Estancia de la soledad es un proyecto de instalación que recrea la escenografía en la cual el poeta —encarnado en la figura del espectador— emprende un itinerario que lo conduce a adentrarse en sí mismo: en su jungla, en su mar, en su caverna. Se trata de tres etapas de un tránsito iniciático —un umbral, un centro y un retablo— representado a través de tres piezas escultóricas.
Antes de adentrarnos en cada una de las piezas, conviene imaginar el recinto donde habrían de disponerse: un espacio recogido, silencioso y de luz contenida, donde el visitante pueda deambular sin prisa hasta detenerse ante la obra concebida como destino fundamental. Dicho espacio, digamos que escénico, se articula en dos ámbitos sucesivos: uno previo, que funciona como atrio, donde el poeta-espectador se enfrenta a la estructura mural Frontera entre dos noches — Puerta para un laberinto, la cual actúa como pórtico y limes y en cuyos costados se abren los accesos que conectan con el segundo ámbito. Este nuevo espacio, de planta rectangular, acoge las otras dos piezas del conjunto: en el mismo centro la escultura Ante la sequía — Un grial en espera, y al fondo una segunda pieza mural: Al pie del árbol — Un retablo-espejo.
Frontera entre dos noches — Puerta para un laberinto
Esta obra se presenta como una puerta impracticable que actúa como umbral simbólico. A diferencia de las puertas de catedral o de palacio, sus hojas no exhiben la solidez del bronce o la madera, sino la fragilidad del cristal, que recubre las ochenta celdillas que reemplazan a los típicos e imponentes cuarterones. En cada una de ellas se aloja un dedo índice dorado que señala hacia abajo. La aparente uniformidad de la repetición se quiebra con la pluralidad de nombres que acompaña a cada dedo: los de Bach y Blake, o los de Rilke y Spinoza.
Como fondo de esta estructura modular, otro dedo interviene en el juego: una huella dactilar gigante —la del propio autor— se presenta como el mapa de un laberinto —o de un cerebro— donde tiene lugar la búsqueda de lo inaudito, lo nunca dicho. Así, lo individual se conecta con un gran todo que nos recuerda que no hay identidad creadora que no nazca de una genealogía de afinidades.
En el umbral de la puerta figura inscrita la frase «Sweet birth and bitter sweat», y en el dintel, «To enter is madness. To return is death». Su lectura nos advierte que el compromiso con el arte y el conocimiento puede resultar grato, pero exige la asunción de la locura visionaria y el alejamiento de la realidad más elemental. También, que la deserción implica el regreso a las sombras cavernarias, a una forma de muerte que respira: que existe sin ser existente.
En las columnas del marco, entre las anteriores inscripciones, figuran dos versos: uno en catalán y otro en castellano. El primero se lee de abajo arriba; el segundo, en sentido contrario. Ambos intensifican la aliteración sibilante y la simetría presentes en las frases del umbral y del dintel. Pero, a diferencia de estas, los versos se deslizan en la ambigüedad y el misterio propios del lenguaje poético:
Solcar el batec solitari si la balma esdevé silenci
Sembrar el bello susurro si el bosque se hace signo
Ante la sequía — Un grial en espera
Se trata de la primera de las dos piezas que ocupan el recinto de la «estancia de la soledad». Situada en su mismo centro, la obra presenta una forma cóncava, entre cúpula invertida y pila bautismal, donde no hay agua, sino la expectativa de que algo la vierta. Esta forma, soportada por ocho patas en forma de cuerno, sostiene un marco de plomo donde figuran inscritas las frases siguientes:
Para la savia sabia
For the liquid light
Per al rou exudat
Pour le sang saint
Para el agua llovida
For the bitter sweat
Per al suc de l'ànima
Pour la larme fertile
Pero este grial no soluciona ni redime, acaso consuela nuestra incapacidad de vernos y escucharnos, de ser testigos de la revelación cuando creemos dominar su voluntad de mostrarse.
Al pie del árbol — Un retablo-espejo
Adoptando la silueta característica de los retablos de altar de Giotto o Cimabue (un cuerpo rectangular coronado por un remate triangular), Al pie del árbol — Un retablo-espejo, cuelga en el muro opuesto a Frontera entre dos noches. La obra se organiza en dos niveles. En el centro de la sección superior destaca una hornacina dorada cubierta por una fina celosía. A los lados, recubren el plomo de la superficie una serie de frases que se leen en sentido descendente y que parecen una suerte de rastro que han dejado los churretes de un agua que ahora no se muestra. De algún modo, todas ellas invitan al poeta-espectador a recrear el proceso que desemboca en la fertilidad, a sentarse al pie del retablo y aguardar expectante a que lo no dicho se manifieste, se destile desde el vacío dorado de la hornacina y se recoja, a través de la canaleta, en el cuenco fijado en su parte inferior.
Los versos, compuestos en un tono sapiencial y exhortador y nuevamente alternando el catalán y el castellano, rezan:
Dissol el teu no i gestaràs el teu sí
Si dudas, mírate en las heridas abiertas
Després de l’ermot, l’instant per a l’aigua
Ahueca el centro de tus tierras y aguarda
L’exsudació de la tenebra, una saba generosa
Ser que se alberga en tu continente y se vierte
Tot esperant en la balma del teu silenci, seràs
Des de la fosca del clot silent, l’hoste tornarà
Algo se refugia en tu hornacina y te obsequia
Un cos que traspua, brollador de la paraula
Cincela una concavidad para el otro y sueña
Poció lluminosa que anima a la celebració
Abre tu grial y medita bajo su agua vieja
Allò incert, matriu per a l’obscura llum
La sección inferior de la pieza consiste en una triple vitrina enmarcada en rojo que se inspira en las viñetas narrativas de los retablos antiguos. Cada cuadro presenta un mismo patrón: una palabra, inscrita en la parte central, que recuerda las condiciones para que el trance y la revelación se produzcan (SILENCE - STILLNESS - SOLITUDE), mientras que en la parte baja puede verse una acumulación de elementos naturales asociados al árbol, al vuelo y la caída: semillas aladas de arce, hojas secas de laurel y plumas de ave.
En este lugar de recogimiento, el poeta-espectador puede sentarse en la pequeña banqueta que se le ofrece al «pie del árbol» y aguardar, humilde y receptivo, a que algo se deposite en el interior de su vacío, sean plumas, hojas secas o semillas de arce; sea el agua de la lluvia, la de las ideas que iluminan, o la del arroyo que canta un verso y se apaga entre sus ecos.