El año mil ochocientos cincuenta y cuatro, el veinte del mes de octubre, a las cinco de la tarde, [...] compareció Jean-Nicolas Cuif, de cuarenta y seis años, rentista, domiciliado en Charleville, quien nos declaró que Marie-Catherine-Vitalie Cuif, de veintinueve años, sin profesión, esposa de Frédéric Rimbaud, de cuarenta años, capitán de infantería [...], ha dado a luz en esta ciudad, hoy día veinte del presente mes, a las seis de la mañana, en la casa del ya mencionado Jean-Nicolas Cuif, calle Napoleón (hoy calle Thiers), barrio Notre-Dame, a un niño de sexo masculino que nos ha presentado y al cual ha dado los nombres de Jean-Nicolas-Arthur.
Extractos del acta de nacimiento de Rimbaud anotada en el Registro Civil de Charleville.
Jean-Nicolas-Arthur Rimbaud nació el 20 de octubre de 1854 en Charleville, una ciudad situada a pocos kilómetros de la frontera con Bélgica, en las Ardenas francesas. Su padre, Frédéric Rimbaud, nacido el 7 de octubre de 1814 en Dole, era capitán del regimiento 47 de infantería, condecorado, entre otras distinciones, con la Orden Nacional de la Legión de Honor, tras haber participado en la conquista de Argelia, en la guerra de Crimea y en la campaña de Italia de 1859. Según Isabelle Rimbaud, la benjamina de la familia, su progenitor había escrito tratados sobre asuntos militares, entre los cuales figuraban los títulos Correspondance militaire, Éloquence militaire y muy especialmente el Livre de Guerre, donde rememoraba su participación en las campañas mencionadas. En una carta dirigida al historiador Charles Houin, uno de los primeros biógrafos de Arthur Rimbaud, Isabelle compartió estas afirmaciones y añadió que entre los papeles de su padre «también había una traducción del Corán (texto árabe al lado) que ahora se ha perdido». Sin embargo, Houin confesó al coronel Godchot que la señora Rimbaud jamás le mostró los documentos mencionados por su hija. «Repito —insistió el historiador— que Mme. Rimbaud, retraída, terca y taciturna, no dijo nada, y que su hija Isabelle debía ser muy ilusa para exagerar el valor de esos manuscritos y obras de su padre». Fuera o no fuera una fantasía de Isabelle, lo cierto es que actualmente tenemos constancia de la existencia de varios escritos del capitán Rimbaud. Jean-Jacques Lefrère señala que en los Archivos Nacionales se conservan sesenta y cinco informes firmados por Frédéric Rimbaud durante su estancia en Sebdú y que en 1852 la Revue de l’Orient publicó un par de estudios bajo su nombre. Más adelante, ya retirado, escribió cuatro artículos de tono patriótico para un diario de Dijon.
En 1852, en Mézières, donde estaba destinado después de haber participado en la conquista de Argelia y en otras campañas en el norte de África, Frédéric Rimbaud conoció a Vitalie Cuif, once años menor que él y procedente de una familia de agricultores acomodados. Frédéric y Vitalie contrajeron matrimonio el año siguiente y se establecieron en la ciudad vecina de Charleville. De la unión nacerían cinco hijos, siendo Arthur el segundo en nacer y Victorine-Pauline-Vitalie la primera en fallecer.
Desde muy pequeños, Arthur y Frédéric, su hermano mayor, crecieron sin la presencia del padre, ya que su espíritu aventurero y los constantes movimientos de guarnición lo mantenían lejos del hogar casi todo el tiempo. Tras el nacimiento de la benjamina, Isabelle, en 1860, Frédéric Rimbaud abandonó a su familia y nunca regresó a Charleville. Aunque se desconocen las razones, no es imprudente suponer que existía una clara incompatibilidad de caracteres entre ambos cónyuges. Para mantener las apariencias dentro de la atmósfera provinciana que impregnaba la vida social de la ciudad, Mme. Rimbaud decidió hacerse pasar por viuda y se entregó por completo a la crianza y educación de sus hijos. El abandono de su esposo se sumó a la temprana pérdida de su madre y al fallecimiento de su padre en 1858. Este último acontecimiento la convirtió, a sus treinta y tres años, en propietaria de una granja agrícola en Roche y en la cabeza de su familia. Sin embargo, los reveses de la vida y el peso de la responsabilidad endurecieron su carácter hasta el punto de que ni siquiera la infancia de sus hijos fue capaz de mitigar su amargura. Como resultado, la atmósfera fría y autoritaria que reinaba en el hogar de los Rimbaud contribuyó, en buena medida, a forjar el temperamento introvertido y rebelde de Arthur. En una carta a Paul Demeny de 1871, Rimbaud se lamentaba por tener que vivir bajo el yugo de «une mère aussi inflexible que soixante-treize administrations à casquettes de plomb».
Años más tarde, durante el período más convulso de la relación de Rimbaud con Paul Verlaine, la imagen que el poeta había proyectado de su madre sufrió un cambio de perspectiva. En efecto, el 6 de julio de 1873, en una carta de Mme. Rimbaud a Verlaine, quedaba claro que el carácter impenetrable e intransigente de Vitalie Cuif no era más que una máscara que ocultaba una sensibilidad muy distinta:
…yo también he sido muy desgraciada. He sufrido mucho, he llorado mucho, y he sabido convertir todas mis aflicciones en mi provecho. Dios me dio un corazón fuerte, lleno de valentía y energía; he luchado contra todas las adversidades. Luego, he reflexionado, he mirado a mi alrededor y me he convencido, pero bien convencido, de que cada uno de nosotros lleva en el corazón una herida más o menos profunda. Mi herida me parecía mucho más profunda que la de los demás; y eso es algo natural: sentía mi propio dolor, pero no sentía el de los otros.
En 1862, los hermanos Rimbaud ingresaron en la Institution Rossat para cursar los estudios primarios. Arthur destacó de inmediato y, ya en 1863, ganó cinco galardones y un premio de honor. Este alto rendimiento continuó durante sus estudios secundarios en el Collège Municipal de Charleville, donde siguió acumulando distinciones, especialmente en literatura, lenguas y retórica. Su habilidad proverbial para la composición de poemas, diálogos y elegías llamó la atención de sus profesores. Uno de sus logros más notables lo obtuvo en 1869, cuando presentó un poema en latín sobre el rey Jugurta. Tal como refieren sus biógrafos Houin y Bourguignon, Rimbaud aprovechó el tema de sus versos para aludir a Abd el-Kader, figura cuya gloria aún perduraba en la memoria de los franceses.
Ille ego Romanos aditos Urbemque vocatus
Sustinuì penetrare, Nomas ! — i frontique superbae
Injeci oclaphum, venalique agnima tempsi !...
En 1866, año en que recibió la primera comunión, Rimbaud no solo destacaba por su inteligencia, sino también por su apasionada devoción. Su compañero de colegio Ernest Delahaye relata en un artículo publicado en 1905:
Arthur no brillaba simplemente por su docilidad o su memoria en los exámenes de doctrina religiosa: a los doce años tenía una fe ardiente, una devoción exaltada, hasta el martirio, si era necesario. Un domingo, cuando los alumnos salían de la capilla y el bedel se encontraba ausente, o demasiado lejos para observar lo que estaba ocurriendo en la puerta, algunos de los “mayores” hicieron gala de su recién estrenada audacia juvenil, chapoteando con deleite en el agua bendita de la pila, para luego salpicarse unos a otros en la cara… amén de otras joviales irreverencias. Rimbaud, todavía muy pequeño, saltó furioso al presenciar el sacrilegio; se abalanzó sobre ellos, trató de repelerlos, sufrió empujones, respondió con puñetazos —tantos como pudo—, recibió muchos más de los que había propinado, se obstinó, arañó, mordió y se aferró a las ropas de los profanadores, hasta que finalmente la autoridad intervino para restablecer el orden. Tras la batalla campal, se ganó el remoquete de “sale petit cagot”, un mote que Arthur aceptó no sin cierto orgullo.
Para entonces, Rimbaud y Delahaye ya habían forjado una sólida amistad, iniciada en 1865 y fortalecida por sus afinidades literarias y poéticas. La relación entre ambos jamás se enfrió, lo cual explica que Ernest fuera uno de los pocos elegidos a quienes Rimbaud obsequió con un ejemplar de Une saison en enfer. Durante los años de juventud, Delahaye ayudó a Rimbaud a copiar y distribuir sus poemas entre amigos y conocidos, además de hacerle algunos retratos de perfil, como el que reproducimos en esta misma página. Años más tarde, Delahaye sería el destinatario de una carta en la que Arthur le confiaba el que sería su último poema, titulado Rêve.
La admiración que Ernest sentía por Arthur lo llevó a escribir una biografía del poeta, que apareció publicada en 1905, doce años después de la muerte de Rimbaud. Delahaye no se detendría ahí: en 1923 publicó el ensayo Rimbaud, l’artiste et l’être moral; en 1925, Souvenirs familiers à propos de Rimbaud, Verlaine, Germain Nouveau; en 1927, Les Illuminations et Une saison en enfer; y en 1935, La part de Verlaine et Rimbaud dans le sentiment religieux contemporain.
A mediados de diciembre de 1869, Jules Feuillâtre, profesor de retórica en la escuela de Charleville, renunció a su puesto a causa de su precaria salud. El 17 de enero, un joven de veintidós años llamado Georges Izambard tomó el relevo. El nuevo docente pronto percibió el talento extraordinario de Rimbaud. En su obra À Douai et à Charleville, rememora con afecto a su alumno:
El Rimbaud que vi, y que sigo viendo en mi clase, en primer plano, frente a mi púlpito, es un Pulgarcito soñador, muy menudo y tímido —¡confíen en esas timideces!—; el alumno de retórica, un poco rígido, sabio y meloso, con uñas limpias, cuadernos sin mancha, tareas sorprendentemente correctas, calificaciones académicamente insuperables. En resumen, uno de esos pequeños monstruos ejemplares e impecables, que encarnan como nadie el tipo de estudiante modelo, el as de la competición escolar; una apariencia habitual, no hipócrita y, sin duda, no buscada, que en todo momento pude observar en su pupitre.
Por el contrario, la inteligencia de Rimbaud, que había sido elogiada ante el cuerpo docente por el director del colegio, Jules Desdouest, con la célebre frase: «rien de banal ne germera dans sa tête : ce sera le génie du bien ou du mal», despertaba no pocos recelos en el profesor de latín François Pérette. Según Delahaye, Pérette había susurrado a Desdouest: «Todo lo que usted quiera... pero tiene unos ojos y una sonrisa que no me gustan... le digo que acabará mal...».
Arthur convirtió a Izambard en su interlocutor literario y le confió sus poemas e inquietudes, a lo que el profesor correspondió con su consejo y magisterio fuera del horario de clases, además de prestarle muchos libros de su biblioteca personal. En Arthur Rimbaud rhétoricien, un texto de réplica a Paterne Berrichon, Izambard escribe: «Cuando terminaba la clase, [Rimbaud] solía esperarme a la salida y me acompañaba hasta la puerta. Manteníamos largas conversaciones sobre poetas y poesía, que era lo único que le interesaba». En el último párrafo de este mismo texto, confiesa:
Durante los quince meses que duró nuestra relación, fui para él un amigo sincero, un consejero leal, a veces gruñón, no siempre escuchado. Mi devoción hacia su persona fue inquebrantable, incluso en los momentos más trágicos, cuando traté de defenderlo de sí mismo.
Si bien Mme. Rimbaud no se oponía a la relación que su hijo mantenía fuera de clases con su profesor de retórica, ciertos aspectos de esa cercanía le causaban inquietud. El 4 de mayo de 1870, escribió a Izambard:
No puedo estar más agradecida por todo lo que está haciendo por Arthur [...] Pero hay una cosa que no puedo aprobar: la lectura de un libro como el que usted le prestó hace unos días, Los Miserables [de] V. Hugot (sic) [...] Sería en verdad peligroso permitirle esta clase de lecturas.
Refiriéndose a esta amonestación de Mme. Rimbaud, Izambard escribió: «Ella no sospechaba toda la magnitud de mi crimen: al mismo tiempo que el “hugot”, y siempre con vistas al mismo encargo sobre Villon, yo había prestado a Rimbaud el Gringoire de Banville, una obra eminentemente perversa. Fue a través de este libro como entró en contacto con la escuela parnasiana, y podemos ver que unos días más tarde le sirvió de inspiración para su Bal des Pendus» (Ibid.). Izambard continuó permitiendo a su alumno el acceso a su biblioteca incluso durante las vacaciones de verano. En una carta fechada el 25 de agosto de 1870, Rimbaud agradeció a Izambard su gentileza:
Afortunadamente, dispongo de su habitación: —Le recuerdo que me dio usted permiso. —¡Me he llevado la mitad de sus libros! También «Le Diable à Paris».
Coincidiendo con la entrada de Izambard en la escuela de Charleville, la Revue pour Tous publicó «Les Étrennes des orphelins», el primer poema conocido de Rimbaud que no formaba parte de sus trabajos escolares. Compuesto a finales de 1869 y recortado por el propio poeta a petición del editor de la revista, el texto que llegó a los lectores —ciento cuatro alejandrinos cargados de una sensiblería melodramática que nunca habrían sido compuestos de haber nacido Rimbaud en el seno de una familia feliz— acusaba una innegable influencia de la poesía de la compasión social de Les Pauvres gens de Victor Hugo, y de Les Enfants trouvées de François Coppée. Por su valor significativo, reproducimos a continuación el inicio de la tercera estrofa:
Votre cœur l’a compris : — ces enfants sont sans mère.
Plus de mère au logis ! — Et le père est bien loin!…
— Une vieille servante, alors, en a pris soin.
Les petits sont tout seuls en la maison glacée