Presentado en el marco de la exposición Cantos Finales, y al igual que los otros tres libros de la serie, Cantos Finales, Libro I se construye bajo el signo de un relato de corte onírico y borgiano: un visitante anónimo irrumpe en el estudio del artista y le entrega dos sobres —uno con sesenta y seis versos anafóricos en catalán, el verso–respuesta «Es tiempo de erigir el templo» y las once letras sueltas que acabarán conformando el título Cants Finals; el otro con un diagrama esotérico que fija las reglas de la obra. A su vez, el visitante escribe en el dintel de la puerta la clave hermenéutica:
Las manos hacen crecer el libro y despiertan el estallido aletargado en su seno. Luego construyen el tiempo y el templo que a todos nos son dados.
La pieza materializa esta ficción: el encargo deviene libro y el libro, rito de lectura. Cantos Finales, Libro I se presentó alojado en un ábside–altar, cuyo arco frontal mostraba la citada sentencia.
Al igual que en los libros de Escenarios para un periplo, la estructura de este volumen responde a un patrón rítmico y numérico preciso: diez dobles páginas. En las pares, un verso avanza mediante anáforas; en las impares, una planta arquitectónica inventada (inspirada en el arte románico) se superpone a un fondo rojo con una huella digital ampliada, que sugiere un laberinto orgánico y personal. Sobre ese mismo fondo, en letras troqueladas, se repite la fórmula «Es tiempo de erigir el templo», como respuesta ritual a las invocaciones de las páginas pares.
Fiel a la lógica participativa de Escenarios para un periplo, Cantos Finales, Libro I rompe con la convención litúrgica que reserva los objetos sagrados al sacerdote: el espectador podía hojearlo sin restricciones y leer en el orden que quisiera. El gesto de pasar las páginas no era solo lectura, sino acción: un acto que unía tiempo y templo, poesía y arquitectura, y que convertía a cada lector en oficiante de un rito de construcción interior.