La correspondencia que Marian Espinal conservaba en su escritorio está formada por un conjunto de cartas y postales que el pintor escribió a su familia entre 1916 y 1931, y por una recopilación de cartas y postales que sus amigos, compañeros y otras personas le enviaron entre 1915 y 1965. Del primer grupo, son de especial interés las cartas y postales enviadas desde París entre 1919 y 1921, pero también las postales enviadas desde Tossa en el verano de 1918 o las cartas que escribió a Maria Vancells en los años de noviazgo. Unas y otras son documentos deliciosos que nos muestran la visión del mundo de un joven artista impulsado por la ambición de construir una obra y convertirse en un pintor reconocido.
Si las cartas firmadas por Espinal ya nos dibujan por sí mismas una personalidad impregnada de una pasión entusiasta por el arte y la música, de generosidad y admiración hacia sus colegas, de amor y gratitud hacia la familia, además de una absoluta discreción a la hora de registrar chismes u opiniones negativas, las cartas de sus amigos y compañeros no hacen más que completar el retrato, siempre de manera positiva. En efecto, sean poetas, pintores, músicos o escritores los firmantes de las cartas y dedicatorias (que hemos incluido en un tercer bloque de escritos), el reconocimiento y la gratitud hacia el talento y la persona de Espinal son generales y unánimes.
En cuanto a la correspondencia de los amigos, cabe decir que, si bien no todas las cartas tienen la misma relevancia, la realidad ha demostrado que incluso la postal más breve puede proporcionar información sin la cual el relato histórico quedaría menos completo. A modo de ejemplo, diremos que fue gracias al contenido de una postal de cortesía de August Malvehy, enviada desde París en 1925, que el editor de este epistolario dedujo que una pintura de Espinal, que había llegado a sus manos de manera inesperada, era una de las piezas que fueron expuestas en uno de los dos pabellones que el FAD construyó en la Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industrias Modernas celebrada en París en 1925. Una suposición que fue finalmente corroborada gracias a una publicación de la época proporcionada por una responsable del MNAC a quien Josep Maria Romero, director del MAC, había solicitado consejo.
Pero si hemos de mencionar las cartas que, en nuestra opinión, tienen más sustancia, hay que destacar las de Enric Cristòfor Ricart, marcadas por un entusiasmo no exento de ironía ni de una indisimulada y afectuosa admiración hacia el destinatario; las de Just Cabot, igualmente afectuosas, aunque en este caso la ironía domina en igualdad de condiciones con el chisme y la mordacidad más cáustica; las de un Joan Miró que planifica su marcha a París; las de un Masvila de regreso de Tossa o instalado en el Montseny; las de Alexandre Plana y sus sugerencias intempestivas, o las de Blai Net. Por no hablar de la preciosa carta-poema que Salvat-Papasseit le envía como regalo de bodas, o de dos de las cartas enviadas por Xavier Nogués: en la primera de ellas informa a Espinal de que una hija de Salvat-Papasseit ha fallecido prematuramente y le pone al corriente de la colecta que han organizado los compañeros para ayudar al amigo; en la segunda, ya fallecido el poeta, le pide participar en una nueva colecta para ayudar a la viuda y pagar los gastos del entierro.
Por otro lado, no podemos dejar de mencionar la carta que Espinal envió desde París a sus padres en 1919, en la que les hace saber, confidencialmente, que ha ayudado a Togores comprándole pinturas y telas, ya que con lo que ganaba restaurando cuadros no podía permitirse adquirirlas. Este gesto permitió a Togores pintar una serie de obras que más tarde mostraría al marchante Kahnweiler, quien no solo acabaría adquiriéndolas, sino que convertiría al pintor en uno de los artistas de su galería. En todo caso, tanto las cartas de Espinal como las de sus amigos y compañeros son solo un grano de arena informativo que llega a la playa de la historia de la cultura catalana, un granito humilde, pero tan necesario como el resto para ayudar a definir la verdad de los hechos.
En cuanto a las transcripciones, hemos procurado ser fieles al texto original y nuestra labor editorial se ha limitado a mejorar la puntuación y a corregir pequeños errores ortográficos o de vocabulario en desuso que no nos ha parecido pertinente reproducir.