cuerpo se traba en el puente herido de la fiesta,
y en la otra orilla del futuro, una niebla funesta
se adueña de la playa y de las olas
Los huesos y las conchas se esparcen por tu alcoba
De tus bóvedas cuelgan raíces rezumantes
de lágrimas heladas, de espasmos y sollozos
Si las arranco y las sacudo, se apodera del aire
un silencio manchado de polvo y de ceniza
No refulge la plata en la hornacina de oro
Mira mi mirar puro, mira cómo se enciende
ante los corridos telones de tu teatro desolado
Mira el fuego en mis manos, mira sus mellas,
mira el cuerpo lactante de quien serás mañana
Al respirar, mi boca se llena de espinas
Untaré tus heridas con higos y con rosas
Las profanaré con mi lengua ensangrentada
Mi amor será saliva sanadora
Tu dolor, la razón para mil gozos
(Poemas del fin de un mundo)
La noche del día más trágico
nos amamos largamente
sobre un catre carcomido
Con su veneno plomizo
la espuma de ceniza
laceraba los jadeos
El polvo de los derrumbes
porfiaba en armar mosaicos
en nuestros ojos destructores
Y el temblor de los sótanos
reforzaba el penoso placer
del seísmo de los cuerpos
Bajo un cielo de cascotes
hicimos del nudo un escudo
y del deseo una lanza
Y en un espejo roto te mostré
los cataclismos del amor
que con el mundo moriría
Riendo y llorando a la par,
dijiste que debíamos ser elegantes hasta el final,
indiferentes a las avalanchas que siegan los muebles,
a la riadas que anegan las grietas,
firmes ante el clamor de los campanarios en ruinas,
fríos ante las copas degolladas
y las ropas pringadas de licor,
impasibles cuando la fiesta replegara las alas de la orgía
y las rosas abrieran la puerta a la plaga y al desastre,
al diablo de la locura y al ángel del horror
(Poemas del fin de un mundo)
Allí es donde hay que ir a morir,
bajo el sol negro y ante horizontes ondulados,
entre el tomillo en flor y sobre un lecho de sarmientos
El enclave fue el hogar de un héroe sin leyenda,
y es alto y altos son sus pinos y cipreses
Los días en los que el simún todo lo dora,
las golondrinas se arraciman en los rosales
y las espinas lastiman los sexos reacios al glaciar
Y cuando en el crepúsculo sitia los cuerpos la agonía,
las piedras se rajan en ofrenda al dios del lugar,
y el aire se transmuta en aceite
y en azote bello la brisa
y en ladrón de palabras el mistral
Tolvaneras y vórtices de niebla
previenen al chacal de no comer carroña humana,
y el mar que se aleja acarrea las huellas y las obras,
los tesoros y los honores, el sudor y la sangre
Al caer la noche los eremitas salen de las cavernas
y se engalana la cabeza con tocados de aulaga y zarzamora,
y con barro y orina se ungen los estigmas
y los dan a lamer a cabras y leones
Luego encienden hogueras y alimentan las llamas
con los frisos que en la memoria los moribundos se han pintado
A media noche rodean las tumbas,
las cubren con hojas de menta y ramillas de hinojo
y hacen sonar los cuernos largamente
Si a esas horas uno observa las grandes rocas de la planicie,
termina vislumbrando manchas que fueron trampantojos
de sombras de paloma y de mochuelo,
indescifrables decorados de las tragedias
que el fuego declamó tras la catástrofe
(Poemas del fin de un mundo)
Qué esconde el corazón del diamante?
Acaso el sol de las noches prehumanas?
El resplandor del cieno arreal de los átomos?
La desmemoria de los cielos purpúreos?
Cierro el libro de las preguntas y miro tus ojos,
los escribo en los míos, me regalo su brillo
Veo y bebo las làgrimas acuarteladas
Lamo rosas de sal en tus ojeras,
el negro azucar de tus pupilas eclipsadas
La nieve del drama gotea sangre sobre tus cejas
Tu rostro manchado respira hacia las sombras,
hacia el abismo que te rescata de la sima
de las horas infectas, de los días sin besos
No hay ratas en ese palacio abandonado
Sumergido en la noche de la noche,
como una catedral cubierta por un mar sin olas,
muestra sus ingrávidas piedras
y abre los pórticos heridos por las balas
Entra y lee la danza del polvo que los vitrales colorean
y ensucia las paredes con poemas infernales
Si el fuego arraiga en las reliquias, verás la nube negra
y las fulgentes lanzas que la horadan,
la blanca lluvia de la fe, la ocre neblina de los ábsides,
el atardecer de las criptas donde los lobos se aparean
Veras tu rostro en otro rostro y tus ojos en otros ojos,
zafiros engarzados en el vacío de la roca,
latidos de luz revelada en el zaguán del sueño,
allí donde cada respuesta rezuma interrogantes,
allí donde cada pregunta cosecha diamantes
(Poemas del fin de un mundo)
No moran almas en los preludios del desierto
—osamentas de pedernal, vergeles muertos—
donde el azul de la noche es negro como el azul
de un cielo que refulge en las honduras
Los bosques de ceniza se acapullan en las flores de lava
Su estallido de pétalos proclama que el fuego es el alma del mundo
y el malbien del impulso
La flacidez de sus estambres asevera que es en la luz sin ser
donde el relámpago se transfigura en fósil sepultado
Su polen dorado revela que el ruido y la putrefacción
son victorias del viento,
cuyo canto de aire arrastra la belleza del humo
junto a una copia del universo, tosca y grosera
como un rostro de roca tallado sin modelo
No, las almas no moran en los preludios del erial
—peñascal de los cráneos, jardín de abrasivos tizones—
donde el destello del cristal es negro como el negro
esplendor de un diamante encarcelado
(Poemas del fin de un mundo)
Te supliqué que armaras un mosaico de espacios
en el abrupto espejo de mi frente,
y tú trazaste garabatos de tiempo
sobre la seda del monte de Venus
Me pediste que amara las sombras de tu ausencia
en el hueco incoloro del frío, de la luz vencida,
y yo me abrasé en el mapa de un ópalo
y en la espuma de un mar de magma
Te imploré que amarraras mis manos malheridas
en los pechos translúcidos del cuerpo de sal
y tú rasgaste el resplandor del latido del agua
besando la flor negra y su néctar purpúreo
Me rogaste que derramara leche de higo
en el ombligo de la rosa del lecho
y yo perdí los pétalos del laberinto
y me perdí en la noche de un bosque muerto
(Poemas del fin de un mundo)
te asombra el encuentro de sombras
dentro de la tiniebla de tu sueño risueño
niebla de ensueño masturba los cuerpos
gritan más turba más turba en los cuernos
sepultados bajo el rosal de la sorpresa
la sal la fresa en la celda del siervo
encarcelado por ciervo asesino
acecinó la rosa carne de la Rosa la prostituta
sin dueño que bebía cicuta amorosa en lechos
de calle calla y deja que hablen sus pechos
de derechos y golpes de suerte que a la muerte
reducen y al barquero seducen con flechas de acero
del gran arquero que estatuas de cera
lacera con púas de abeja la vieja insecta
libando búas infectas en las malheridas
carnes florales de la mal querida del bando
sin bandera ni cabellera de hojas y pétalos
tallo que asoma por la llera de chinas rojas
maroma crótalo que talo sin siquiera rozar
las aguamarinas del mar de sangre sin arterias
ni materia prima del martirio de un zar
sin rusias ni satirio al que atormentar muy despacio
en los hoyos marmóreos de un palacio de invierno
un infierno octubral son el mal las hormigas
en las pútridas ramas de los móreos
no hay escamas de acero que defiendan la cama
de la zarina aunque harina es de otro costal
las mujeres descalzas fabrican con prisas compresas
con hábitos de monja real Madrid bien vale una misa
oficiada por Artemisa la cazadora de almas
pudrid al monarca ochentón al putrefacto odre de ajenjo
cazador de elefantes gritará en el sermón
mientras sin arte encaja los bolillos la carca
priora que odia al Cabezón que tañió el órgano
pensando en el pezón de una infanta difunta
que disfrazada de Atalanta
se bañó en una lágrima de una presunta Diana
que no era otra que la Rosa
la mártir del amargo odio cerval
la rabiza que mascaba artemisia
y se embriagaba con agua de mar
en verdad que da grima pensar en el ciervo asesino
y en su cuerno de cuervos se posaron dos leonados
tras oler la carroña de un buitre asaetado
rellena de larvas de oro que la comen a besos
imperiales abscesos que al goloso gusano engordan
lombrices en el ano real qué suceso en las cavas del castillo
el sucesor afila la áurea hoz martillo en mano
sube al trono de pronto suenan los trenos
el dolor de las lavanderas el olor de lavanda
la nueva era ya anda fulgor de guirnaldas de estrellas
toca la banda una bella canción La destronización
mal que bien ecos y truenos la propagan
mas la buenanueva se troca en buenamala
y una corona va en busca de una testa
la del nuevo guardián de la sala del solio
chirona de oro donde mora solo
como el sol detenido y ciego apesta
y sólo está por chismes palaciegos
el descontento acaricia las calles
los valles rugen cercenad el ego imperial
que todo el fuego arda en los laureles
mas el juego no se detiene a los videntes
les echan los lebreles a los profetas
espinas de gabarda en la escudilla
y a los augures les cosen el vientre
con dientes de escorpina ebrio de horror
grita el sayón queridito adivino
el súbdito decente no opina ni mira de frente
corre el vino en el salón de damasco
y en las llanuras de extramuros la sangre
y el asco el casco del soldado desconocido
asoma por los Campos de Marte honor y muerte
el arte de los dados anda perdido entre dardos y picas
la suerte está echada no duerme el ladrón ni la mosca
la adamascada espiga de larvas se sacude las alas
hojas de ortiga retales de broncínea piel
carbúnculos licuados hiel grumos ígneos vómitos
humo velo de hedor heces en las cartas de amor
manos azules peces de amarillo veneno
el carro de heno del mundo nauseabundo retablo
mosaico del pasado mosaico del presente mosaico del futuro
(Poemas del fin de un mundo)
El encuentro con mi sombra es un sueño recurrente
Oriol Espinal, Periferias
Y caí como un cuerpo muerto que cae desde un balcón,
como un alma de alas plúmbeas, picoteado por las pulgas,
zarandeado por la osamenta intermitente del viento
Los matorrales del abismo barrían mis aullidos:
teselas de un mosaico de inaudida estridencia
que los buitres dañaban con cantos espirales
Caí sin saber cómo, caí sin desear saber
si quien había empujado el bulto que me encierra
eran mis manos o las del otro que mora en ellas
Caí y sigo cayendo, y en lo alto que se aleja
veo un domo de dedos desmembrados,
y desplazándose hacia el polvo, un festón de cenizas
colgado en una tapia de escoria y humo
Esta caída esclava me arrastra a un suelo incierto,
de espesa blancura interpuesta entre el ruido del roce
y el silencio de una nada que nada ofrece
La libertad es la inmovilidad del monje
sentado frente al muro del vacío completo
Pude leerlo en la constelación de garabatos
que los maestros antiguos anotaron en las nubes
Mas yo me vendí al vértigo y a su vorágine,
al veneno del vino y a la brisa en el rostro
De lo contrario, no sería preciso lograr treguas
describiendo el error del poeta en volutas de voz
o escribiendo arabescos de palabras proféticas
en la lengua arcillosa de los mónstruos del sueño
La derrota de la caída
otorga el premio del dolor
Lo cantaban los pájaros en los anfiteatros de una luna menguante,
antes de hacer el nido con las canas de un ángel vegetal
y durante mi nacimiento, entre rosas de cloroformo
y toboganes de morfina Mi encuentro con la luz
se produjo entre chácharas y hedor de fumadero
El mundo que me tocó en suerte me abrió los subterráneos
donde pude admirar el helecho del fuego y el caviar de una fuga,
el vapor de los sueños y el fulgor de un abrazo
Allí, mis ojos se llenaron de miradas sagradas,
de la tristeza de los siglos nublados,
de la tragedia que exhudan las máscaras
Descubrí que los santos de madera extrañaban sus pedestales,
que la onda expansiva de su rota aureola desgarraba
el aire turbio de los dormitorios del drama
Descubrí que en la cripta de las camas
el polvo sepultaba estampas de una Roma negra,
que en las hornacinas que ocultaban los armarios
las rosas de las cartas eran alas de mariposa
y el barranco de las tinieblas avivaba el deseo de saltar
No a un pozo lóbrego ni a una alberca enlodada,
saturada de ranas y larvas de libélula
Saltar equivalía a explorar territorios ajenos a la tierra,
a despeñarse entre palabras que nada designan,
a desplomarse entre seres y objetos innombrables
Desde que puse los pies sobre el abismo
el encuentro con mi sombra ha sido un sueño recurrente
Nel mezzo del cammin di nostra vita mi ritrovai per una selva oscura , ché la diritta via era smarrita. 3 Ahi quanto a dir qual era è cosa dura esta selva selvaggia e aspra e forte che nel pensier rinova la paura! 6 Tant’è amara che poco è più morte; ma per trattar del ben ch’i’ vi trovai, dirò de l’altre cose ch’i’ v’ ho scorte. 9 Io non so ben ridir com’i’ v’intrai, tant’era pien di sonno a quel punto che la verace via abbandonai. 12 Ma poi ch’i’ fui al piè d’un colle giunto, là dove terminava quella valle che m’avea di paura il cor compunto, 15 guardai in alto e vidi le sue spalle vestite già de’ raggi del pianeta che mena dritto altrui per ogne calle. 18 Allor fu la paura un poco queta, che nel lago del cor m’era durata la notte ch’i’ passai con tanta pieta. 21 E come quei che con lena affannata, uscito fuor del pelago a la riva, si volge a l’acqua perigliosa e guata, 24 così l’animo mio, ch’ancor fuggiva, si volse a retro a rimirar lo passo che non lasciò già mai persona viva. 27 Poi ch’èi posato un poco il corpo lasso, ripresi via per la piaggia diserta, sì che ’l piè fermo sempre era ’l più basso. 30 Ed ecco, quasi al cominciar de l'erta, una lonza leggera e presta molto, che di pel macolato era coverta; 33 e non mi si partia dinanzi al volto, anzi ’mpediva tanto il mio cammino, ch’i’ fui per ritornar più volte vòlto. 36 Temp’era dal principio del mattino, e ’l sol montava ’n sù con quelle stelle ch’eran con lui quando l’amor divino 39 mosse di prima quelle cose belle; sì ch’a bene sperar m’era cagione di quella fiera a la gaetta pelle 42 l’ora del tempo e la dolce stagione; ma non sì che paura non mi desse la vista che m'apparve d'un leone. 45 Questi parea che contra me venisse con la test’alta e con rabbiosa fame, sì che parea che l’aere ne tremesse. 48 Ed una lupa, che di tutte brame sembiava carca ne la sua magrezza, e molte genti fé già viver grame, 51 questa mi porse tanto di gravezza con la paura ch’uscia di sua vista, ch’io perdei la speranza de l’altezza. 54 E qual è quei che volontieri acquista, e giugne ’l tempo che perder lo face, che ’n tutti suoi pensier piange e s’attrista; 57 tal mi fece la bestia sanza pace, che, venendomi ’ncontro, a poco a poco mi ripigneva là dove ’l sol tace. 60 Mentre ch’i’ rovinava in basso loco, dinanzi a li occhi mi si fu offerto chi per lungo silenzio parea fioco. 63 Quando vidi costui nel gran diserto, "Miserere di me", gridai a lui, "qual che tu sii, od ombra od omo certo!". 66 Rispuosemi: "Non omo, omo già fui, e li parenti miei furon lombardi, mantoani per patrïa ambedui. 69 Nacqui sub Iulio, ancor che fosse tardi, e vissi a Roma sotto ’l buono Augusto nel tempo de li dèi falsi e bugiardi. 72 Poeta fui, e cantai di quel giusto figliuol d’Anchise che venne di Troia, poi che ’l superbo Ilïón fu combusto. 75 Ma tu perché ritorni a tanta noia? perché non sali il dilettoso monte ch’è principio e cagion di tutta gioia?". 78 "Or se’ tu quel Virgilio e quella fonte che spandi di parlar sì largo fiume?", rispuos’io lui con vergognosa fronte. 81 "O de li altri poeti onore e lume, vagliami ’l lungo studio e ’l grande amore che m’ ha fatto cercar lo tuo volume. 84 Tu se’ lo mio maestro e ’l mio autore, tu se’ solo colui da cu’ io tolsi lo bello stilo che m’ ha fatto onore. 87 Vedi la bestia per cu’ io mi volsi; aiutami da lei, famoso saggio, ch’ella mi fa tremar le vene e i polsi". 90 "A te convien tenere altro vïaggio", rispuose, poi che lagrimar mi vide, "se vuo’ campar d’esto loco selvaggio; 93 ché questa bestia, per la qual tu gride, non lascia altrui passar per la sua via, ma tanto lo ’mpedisce che l’uccide; 96 e ha natura sì malvagia e ria, che mai non empie la bramosa voglia, e dopo ’l pasto ha più fame che pria. 99 Molti son li animali a cui s’ammoglia, e più saranno ancora, infin che ’l veltro verrà, che la farà morir con doglia. 102 Questi non ciberà terra né peltro, ma sapïenza, amore e virtute, e sua nazion sarà tra feltro e feltro. 105 Di quella umile Italia fia salute per cui morì la vergine Cammilla, Eurialo e Turno e Niso di ferute. 108 Questi la caccerà per ogne villa, fin che l’avrà rimessa ne lo ’nferno, là onde ’nvidia prima dipartilla. 111 Ond’io per lo tuo me’ penso e discerno che tu mi segui, e io sarò tua guida, e trarrotti di qui per loco etterno; 114 ove udirai le disperate strida, vedrai li antichi spiriti dolenti, ch’a la seconda morte ciascun grida; 117 e vederai color che son contenti nel foco, perché speran di venire quando che sia a le beate genti. 120 A le quai poi se tu vorrai salire, anima fia a ciò più di me degna: con lei ti lascerò nel mio partire; 123 ché quello imperador che là sù regna, perch’i’ fu’ ribellante a la sua legge, non vuol che ’n sua città per me si vegna. 126 In tutte parti impera e quivi regge; quivi è la sua città e l’alto seggio: oh felice colui cu’ ivi elegge!". 129 E io a lui: "Poeta, io ti richeggio per quello Dio che tu non conoscesti, acciò ch’io fugga questo male e peggio, 132 che tu mi meni là dov’or dicesti, sì ch’io veggia la porta di san Pietro e color cui tu fai cotanto mesti". 135 Allor si mosse, e io li tenni dietro. Lo giorno se n’andava, e l’aere bruno toglieva li animai che sono in terra da le fatiche loro; e io sol uno 3 m’apparecchiava a sostener la guerra sì del cammino e sì de la pietate, che ritrarrà la mente che non erra. 6 O muse, o alto ingegno, or m’aiutate; o mente che scrivesti ciò ch’io vidi, qui si parrà la tua nobilitate. 9 Io cominciai: "Poeta che mi guidi, guarda la mia virtù s’ell’è possente, prima ch’a l’alto passo tu mi fidi. 12 Tu dici che di Silvïo il parente, corruttibile ancora, ad immortale secolo andò, e fu sensibilmente. 15 Però, se l’avversario d’ogne male cortese i fu, pensando l’alto effetto ch’uscir dovea di lui, e ’l chi e ’l quale 18 non pare indegno ad omo d’intelletto; ch’e’ fu de l’alma Roma e di suo impero ne l’empireo ciel per padre eletto: 21 la quale e ’l quale, a voler dir lo vero, fu stabilita per lo loco santo u’ siede il successor del maggior Piero. 24 Per quest’andata onde li dai tu vanto, intese cose che furon cagione di sua vittoria e del papale ammanto. 27 Andovvi poi lo Vas d’elezïone, per recarne conforto a quella fede ch’è principio a la via di salvazione. 30 Ma io, perché venirvi? o chi ’l concede? Io non Enëa, io non Paulo sono; me degno a ciò né io né altri ’l crede. 33 Per che, se del venire io m’abbandono, temo che la venuta non sia folle. Se’ savio; intendi me’ ch’i’ non ragiono". 36 E qual è quei che disvuol ciò che volle e per novi pensier cangia proposta, sì che dal cominciar tutto si tolle, 39 tal mi fec’ïo ’n quella oscura costa, perché, pensando, consumai la ’mpresa che fu nel cominciar cotanto tosta. 42 "S’i’ ho ben la parola tua intesa", rispuose del magnanimo quell’ombra, "l’anima tua è da viltade offesa; 45 la qual molte fïate l’omo ingombra sì che d’onrata impresa lo rivolve, come falso veder bestia quand’ombra. 48 Da questa tema acciò che tu ti solve, dirotti perch’io venni e quel ch’io ’ntesi nel primo punto che di te mi dolve. 51 Io era tra color che son sospesi, e donna mi chiamò beata e bella, tal che di comandare io la richiesi. 54 Lucevan li occhi suoi più che la stella; e cominciommi a dir soave e piana, con angelica voce, in sua favella: 57 "O anima cortese mantoana, di cui la fama ancor nel mondo dura, e durerà quanto ’l mondo lontana, 60 l’amico mio, e non de la ventura, ne la diserta piaggia è impedito sì nel cammin, che vòlt’è per paura; 63 e temo che non sia già sì smarrito, ch’io mi sia tardi al soccorso levata, per quel ch’i’ ho di lui nel cielo udito. 66 Or movi, e con la tua parola ornata e con ciò c’ ha mestieri al suo campare, l’aiuta sì ch’i’ ne sia consolata. 69 I’ son Beatrice che ti faccio andare; vegno del loco ove tornar disio; amor mi mosse, che mi fa parlare. 72 Quando sarò dinanzi al segnor mio, di te mi loderò sovente a lui". Tacette allora, e poi comincia’ io: 75 "O donna di virtù sola per cui l’umana spezie eccede ogne contento di quel ciel c’ ha minor li cerchi sui, 78 tanto m’aggrada il tuo comandamento, che l’ubidir, se già fosse, m’è tardi; più non t’è uo’ ch’aprirmi il tuo talento. 81 Ma dimmi la cagion che non ti guardi de lo scender qua giuso in questo centro de l’ampio loco ove tornar tu ardi". 84 "Da che tu vuo’ saver cotanto a dentro, dirotti brievemente", mi rispuose, "perch’i’ non temo di venir qua entro. 87 Temer si dee di sole quelle cose c' hanno potenza di fare altrui male; de l'altre no, ché non son paurose. 90 I’ son fatta da Dio, sua mercé, tale, che la vostra miseria non mi tange, né fiamma d’esto ’ncendio non m’assale. 93 Donna è gentil nel ciel che si compiange di questo 'mpedimento ov'io ti mando, sì che duro giudicio là sù frange. 96 Questa chiese Lucia in suo dimando e disse: - Or ha bisogno il tuo fedele di te, e io a te lo raccomando -. 99 Lucia, nimica di ciascun crudele, si mosse, e venne al loco dov’i’ era, che mi sedea con l’antica Rachele. 102 Disse: - Beatrice, loda di Dio vera, ché non soccorri quei che t’amò tanto, ch’uscì per te de la volgare schiera? 105 Non odi tu la pieta del suo pianto, non vedi tu la morte che ’l combatte su la fiumana ove ’l mar non ha vanto? -. 108 Al mondo non fur mai persone ratte a far lor pro o a fuggir lor danno, com’io, dopo cotai parole fatte, 111 venni qua giù del mio beato scanno, fidandomi del tuo parlare onesto, ch’onora te e quei ch’udito l’ hanno". 114 Poscia che m’ebbe ragionato questo, li occhi lucenti lagrimando volse, per che mi fece del venir più presto. 117 E venni a te così com’ella volse: d’inanzi a quella fiera ti levai che del bel monte il corto andar ti tolse. 120 Dunque: che è perché, perché restai, perché tanta viltà nel core allette, perché ardire e franchezza non hai, 123 poscia che tai tre donne benedette curan di te ne la corte del cielo, e ’l mio parlar tanto ben ti promette?". 126 Quali fioretti dal notturno gelo chinati e chiusi, poi che ’l sol li ’mbianca, si drizzan tutti aperti in loro stelo, 129 tal mi fec’io di mia virtude stanca, e tanto buono ardire al cor mi corse, ch’i’ cominciai come persona franca: 132 "Oh pietosa colei che mi soccorse! e te cortese ch’ubidisti tosto a le vere parole che ti porse! 135 Tu m’ hai con disiderio il cor disposto sì al venir con le parole tue, ch’i’ son tornato nel primo proposto. 138 Or va, ch’un sol volere è d’ambedue: tu duca, tu segnore e tu maestro". Così li dissi; e poi che mosso fue, 141 intrai per lo cammino alto e silvestro. ’Per me si va ne la città dolente, per me si va ne l'etterno dolore, per me si va tra la perduta gente. 3 Giustizia mosse il mio alto fattore; fecemi la divina podestate, la somma sapïenza e ’l primo amore. 6 Dinanzi a me non fuor cose create se non etterne, e io etterna duro. Lasciate ogne speranza, voi ch’intrate’. 9 Queste parole di colore oscuro vid’ïo scritte al sommo d’una porta; per ch’io: "Maestro, il senso lor m’è duro". 12 Ed elli a me, come persona accorta: "Qui si convien lasciare ogne sospetto; ogne viltà convien che qui sia morta. 15 Noi siam venuti al loco ov’i’ t’ ho detto che tu vedrai le genti dolorose c’ hanno perduto il ben de l’intelletto". 18 E poi che la sua mano a la mia puose con lieto volto, ond’io mi confortai, mi mise dentro a le segrete cose. 21 Quivi sospiri, pianti e alti guai risonavan per l’aere sanza stelle, per ch’io al cominciar ne lagrimai. 24 Diverse lingue, orribili favelle, parole di dolore, accenti d’ira, voci alte e fioche, e suon di man con elle 27 facevano un tumulto, il qual s’aggira sempre in quell’aura sanza tempo tinta, come la rena quando turbo spira. 30 E io ch’avea d’error la testa cinta, dissi: "Maestro, che è quel ch’i’ odo? e che gent’è che par nel duol sì vinta?". 33 Ed elli a me: "Questo misero modo tegnon l’anime triste di coloro che visser sanza ’nfamia e sanza lodo. 36 Mischiate sono a quel cattivo coro de li angeli che non furon ribelli né fur fedeli a Dio, ma per sé fuoro. 39 Caccianli i ciel per non esser men belli, né lo profondo inferno li riceve, ch’alcuna gloria i rei avrebber d’elli". 42 E io: "Maestro, che è tanto greve a lor che lamentar li fa sì forte?". Rispuose: "Dicerolti molto breve. 45 Questi non hanno speranza di morte, e la lor cieca vita è tanto bassa, che ’nvidïosi son d’ogne altra sorte. 48 Fama di loro il mondo esser non lassa; misericordia e giustizia li sdegna: non ragioniam di lor, ma guarda e passa". 51 E io, che riguardai, vidi una ’nsegna che girando correva tanto ratta, che d’ogne posa mi parea indegna; 54 e dietro le venìa sì lunga tratta di gente, ch’i’ non averei creduto che morte tanta n’avesse disfatta. 57 Poscia ch’io v’ebbi alcun riconosciuto, vidi e conobbi l’ombra di colui che fece per viltade il gran rifiuto. 60 Incontanente intesi e certo fui che questa era la setta d’i cattivi, a Dio spiacenti e a’ nemici sui. 63 Questi sciaurati, che mai non fur vivi, erano ignudi e stimolati molto da mosconi e da vespe ch’eran ivi. 66 Elle rigavan lor di sangue il volto, che, mischiato di lagrime, a’ lor piedi da fastidiosi vermi era ricolto. 69 E poi ch’a riguardar oltre mi diedi, vidi genti a la riva d’un gran fiume; per ch’io dissi: "Maestro, or mi concedi 72 ch’i’ sappia quali sono, e qual costume le fa di trapassar parer sì pronte, com’i’ discerno per lo fioco lume". 75 Ed elli a me: "Le cose ti fier conte quando noi fermerem li nostri passi su la trista riviera d’Acheronte". 78 Allor con li occhi vergognosi e bassi, temendo no ’l mio dir li fosse grave, infino al fiume del parlar mi trassi. 81 Ed ecco verso noi venir per nave un vecchio, bianco per antico pelo, gridando: "Guai a voi, anime prave! 84 Non isperate mai veder lo cielo: i’ vegno per menarvi a l’altra riva ne le tenebre etterne, in caldo e ’n gelo. 87 E tu che se’ costì, anima viva, pàrtiti da cotesti che son morti". Ma poi che vide ch’io non mi partiva, 90 disse: "Per altra via, per altri porti verrai a piaggia, non qui, per passare: più lieve legno convien che ti porti". 93 E ’l duca lui: "Caron, non ti crucciare: vuolsi così colà dove si puote ciò che si vuole, e più non dimandare". 96 Quinci fuor quete le lanose gote al nocchier de la livida palude, che ’ntorno a li occhi avea di fiamme rote. 99 Ma quell’anime, ch’eran lasse e nude, cangiar colore e dibattero i denti, ratto che ’nteser le parole crude. 102 Bestemmiavano Dio e lor parenti, l’umana spezie e ’l loco e ’l tempo e ’l seme di lor semenza e di lor nascimenti. 105 Poi si ritrasser tutte quante insieme, forte piangendo, a la riva malvagia ch’attende ciascun uom che Dio non teme. 108 Caron dimonio, con occhi di bragia loro accennando, tutte le raccoglie; batte col remo qualunque s'adagia. 111 Come d’autunno si levan le foglie l’una appresso de l’altra, fin che ’l ramo vede a la terra tutte le sue spoglie, 114 similemente il mal seme d’Adamo gittansi di quel lito ad una ad una, per cenni come augel per suo richiamo. 117 Così sen vanno su per l’onda bruna, e avanti che sien di là discese, anche di qua nuova schiera s’auna. 120 "Figliuol mio", disse 'l maestro cortese, "quelli che muoion ne l'ira di Dio tutti convegnon qui d'ogne paese; 123 e pronti sono a trapassar lo rio, ché la divina giustizia li sprona, sì che la tema si volve in disio. 126 Quinci non passa mai anima buona; e però, se Caron di te si lagna, ben puoi sapere omai che ’l suo dir suona". 129 Finito questo, la buia campagna tremò sì forte, che de lo spavento la mente di sudore ancor mi bagna. 132 La terra lagrimosa diede vento, che balenò una luce vermiglia la qual mi vinse ciascun sentimento; 135 e caddi come l’uom cui sonno piglia. Ruppemi l’alto sonno ne la testa un greve truono, sì ch’io mi riscossi come persona ch’è per forza desta; 3 e l’occhio riposato intorno mossi, dritto levato, e fiso riguardai per conoscer lo loco dov’io fossi. 6 Vero è che ’n su la proda mi trovai de la valle d’abisso dolorosa che ’ntrono accoglie d’infiniti guai. 9 Oscura e profonda era e nebulosa tanto che, per ficcar lo viso a fondo, io non vi discernea alcuna cosa. 12 "Or discendiam qua giù nel cieco mondo", cominciò il poeta tutto smorto. "Io sarò primo, e tu sarai secondo". 15 E io, che del color mi fui accorto, dissi: "Come verrò, se tu paventi che suoli al mio dubbiare esser conforto?". 18 Ed elli a me: "L’angoscia de le genti che son qua giù, nel viso mi dipigne quella pietà che tu per tema senti. 21 Andiam, ché la via lunga ne sospigne". Così si mise e così mi fé intrare nel primo cerchio che l’abisso cigne. 24 Quivi, secondo che per ascoltare, non avea pianto mai che di sospiri che l’aura etterna facevan tremare; 27 ciò avvenia di duol sanza martìri, ch’avean le turbe, ch’eran molte e grandi, d’infanti e di femmine e di viri. 30 Lo buon maestro a me: "Tu non dimandi che spiriti son questi che tu vedi? Or vo’ che sappi, innanzi che più andi, 33 ch’ei non peccaro; e s’elli hanno mercedi, non basta, perché non ebber battesmo, ch’è porta de la fede che tu credi; 36 e s’e’ furon dinanzi al cristianesmo, non adorar debitamente a Dio: e di questi cotai son io medesmo. 39 Per tai difetti, non per altro rio, semo perduti, e sol di tanto offesi che sanza speme vivemo in disio". 42 Gran duol mi prese al cor quando lo ’ntesi, però che gente di molto valore conobbi che ’n quel limbo eran sospesi. 45 "Dimmi, maestro mio, dimmi, segnore", comincia’ io per volere esser certo di quella fede che vince ogne errore: 48 "uscicci mai alcuno, o per suo merto o per altrui, che poi fosse beato?". E quei che ’ntese il mio parlar coverto, 51 rispuose: "Io era nuovo in questo stato, quando ci vidi venire un possente, con segno di vittoria coronato. 54 Trasseci l’ombra del primo parente, d’Abèl suo figlio e quella di Noè, di Moïsè legista e ubidente; 57 Abraàm patrïarca e Davìd re, Israèl con lo padre e co’ suoi nati e con Rachele, per cui tanto fé, 60 e altri molti, e feceli beati. E vo’ che sappi che, dinanzi ad essi, spiriti umani non eran salvati". 63 Non lasciavam l’andar perch’ei dicessi, ma passavam la selva tuttavia, la selva, dico, di spiriti spessi. 66 Non era lunga ancor la nostra via di qua dal sonno, quand’io vidi un foco ch’emisperio di tenebre vincia. 69 Di lungi n’eravamo ancora un poco, ma non sì ch’io non discernessi in parte ch’orrevol gente possedea quel loco. 72 "O tu ch’onori scïenzïa e arte, questi chi son c’ hanno cotanta onranza, che dal modo de li altri li diparte?". 75 E quelli a me: "L’onrata nominanza che di lor suona sù ne la tua vita, grazïa acquista in ciel che sì li avanza". 78 Intanto voce fu per me udita: "Onorate l’altissimo poeta; l’ombra sua torna, ch’era dipartita". 81 Poi che la voce fu restata e queta, vidi quattro grand’ombre a noi venire: sembianz’avevan né trista né lieta. 84 Lo buon maestro cominciò a dire: "Mira colui con quella spada in mano, che vien dinanzi ai tre sì come sire: 87 quelli è Omero poeta sovrano; l’altro è Orazio satiro che vene; Ovidio è ’l terzo, e l’ultimo Lucano. 90 Però che ciascun meco si convene nel nome che sonò la voce sola, fannomi onore, e di ciò fanno bene". 93 Così vid’i’ adunar la bella scola di quel segnor de l’altissimo canto che sovra li altri com’aquila vola. 96 Da ch’ebber ragionato insieme alquanto, volsersi a me con salutevol cenno, e ’l mio maestro sorrise di tanto; 99 e più d’onore ancora assai mi fenno, ch’e’ sì mi fecer de la loro schiera, sì ch’io fui sesto tra cotanto senno. 102 Così andammo infino a la lumera, parlando cose che ’l tacere è bello, sì com’era ’l parlar colà dov’era. 105 Venimmo al piè d’un nobile castello, sette volte cerchiato d’alte mura, difeso intorno d’un bel fiumicello. 108 Questo passammo come terra dura; per sette porte intrai con questi savi: giugnemmo in prato di fresca verdura. 111 Genti v’eran con occhi tardi e gravi, di grande autorità ne’ lor sembianti: parlavan rado, con voci soavi. 114 Traemmoci così da l’un de’ canti, in loco aperto, luminoso e alto, sì che veder si potien tutti quanti. 117 Colà diritto, sovra ’l verde smalto, mi fuor mostrati li spiriti magni, che del vedere in me stesso m’essalto. 120 I’ vidi Eletra con molti compagni, tra ’ quai conobbi Ettòr ed Enea, Cesare armato con li occhi grifagni. 123 Vidi Cammilla e la Pantasilea; da l’altra parte vidi ’l re Latino che con Lavina sua figlia sedea. 126 Vidi quel Bruto che cacciò Tarquino, Lucrezia, Iulia, Marzïa e Corniglia; e solo, in parte, vidi ’l Saladino. 129 Poi ch’innalzai un poco più le ciglia, vidi ’l maestro di color che sanno seder tra filosofica famiglia. 132 Tutti lo miran, tutti onor li fanno: quivi vid’ïo Socrate e Platone, che ’nnanzi a li altri più presso li stanno; 135 Democrito che ’l mondo a caso pone, Dïogenès, Anassagora e Tale, Empedoclès, Eraclito e Zenone; 138 e vidi il buono accoglitor del quale, Dïascoride dico; e vidi Orfeo, Tulïo e Lino e Seneca morale; 141 Euclide geomètra e Tolomeo, Ipocràte, Avicenna e Galïeno, Averoìs che ’l gran comento feo. 144 Io non posso ritrar di tutti a pieno, però che sì mi caccia il lungo tema, che molte volte al fatto il dir vien meno. 147 La sesta compagnia in due si scema: per altra via mi mena il savio duca, fuor de la queta, ne l’aura che trema. 150 E vegno in parte ove non è che luca. Così discesi del cerchio primaio giù nel secondo, che men loco cinghia e tanto più dolor, che punge a guaio. 3 Stavvi Minòs orribilmente, e ringhia: essamina le colpe ne l’intrata; giudica e manda secondo ch’avvinghia. 6 Dico che quando l’anima mal nata li vien dinanzi, tutta si confessa; e quel conoscitor de le peccata 9 vede qual loco d’inferno è da essa; cignesi con la coda tante volte quantunque gradi vuol che giù sia messa. 12 Sempre dinanzi a lui ne stanno molte: vanno a vicenda ciascuna al giudizio, dicono e odono e poi son giù volte. 15 "O tu che vieni al doloroso ospizio", disse Minòs a me quando mi vide, lasciando l’atto di cotanto offizio, 18 "guarda com’entri e di cui tu ti fide; non t’inganni l’ampiezza de l’intrare!". E ’l duca mio a lui: "Perché pur gride? 21 Non impedir lo suo fatale andare: vuolsi così colà dove si puote ciò che si vuole, e più non dimandare". 24 Or incomincian le dolenti note a farmisi sentire; or son venuto là dove molto pianto mi percuote. 27 Io venni in loco d’ogne luce muto, che mugghia come fa mar per tempesta, se da contrari venti è combattuto. 30 La bufera infernal, che mai non resta, mena li spirti con la sua rapina; voltando e percotendo li molesta. 33 Quando giungon davanti a la ruina, quivi le strida, il compianto, il lamento; bestemmian quivi la virtù divina. 36 Intesi ch’a così fatto tormento enno dannati i peccator carnali, che la ragion sommettono al talento. 39 E come li stornei ne portan l’ali nel freddo tempo, a schiera larga e piena, così quel fiato li spiriti mali 42 di qua, di là, di giù, di sù li mena; nulla speranza li conforta mai, non che di posa, ma di minor pena. 45 E come i gru van cantando lor lai, faccendo in aere di sé lunga riga, così vid’io venir, traendo guai, 48 ombre portate da la detta briga; per ch’i’ dissi: "Maestro, chi son quelle genti che l’aura nera sì gastiga?". 51 "La prima di color di cui novelle tu vuo' saper", mi disse quelli allotta, "fu imperadrice di molte favelle. 54 A vizio di lussuria fu sì rotta, che libito fé licito in sua legge, per tòrre il biasmo in che era condotta. 57 Ell’è Semiramìs, di cui si legge che succedette a Nino e fu sua sposa: tenne la terra che ’l Soldan corregge. 60 L’altra è colei che s’ancise amorosa, e ruppe fede al cener di Sicheo; poi è Cleopatràs lussurïosa. 63 Elena vedi, per cui tanto reo tempo si volse, e vedi ’l grande Achille, che con amore al fine combatteo. 66 Vedi Parìs, Tristano"; e più di mille ombre mostrommi e nominommi a dito, ch’amor di nostra vita dipartille. 69 Poscia ch’io ebbi ’l mio dottore udito nomar le donne antiche e ’ cavalieri, pietà mi giunse, e fui quasi smarrito. 72 I’ cominciai: "Poeta, volontieri parlerei a quei due che ’nsieme vanno, e paion sì al vento esser leggeri". 75 Ed elli a me: "Vedrai quando saranno più presso a noi; e tu allor li priega per quello amor che i mena, ed ei verranno". 78 Sì tosto come il vento a noi li piega, mossi la voce: "O anime affannate, venite a noi parlar, s’altri nol niega!". 81 Quali colombe dal disio chiamate con l’ali alzate e ferme al dolce nido vegnon per l’aere, dal voler portate; 84 cotali uscir de la schiera ov’è Dido, a noi venendo per l’aere maligno, sì forte fu l’affettüoso grido. 87 "O animal grazïoso e benigno che visitando vai per l’aere perso noi che tignemmo il mondo di sanguigno, 90 se fosse amico il re de l’universo, noi pregheremmo lui de la tua pace, poi c’ hai pietà del nostro mal perverso. 93 Di quel che udire e che parlar vi piace, noi udiremo e parleremo a voi, mentre che ’l vento, come fa, ci tace. 96 Siede la terra dove nata fui su la marina dove ’l Po discende per aver pace co’ seguaci sui. 99 Amor, ch'al cor gentil ratto s'apprende, prese costui de la bella persona che mi fu tolta; e 'l modo ancor m'offende. 102 Amor, ch’a nullo amato amar perdona, mi prese del costui piacer sì forte, che, come vedi, ancor non m’abbandona. 105 Amor condusse noi ad una morte. Caina attende chi a vita ci spense". Queste parole da lor ci fuor porte. 108 Quand’io intesi quell’anime offense, china’ il viso, e tanto il tenni basso, fin che ’l poeta mi disse: "Che pense?". 111 Quando rispuosi, cominciai: "Oh lasso, quanti dolci pensier, quanto disio menò costoro al doloroso passo!". 114 Poi mi rivolsi a loro e parla’ io, e cominciai: "Francesca, i tuoi martìri a lagrimar mi fanno tristo e pio. 117 Ma dimmi: al tempo d’i dolci sospiri, a che e come concedette amore che conosceste i dubbiosi disiri?". 120 E quella a me: "Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice ne la miseria; e ciò sa 'l tuo dottore. 123 Ma s’a conoscer la prima radice del nostro amor tu hai cotanto affetto, dirò come colui che piange e dice. 126 Noi leggiavamo un giorno per diletto di Lancialotto come amor lo strinse; soli eravamo e sanza alcun sospetto. 129 Per più fïate li occhi ci sospinse quella lettura, e scolorocci il viso; ma solo un punto fu quel che ci vinse. 132 Quando leggemmo il disïato riso esser basciato da cotanto amante, questi, che mai da me non fia diviso, 135 la bocca mi basciò tutto tremante. Galeotto fu ’l libro e chi lo scrisse: quel giorno più non vi leggemmo avante". 138 Mentre che l'uno spirto questo disse, l'altro piangëa; sì che di pietade io venni men così com’io morisse. E caddi come corpo morto cade.
Y el próximo invierno, mientras admiremos la agonía del mundo
desde el salón suntuoso de un viejo hotel vienés,
te contaré que Dios se retiró del espacio inexplorado de mi mente,
que se dio a la fuga ante el empuje del dios que yo soy
cuando expugno monasterios fronterizos,
cuando tolero que un viento sin aire arrastre a mi red
bultos informes de luz sin fotones,
sombras inasibles que insinúan brotes y eclosiones,
nubarrones erráticos que sugieren
en la misma medida que desmienten
Escribir poesía es para mí una forma de orar
No el hecho en sí de componer este a aquel poema
La escritura de la poesía —previa a todo verso
que trate de reseñar aquello que la videncia revela—
es una solución que el poema transforma en problema,
y sólo tiene lugar en la caverna del misterio que a tantos asusta y asombra,
en la percepción irreductible del vacío y del arraigo de la nada,
en el deseo de regresar al hogar de lo cotidiano
que la incertidumbre del abismo nos infunde
Adentrarse en lo no dicho, entrever su nimbo sombrío,
caminar sobre las mellas de su filo cortante,
arrancar la flor de Coleridge de su cuerpo,
son actos propios de quien embriagado por lo terrible
se afana en dar caza al alma del alma,
en sumergirse en el mar que se extiende
bajo el río de lo nunca mostrado,
en regresar al nebuloso teatro de los días
con un incomestible y extraño fruto entre las manos,
para luego entrar en letargo y digerir el regalo de la cripta,
y esculpir su dureza hasta dar forma al aroma de un pétalo,
y prensar la flor del perfume en un libro en blanco,
y balbucear, con la boca llena de arena, la palabra viento
Y de pronto despertar, y contaminar con el aliento
el aire de las ánforas rajadas, y escanciar el vino nuevo
sobre los surcos sin labrar, y cosechar el vaivén de las sílabas
que navegan sobre la lengua y emprenden el vuelo
sin mayor equipaje que un manto de memoria
y una daga que las defienda de Cerbero,
abriéndose paso entre la oscura maraña de la selva del ruido
(Poemas del fin de un mundo)
Sé que nunca me pedirás que oculte mi dolor en una nube de cantos
El dolor es un mal hermano al que podríamos matar
si no fuera porque el peor de los dioses es quien teje la seda del tiempo
¿Es él el culpable de que las armas de quien sufre
se despunten cuando el silencio se enfunda una armadura?
Aunque te duela, debes pintar una rosa blanca en tu espalda,
dar licencia a tu piel ciega para que mire mis ojos heridos,
proclamar ante el espejo que la crueldad señorea en el amor
en igual medida que en el espino de la melodía más hermosa,
esa serpiente que se adentra por las arterias del alma
dejando a su paso un reguero de astillas, cristales y clavos
El rostro de madera que has labrado en tu cara huidiza,
no te protege de los gélidos mordiscos del fuego oscuro
Debes mojar con luz y música las flores de sal
que en tus mejillas abandonaron las lágrimas,
y aceptar que los ángeles puedan causarte un daño mayor
cuanto más lejos estén de la llaga que hurgaron
Flagelar con varas de dolor el dolor que te aflige,
corrompe el aroma de los pedernales milenarios
que el mar ya había acariciado antes que tú,
enturbia los pórticos diáfanos del agua templada
que cada estío con tu agua cautiva se hermana
Deja que el sol acecine las pesadas alas del desconsuelo
y quiebra las flechas que esgrimen razones para la muerte
Yo bajaré del árbol de las sombras luminosas
y estregaré tu piel muerta en su corteza fulgurante
Donde los nebulosos horizontes ondulan labios enlazados
y las yeserías de los techos sugieren temblores y naufragios
Existe un lugar donde mi niñez refulge en los escombros de una alcoba
Sus episodios tienen la voz de la anciana que asombró al rey del mundo
Los castillos en ruinas son el mejor palacio para una agonía provechosa
Lo dijo de niña, cuando su piano le roía las uñas cargadas de mentiras
y en los negociados las mecanógrafas exigían violines y pistolas
Lo dijo años antes de que las caricias muertas cayeran hacia arriba
y colisionaran contra un cielo jamás pintado
Entre el revoltijo de nubes asomaban sonrisas quebradas,
vestigios de besos deseados, ecos sordos de requiebros sinceros,
soledades al espejo abrazadas, susurros de desvanecida ternura,
perfumes sin imán, lágrimas desengarzadas de la joya del gozo
Yo te amo por lo que él dejó de amarte, madre de mi madre
Conservo tu música paralítica en los sagrarios de Bach y Debussy
Tu genio es el mar de mi alma, mi pan de cada día
Cada mañana, al salir indemne de las justas del sueño,
te saludo desde mi cama que fue tu balsa y catafalco,
tu altar de la semilla y del retumbar de las bombas
La ligereza de tu fraseo padeció la condena injusta del plomo,
y en tus dedos malogrados nacieron zarzas y montes insalvables
Aun así, recluida en un silencio de estatuas mutiladas,
salvaste a tus vástagos, salvaste a tus vástagos
del frío que encarcela las convulsiones del arte
en un sótano donde el tacto y el oído resultan un estorbo
Sin tu sacrificio, el fulgor invisible de la música
no irrumpiría en mis aposentos desquiciando puertas
Sin tu sacrificio, yo no sería el mendigo que malgasta su limosna
observando las uvas del papel pautado,
degustando el néctar de su enigmático dialecto
Sin tu sacrificio, la luz de mis sueños sería triste, sucia, común;
la oscuridad, monótona sombra sin manchas de fósforo ni venas de oro
En tu honor romperé jarrones chinos y copas de Murano
En tu honor anticiparé el verano incendiando atriles y metrónomos
En tu honor ahogaré con vino las cuerdas herrumbrosas del piano
Sé que nunca me pedirás que escriba la música del fuego
en la vorágine de un estuario de lágrimas
(Poemas del fin de un mundo)
En un ámbito donde mis labios centenarios
representan la sonrisa que pegaste en mi lengua veinteañera,
el sabor de los susurros que lamí en tu oreja púber,
la tersura del satén que velaba tu puerta rezumante
cuando reptabas entre pieles estregadas
Lo escribo en el códice de los lechos de arcilla
y en la roca que se unge con mi sangre
Lo borro del rugido que tala los árboles
y de las nubes que apagan el sol que me erige
Lo grito bajo las bóvedas de la gruta convulsa
y en medio del viento que despeina el vellocino
Rituales postreros tras el festín melancólico
que aflora en el corazón de mi flor desvencijada
si hurgo los recodos de tu cuerpo inalterable
y no hallo la savia resinosa de antaño
ni una luna ambarina entre tus pechos
Anúdame a ti, alma negra desnuda, y constriñe mis huesos
hasta que la urna de mi voz se resquebraje
Entra, afila mi daga mellada, pídeme que te apuñale
hasta que ahoguen el espacio tus gemidos
Deja que mi éxtasis se abreve en el altar de tus olas
y arroja la luz de los bosques
en la tregua de un pozo de nada y olvido
O mirar un punto minúsculo
que desdora la blancura apabullante de un muro mayúsculo,
emblema de un falso final
que enmascara el eslabón de una cadena eterna de vórtices y expansiones
En un ámbito que sin solución de continuidad fija y destruye los límites
O tejer una corona de víboras
que rinda homenaje a la voracidad de un monstruo lacustre,
hijo de la densidad cósmica
que ceba sus entrañas con innominados bosones sin campo
En un ámbito que sin solución de continuidad fija y destruye los límites
O cantar al oído del agua negra
canciones brujescas que despiertan tormentas concéntricas,
trasunto de una inconsciente voluntad
que aleja la isla de la isla y el vilano del vilano
Y en la cara oculta del hontanar me secaré con un sudario de sal,
y ahuyentaré a los monos que defecan sobre mi rastro,
y a los pájaros que en las heces incrustan nueces de sílex y uñas de ceiba
Al anochecer me zambulliré en la aguas de la boa y del caimán
y haré añicos el firmamento abismado en el espejo,
y beberé luz de estrella y brindaré por los límites y sus regalos y mordiscos
Tal vez escriba una oda a la frontera
y al borrón que la aduanera tiene por rostro,
tal vez la recite frente a la momia de un gorila blanco
o la susurre al oído del cadáver putrefacto de Kurtz,
tal vez no la escriba y esculpa un gruñido inaudito,
tal vez invente una palabra que lo defina,
tal vez no haga nada salvo nadar en el mar de una pesadilla
y examinar, en un silencio sin ideas ni lenguaje,
el hueco brumoso donde la voz encuentra su antesala
río arriba, río arriba
canto, dando impulso a mi canoa
río arriba, río arriba
Kurtz vendrá a recibirme
río arriba, río arriba
Bajo el agua los ocasos
río arriba, río arriba
se hundirán con el no-suceder,
río arriba, río arriba
y en la fontana cazaré el murmullo
río arriba, río arriba
con redes de savia y brea
Lo estás viendo?
Justo encima de la sombra dentada del abismo,
un valiente diamante funámbulo se rie del confort del agorero
Y sobre el alambre tendido entre dos nubes,
en el límite de la vida, donde las lágrimas saben a flor del paraíso,
se hace visible el aura mineral,
la efímera divinidad que a hormigas y a ovejas exaspera
No hay centro en la cuerda floja ni cálido cobijo en la pisada libre de huella
Se aprecia en la caída acelerada un resabio del lento y plácido ascenso a los cielos
El charco expansivo de sangre muestra el ectoplasma de los helicópteros
y un cimbreo de cables desolados y millares de cabezas rajando las ventanas
El Dios que no ha muerto reside en el más acá,
arrodillado sobre un arco invertido de trenza espinosa y balsámica,
condenado a escuchar el murmullo reprobatorio del gerifalte,
de la lombriz que devora rastros intencionados,
de la soltera que ama peligrosamente a su progenitor
En su ingrávido caminar nos recuerda que también Cristo fue un funámbulo
En la ceguera de su mirar hacia adentro
nos dice que la tierra prometida no se halla en el cielo de la rayuela
ni tras la puerta que se abre ante la cruz,
que la tierra prometida es un estado apátrida
donde el condenado a explorar el alma descerraja las fronteras,
que la tierra prometida es un lecho de rosas
que oculta un lecho de brasas,
que la tierra prometida es el desconsuelo del loco
que olvidó el modo de bajar de los árboles
Aun así, es un deber prometerse a uno mismo una tierra baldía
donde dibujar alas y flechas, donde regar los cobijos de huesos
con sangre de fresa y caldo ardiente
En primavera los bosques erigirán altares y menhires,
demolerán dólmenes y fuentes, restaurarán ecos y rugidos
El mar se cubrirá de flores y los cormoranes pescarán cuentas de rosario
y un padre lejano peinará las cuerdas de una viola ausente
mientras camina sobre el filo de un adagio de Beethoven
y un torbellino de ceniza acaricia cada pájaro abatido
No sucedió en la jungla
donde la salmodia de las raíces enloquece a los intrusos,
ni en la gruta tormentosa del teatro de tu frente,
ni en el lago donde los cuervos se desangran
hasta perder la tinta de las plumas
Tal vez aconteció en la azotea de un palacio en llamas
donde los cisnes eunucos hacían del chapoteo en el asfalto
una coreografía inimitable, un psicodrama dañino, un ritual sin objeto
O es que acaso no sucedió?
Fue un sueño no soñado el camino que besaba la planta de tus pies?
La senda en el espinazo del profeta?
La vereda donde las arañas desovaron el futuro?
Aunque el capullo florezca y la flor se marchite, nada sucede
Florecer y marchitarse son uno y lo mismo,
piezas idénticas del engranaje del no-suceder
Nada ocurre en las periferias que te envuelven
ni en el concepto ilusorio de centro,
y aun así, miras por la ventana de la noche durante lustros,
aguardando que algo insospechado acontezca,
imaginando un león que rastrilla los coágulos de un dios enfermo,
imaginando una granada encendida que con su jugo
empapa las cenizas de un alma malograda,
imaginando una montaña que se raja y se derrama
sobre los bellos relicarios del consuelo
En tu mirar el tiempo tiene el color de la nieve del trópico,
y en tu sonrisa fulge la angustia de un girasol desorientado,
y las sombras que a la vista sabia se te ofrecen
se revisten con una pátina de plenilunio selvático,
de daguerrotipo ahumado,
de mural recubierto con tapices polvorientos
El mundo de las riberas que estriega tus pupilas
vive de espaldas al daño causado,
como el crótalo aletargado o el sapo del tocado del chamán
Artaud: luzbel de azul beldad
Artaud: luciérnaga de la tempestad
Artaud: lumbrera de la fealdad
Artaud: linterna de la malignidad
Artaud: antorcha de la moralidad
Artaud: almenara de la anomalidad
Artaud: incendio de la crueldad
Tu se' lo mio maestro e 'l mio autore
No me des coba, que hay muchos otros funámbulos a quienes has mirado
Alberti
Aleixandre
Apollinaire
Baudelaire
Borges
Breton
Brossa
Celan
Cernuda
Char
Eliot
Eluard
Espriu
Ferrater
Foix
Gimferrer
Hernández
Holderlin
Huidobro
Juan de la Cruz
Juan Ramón
Larrea
Lezama
Lorca
Mallarmé
Neruda
Papasseit
Paz
Pessoa
Plath
Pound
Riba
Rilke
Rimbaud
Thomas
Trakl
Ungaretti
Valente
¿Es nuestro universo el grano de un racimo infinito en eterna confrontación?
Donde hay espacio hay conflicto
y donde hay tiempo hay dolor,
y olor de herrumbre y derrumbe del color de las magnolias,
cuyos pétalos analgésicos flotan en los charcos
como barcas de Caronte a la deriva
Esas aguas hostiles me aterran,
y las muecas de la roca ulcerada,
y los susurros de los marineros perdidos
Es el miedo atractivo que al explorador alimenta
El miedo angustiante que el lugar sagrado inspira
Apesta la brisa a pólvora asesina,
y la luz mortecina esculpe en sus rostros un hórrido gesto
Llovizna de plomo en el pecho herido,
y en los escenarios sin tiempo verde, navajas y una luna desollada
Cuando caiga la noche, el gran buitre mondará los relicarios profanados,
y sobre la oscura raíz de un grito
erigirá el frío un monumento
De todo eso los cuervos se desentienden
¿Entienden que la muerte, como el nacer, es sólo una palabra,
y que la mente es un tapiz urdido con líneas de tiempo que sofistican el pasado?
Ni eso ni que la poesía es un cúmulo de hechos en floración
Definibles?
Mira las flores de este calvario de agaves,
y cómo sus sombras oscurecen la negrura de un camino de hormigas y escarabajos
Lo estoy viendo y no me disgusta
the way ants crawl in and out of their shadow
Aunque puestos a elegir, prefiero percibir
el pictograma indescifrable del mirlo y el río celeste de su canto acuoso
José Ángel Valente dejó escrito que el canto del pájaro es líquido,
y también que la palabra poética sólo se reconoce en su fluir
Un poema intraducible
¿Lo es también el oro de las minas de Rodalquilar?
Y los puños de viento que ahora nos castigan
Mira el mar de ámbar!
Mira el dorado magma del cielo!
Y el río mercurial del valle de humo y fuego
Y la mueca sardónica del suicida que envenenó su hermosura
Se proyecta en su frente el signo del ángel caído
Mientras silbaba amargas arias de amor,
la noche del ojo le mandó pegar fuego al rocío que pringaba los páramos,
y a desgarrar el velo silente del gato
que cada amanecer lentifica y acelera el tiempo
Dando la espalda al asfalto que fundó el último desierto,
condenado a residir en un limbo animal,
su sombra colgada contempló la flor del carbón y el bosque de basalto,
y el espacio inclinado de la lluvia,
y la breve paz de la feraz derrota,
y los cristales irisados del lago de orina y sal
Millares de palabras cercenadas se agarran al tifón de un sol de nieblas,
despojos verbales que los gruñidos arrojaron al perder para siempre las orejas,
preparaciones de revoltijos cerebrales
cuya belleza será desmentida por el microscopio del océano
Y esos regueros de negras pisadas,
signos derrotados, runas rotas, ¿adónde conducen?
¿Por qué no los cubre la nieve pegajosa de agosto?
Qué fermentan? Qué destilan? Qué subliman?
¿Acaso corroerán el pedestal de los brujos que los vieron,
la lengua de las estatuas que hacen ademán de declamar un primer verso?
Níveas larvas y orugas rojas engullen los cascotes del laurel de las coronas
Dafne y Dante son hoy manchas de hollín en las ruinas del infierno
Si Artaud se cruza en mi camino, le diré que un verso debe ser baba humilde,
efímera espuma de ola,
no joya largamente elaborada en el taller de los siglos
A rose will fly
When a red sun
By midnight rises.
A rose whose lips
Are bloody petals,
A rose whose fingers
Are dying thorns,
A rose whose heart
Is...
Un instante de dolor fértil en una arboleda de relámpagos
Un placer difícil que desgarra las miradas
Viento que hurga el llanto del tiempo
Tiempo que hostiga el canto del viento
Aliento del tormentoso mar hambriento
Mi sonrisa amarilla bordada en una bandera transParente
cuando un racimo de yelmos y un sagrado ♥se adueñan de los amaneceres
Hay 8 ∞s en dos almas amadas
ϒ
un sol negro •• . que mengua al caer
ϒ
una ∩ sin guardián en el páramo de un mar seco
ϒ
un ♣ impasible que embebe las lágrimas del perdedor
ϒ
una
Ω
amiga
al final del camino
Qué final?
Qué camino?
Un cisne reflejado en un bloque de niebla helada
No!
El grano pacífico que separa dos ejércitos
Debo horadar el aire durante el descenso?
Hurtar el arroz de las hormigas díscolas?
Combatir el tedio rezando inanes letanías?
Blanca palabra que al filo del alba a ti misma te dices
protégenos del filisteo
Espacio blanco, blanco vacío de espuma y mármol
protégenos del filisteo
Blanca exudación que la piedra de tu locura destila
protégenos del filisteo
Arpegio blanco enredado en las cuerdas de una arpa rota
protégenos del filisteo
Blanca pluma de ángel caído en desgracia
protégenos del filisteo
Libro blanco empapado de leche de mi madre
protégenos del filisteo
Blanca hostia de la sureña noche esquiva
protégenos del filisteo
Monte blanco de las almas perdidas
protégenos del filisteo
Blanca espalda de Afrodita, seno albino de Diana
protégenos del filisteo
Nubio blanco que das de beber a la cobra
protégenos del filisteo
Blanca vulva de la virgen que no subió a los cielos
protégenos del filisteo
Bulbo blanco que sorbiste las cenizas de mi padre
protégenos del filisteo
Blanca carne que de viejo lamí entre sábanas
protégenos del filisteo
Niño blanco de mis horripilantes pesadillas
protégenos del filisteo
Blanca savia del cuerpo de higuera en flor
protégenos del filisteo
Nicho blanco del descanso efímero
protégenos del filisteo
Blanca eternidad de la luz trenzada
protégenos del filisteo
Ruido blanco del infecto aliento del lobo
protégenos del filisteo
Blanca cueva del oso de hollín y sebo
protégenos del filisteo
Buitre blanco que mi sombra adornas con tu sombra
protégenos del filisteo
Blanca mano que a la onza de Dante apaciguas
protégenos del filisteo
Musgo blanco del pesebre de mi vientre
protégenos del filisteo
Blanca baba que ungió lenguas y mejillas
protégenos del filisteo
Vórtice blanco de los amantes en lucha
protégenos del filisteo
Blanca rosa del ramo de mis pechos
protégenos del filisteo
Altar blanco del fósil quebrado de Dios
protégenos del filisteo
Blanca selva del silencio y del vacío
protégenos del filisteo
Cisne blanco que aguas prohibidas perturbas
protégenos del filisteo
Blanca mácula en los ropajes de mi aura extinta
protégenos del filisteo
Manto blanco del muro amigable de tu cuerpo
protégenos del filisteo
Blanca flor que a la flor de adelfa envenenas
protégenos del filisteo
Destello blanco en las calles del sueño
protégenos del filisteo
Blanca sierpe dormida en mi boca
protégenos del filisteo
Pétalo blanco del sombrío jardín de mis dedos
protégenos del filisteo
Blanca tumba de los vilanos sin dueño
protégenos del filisteo
Halo blanco en las cobrizas garras del cuervo
protégenos del filisteo
Blanca penumbra donde mi ser se funde con la nada
Se contiene la nada en este verso?
El viaje de este poema, en el viaje de mi ser?
El infinito, en una mota de polvo?
Y ahora que mi nieto se disuelve
en el futuro y el silencio regresa,
caminaré, a tientas y desnudo,
mendigando a mi mente un verso-fuente
que en mis manos derrame leche tibia
Un verso-lanza que desgarre el vientre
de este blanco agonista que me mira
sin ver mis armas ni mi afán creciente
Un verso-dedo que con sangre escriba
un verso transparente donde brote
el color del aullido y de la caza
Un verso-canto sin ocaso altivo,
de cadencia auroral y orden celeste,
de armonía abisal y metro agreste,
de intención amoral y de amor vivo
Un verso-puente que una orillas muertas,
que a los dioses ancianos dé cobijo
y de azul triste tiña los adioses
Un verso-puerta en medio del desierto
de mi frente arrugada, yerma, estéril,
deseosa de negra luz del alma,
deseosa del viento que el sur calma
Un verso-hembra goteando entre mis ojos,
carceleros de un mundo inexplorable,
hostil al tigre y a su absurdo mapa,
al compás, al sextante, al catalejo,
al pan de arena y a las aguas hondas,
al eclipse de sol y a los cerezos
Un verso-espejo, enguantado en mis dedos,
que redoble la joya de mi infancia
varada en los laureles del pasado
Un verso-sueño en mi sueño engarzado,
de la escarcha del fuego liberado,
pedernal cósmico en la noche nórdica,
esperma del mal bueno y del bien vano
Un verso-antorcha que avive los versos
fosforescentes de mi muro mudo,
bandera apátrida, negro estandarte,
mina de oro, asesino de mis noches,
libro de arena sin letras ni espacios
Un verso en tierra de nadie mendigo,
una alianza entre tribus y capillas,
un tallo sin espinas, una soga,
un rayo que me ayude a descolgarme
por esta blanca sima interminable
Una mañana del año que viene, mi nieto me dijo:
los hombres con cabeza de ciervo
se comunican con cantos de sangre y cieno,
se masturban ante hierofantes ahorcados,
se adoran ante espejos de agua hedionda
y con sogas de plata se engalanan los cuernos,
y con ojos de rata se adornan las cejas,
y con lobos de lata se enjoyan los dedos
De repente, uno de los hombres con cabeza de ciervo asevera:
un poema es
un castillo zarandeado por seiscientos sesenta y seis seísmos,
dos hormigas felizmente perdidas en un mar de niebla,
tres cabezas reducidas con la última pregunta bordada en la punta de la lengua,
cuatro rayos de sol prendiendo las cenizas aventadas de mi cuerpo,
cinco bosques de eucaliptos conservados en una mina de esmeraldas,
seis faunos degollados sobre un rosal recién plantado,
siete velos que descubren una estatua de pan y mantequilla,
ocho hermanos que ríen ante el féretro de su madre,
nueve ladridos que reniegan del concepto de amo,
diez leyes divinas dictadas por un ruiseñor del averno,
once mil vergas vírgenes rodeando la iglesia de santa Úrsula,
doce apóstoles disfrazados de dioses griegos disfrazados de patriarcas de Israel
Y luego:
en la pérdida del norte se halla la salvación del mundo,
el diamante barato que arranca sonrisas a las chicas de la calle,
la putrefacción del pienso que da inexistencia al ganado,
el desierto verde que viaja montado a lomos de una ola,
el hambre solidario, la sed compartida, la mancha de aceite del frío
Y finalmente:
de
la
A
a
la
Z
media
un
multiverso
de a' a b', un ciclo infinito de redestrucciones
de 0 a 1 elevado a 9999999999999999999999999999999999999
una mota de polvo
un átomo de alma
un grano de nada
¿
a
s
c
e
n
d
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n
d
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s
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s
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n
d
o
s
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a
s
c
i
e
n
d
o
?
y la realidad es un mosaico de ascuas en tránsito,
y cada fósil pateado, un mundo inexplorado que se extingue,
y cada grito selvático, un verso malogrado disuelto en el fango
De cieno, esperma y caucho será la mortaja de tu cuerpo
Σuerte o Muerte ?
Sabré licuar, cuando llegue a niño, la mala memoria de los mares helados?
Extraer de su carne ingrávida los tumores de basalto y sílice?
Restaurar en su piel deslustrada el caleidoscopio del cielo?
Muerte o Σuerte ?
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d–
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r–
r–
o–
Z–
El imán de su mano atrae la arena que las rocas vomitaron,
la rosa de luz que azulados paraísos arrasa
sin mirar el verde fuego de la tarde rosa y malva
en cuyo cáliz ella te dio a probar el vino acerbo del alba
La respuesta se está cociendo en el huevo de una serpiente bicéfala
incubado por dunas proteicas salpicadas de pezones de arcilla
y piedras de luna
Dónde?
Dónde hallar una luz que rellene mis venas y mi sangre desplace?
Donde las olas constriñen mudas, asexuadas caracolas
Está Donde aquí, allá? Dónde está Donde?
Ni aquí ni allá
Aquí sólo hay cuerdas sin nudos
y nudos sin desenlaces
y desenlaces blanconegrogrises
Aquí no hay luna gitana, ni luna de plata, ni luna escarlata
En este ámbito la luna es el fondo de un pozo que late,
el universo donde este verso halla su eco,
el Ojo purulento de un cíclope cojo
Mártir de ti mismo: ¡disuelve tu no y engendra tu sí!
y entrégate a una insana santidad que te haga dudar de nada,
que te haga creer en los átomos de deuteronomio,
que te haga descreer de ese Dios inmaterial y vanidoso que de niño te asustaba
lianas horizontales,
h
o
r
i
z
o
n
t
e
s
verticales
todo sirve si una voz l@s explora y e x p a n d e
si disuelve los fonemas y los reemplaza con aullidos y crujidos y quejidos y
¿sí-la-bas?, sí, sí, golpes de martillo
sobre un yunque
cuántico
síncopas galopando ante cronómetros de color zanahoria
y olor de ^ala^ e n f u g a
Fulgurante ala
de lo incorpóreo,
imposible escultura
de una letra, de un signo muerto (‡),
de una sombra de ‘escorpión arrastrado por el viento
Tiene el viento que hurga el llanto la sustancia del tiempo?
De tiempo está hecho un (.), una (,)
una inhalación inodora entre carcajadas y lamentos,
de tiempo que no es flecha invisible> sino (((diana))) tejida por deshilachadas arañas
p a l a b r a s d e s e m i l l a s q u e b r o t a n h a c i a a d e n t r o y e n l a n o c h e a r r a i g a n
(surcos de blanco aire) entre (surcos de tierra ocre y sin cizaña)
leer
de
arriba
abajo
es
seguirle
el juego
al
viejo
paradigma
Este poema es un viaje
por un lugar fuera del tiempo
Sombrío no-lugar v a c í o donde la indeterminación todo lo llena,
donde un verso cualquiera abre caminos
que son todos los caminos y ninguno al mismo tiempo,
donde cada estrofa es una periferia que se expulsa a sí misma de su centro
No hay ni habrá final de camino
Cada palabra es un punto de partida sin par,
y la ausencia que separa los versos no es otro poema, es el Poema
La fijeza es siempre momentánea.
Es un equilibrio, a un tiempo precario y perfecto,
que dura lo que dura un instante
Octavio Paz, El mono gramático
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