Un número dedicado a explorar las propuestas de Marcel Duchamp. No su vida, no su obra; tan solo algunos de sus conceptos. Realizado con aportes de artistas, pensadores y diseñadores de todo el mundo combinados con la explícita intención de producir a su vez un objeto duchampiano.
—el medio como instrumento intelectual que traspasa su especificidad y se burla de ella
—la obra, independientemente de su carácter representativo e interpretativo
—«arte» en términos de convenciones, lo más «amorfo» posible
—«obras» en las que la obra no es una finalidad en sí misma, sino una excusa
—interpretaciones o, mejor dicho, lecturas que pueden convivir a pesar de ser aparentemente excluyentes
—objetos «anestesiados estéticamente», anulados en su probable complacencia de la mirada, «rectificados», «asistidos» para otorgarles una nueva —a menudo, insólita— significación. Como en la elección de los «ready-mades»: «basada en la indiferencia visual y en la ausencia total del buen o mal gusto»
—obras «definitivamente inacabadas»
—rrose sélavy, su alter(-)ego
—ajedrez, máquinas ópticas, matemáticas, geometría, «artefactos»
—la «pintura mental», «pintura de precisión», el rechazo de cualquier elemento en el que la mirada se pueda recrear con fruición
—texto, – bloques, – fotografías, + mixed-media, + pintura, + ilustración.
#16, du-champ-i-ssue
Nueve meses después de que la fotografía fuese publicada, la mantequilla que untaba la rebanada de pan del modelo se fundió a causa del calor estival y se unió con la palabra que la nombraba. Con ello, creó un juego conceptual que sin duda habría complacido a Duchamp. Este juego se conecta indirectamente con la «Voie Lactée» del Grand Verre, tanto por la forma de nube que presenta la mancha de mantequilla como por haber sido provocada por un derivado lácteo.
La entropía continuó su labor con la llegada de unos bichos hambrientos, atraídos por el modelo. Además de alimentarse con el pan y la mantequilla, los forasteros acabaron estableciendo una colonia. Un buen día, y sin motivo aparente, desaparecieron del escenario con la misma discreción con la que habían irrumpido. Si observamos el estado del modelo tras la actividad colonial, no resulta difícil notar que los conceptos nutritivos que recubrían el pan no resultaron apetecibles para los insectos, pero tampoco les provocaron rechazo, lo cual siempre es de agradecer.