El 14 de agosto de 2013, mientras remontaba el camino de la Cala del Carnaje, en el parque del Cabo de Gata, elaboré mentalmente la primera estrofa de un nuevo poema. La segunda la esbocé durante el trayecto en automóvil al molino de Fernán Pérez, y las otras cinco que completan la pieza, esa misma tarde. En septiembre de ese mismo año, escribí una segunda versión del poema, que titulé La pureza de tu sonrisa, y que posteriormente incluí en el libro Periferias #Muerte.
En marzo de 2015, por segundo año consecutivo, Maise Vaquero cedió el espacio expositivo del Molino de Fernán Pérez para mi uso. Acepté el reto con gusto y, unos meses antes de la fecha de inauguración, comencé a esbozar algunas ideas. Entre las propuestas más prometedoras, prevaleció la de desarrollar un proyecto fundamentado en tres «ladrillos artísticos» preexistentes: el poema La pureza de tu sonrisa y un par de fotografías tomadas en 2014, en las que Maise era el sujeto principal.
A partir de ese momento, convoqué a mis distintos avatares artísticos para distribuir y coordinar las tareas. Durante aquella reunión, insistí en la relevancia de la observación mutua. El objetivo era fomentar conexiones sutiles e inspiradoras, y también evitar cualquier influencia que pudiera inducir al plagio. Cada pieza debía conservar una identidad única y la presentación de su conjunto debía transmitir la impresión de hallarse ante una colección concebida por un colectivo artístico interdisciplinar y no por un solo individuo.
Como última disposición, adjudiqué a cada uno de mis avatares un espacio específico en la planta baja del molino: al fotógrafo, las dos hornacinas; al muralista, la parte baja de la pared oeste; al dibujante, la puerta norte; al escultor, la canaleta; y al músico, el área central de la muela colocada en el piso superior. Así, la exposición debía articular un recorrido estético a través de múltiples lenguajes artísticos cuya fusión haría posible la construcción de un espacio simbólico en el que la palabra, el sonido, la forma y la imagen latirían con un mismo corazón.
El poema, eje central del proyecto, se estructura en siete estrofas que recorren un espectro cromático de significados, desde la profundidad del negro hasta el fulgor del blanco. Su estructura descendente parece sugerir un viaje desde el origen hasta la pureza y las honduras esenciales.
En el negro del negro veo
el primer sillar del vacío,
el rayo que tiñe la noche de nada y de todo,
el oso que devora la paz del cementerio,y en el rojo del rojo
veo los acantilados del fuego,
la sangre que los soles agónicos derraman,
la lava coralina medrando en el oleaje de los sexos,y en el verde del verde
veo trenzas de algas en la pradera del océano,
cristales de hiel en la jungla de las rocas,
agua esmeralda ungiendo uvas y lágrimas,y en el oro del oro
veo polen de sol dorando semillas de azufre,
la paja que grabó su trama en un lecho de ocre,
las plumas de oropéndola cosquilleando los limones,y en el azul del azul
veo luz de lluvia en los ojos zarcos,
la llama del cielo atrapada en el hielo,
las bóvedas marinas que trasciende el cormorán,y en el rosa del rosa
veo la rosa de la tarde, sus pétalos de almagre y bruma,
la rosa del amanecer, su perfume en la lluvia oculta,
la rosa que duerme a mi lado, su canto, sus manos, su entrega,y en el blanco del blanco
veo la espuma del alma que al alba mi sueño fertiliza,
el fulgor que corroe mis teatros, mis fronteras y ensueños,
la luna, la leche, la harina, la pureza de tu sonrisa.
El resultado final del proceso se tradujo en una pequeña colección de obras que seguidamente describiré. En las dos hornacinas del molino coloqué dos fotografías digitales tituladas Sonrisas sin máscara, dos retratos de grupo altamente sobreexpuestos, salvo los sujetos principales, las sonrisas de Maise Vaquero, Peter Lederberger y la niña Andrea, desenmascaradas gracias a la máscara fotográfica.
Entre las dos hornacinas y en lo alto de la canaleta del molino, instalé la escultura (o su maqueta) titulada El poema en sus colores, una escalera cromática de siete peldaños en cada uno de los cuales figuraba escrita una estrofa del poema en su color correspondiente. La pieza llevaba implícita la contradicción que supone ascender y descender al mismo tiempo: el poema en su formato normal representaba un descenso del negro al blanco, mientras que la progresión cromática de la escultura invertía el descenso en un ascenso físico que podría remitir al mito de la caverna de Platón.
En la puerta norte colgué el dibujo digital titulado Topografía de la sonrisa de Maise Vaquero. Esta pieza halló su punto de partida en una de las sonrisas previamente fotografiadas. Tras ser tratada con filtros digitales, la imagen quedó convertida en un mapa topográfico sobre cuyas curvas de nivel fui inscribiendo una serie de topónimos inspirados en los nombres de algunos paisanos del Cabo de Gata, creando, de este modo, una correspondencia simbólica entre la geografía emocional y el paisaje físico. Así, la sonrisa deja de ser solo una expresión facial para convertirse en un territorio habitable y significativo.
Mi avatar compositor presentó para la ocasión la pieza Los rapsodas de la Torre de Babel recitando el poema «La pureza de tu sonrisa», una obra de música concreta articulada en dos estudios que se escuchaban sin solución de continuidad. Para su confección traduje el texto a 64 idiomas con un sistema de traducción automática y luego generé sendos archivos de audio. Estos fueron posteriormente montados en capas superpuestas hasta lograr una textura sonora densa y creciente, evocadora del mito bíblico de Babel, donde la mezcla simultanea de idiomas terminaba por disolver el significado. Un segundo estudio complementario manipulaba estas voces en tiempo y espectro, dilatándolas hasta formar un continuo armónico semejante al canto coral, interrumpido puntualmente por segmentos comprimidos del primer estudio que generaban una dinámica entre tensión y distensión. Durante la exposición, el sonido de la pieza procedía de la parte superior del molino, específicamente del hueco que antiguamente ocupaba el eje de la piedra molar. Un altavoz oculto proyectaba el sonido hacia abajo, el cual, gracias a la reverberación que añadía el propio espacio cilíndrico del molino, creaba una atmósfera tan hipnótica e inquietante como mágica y envolvente.