Querida María:
Aunque hasta la fecha ni una sola de mis cartas haya merecido respuesta por tu parte, te escribo de nuevo, y no lo hago únicamente «porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve», como diría ese personaje de Julio Cortázar tocado con el don de vomitar conejitos, sino porque me ayuda a mantener la esperanza de que tarde o temprano tu alma se hará visible, ni que sea unos pocos segundos antes de mi expiración. Quiero que sepas, y no me cansaré de repetirlo, que mientras la sangre fluya por mis venas no haré el menor esfuerzo para apartarte de mis pensamientos, aunque ello alimente el deseo de mantenerme recluso en mi penal de soledad. Afortunadamente, gracias a mis estudios, que a todas horas me tienen ocupado y preocupado, y también a las visitas de Héctor y Elvira, la batalla cotidiana me resulta algo más llevadera. Por cierto, esta tarde han pasado por casa. Como de costumbre me han dicho que no me hacía ningún bien estarme todo el santo día encerrado sin más compañía que mis libros, mis papeles y mis peces. En modo alguno me satisface que mi modo de vida sea el causante de la inquietud de nadie, pero mentiría si no dijera que siempre resulta agradable saber que uno está presente en la mente de los suyos. Y si bien es cierto que de un tiempo a esta parte nuestros hijos no escatiman su afecto hacia mí, no es la suya una figura que pueda llenar el vacío que dejaste en mi vida, y mucho menos aliviar la decepción que me produce, tras haber alcanzado la edad de los panegíricos, el no estar siendo comprendido, ni por mis colegas ni por mis propios discípulos. Un sentimiento, por qué no decirlo, al que Héctor y Elvira no están contribuyendo a mitigar, puesto que no solo se han mostrado remisos a engrasar las armas cuando les he pedido que me ayudaran a contrarrestar la campaña que algunos colegas han desatado en mi contra (a todas luces envidiosos del avance de mis investigaciones acerca de los orígenes del Latimeria chalumnae), sino que han tenido la osadía de decirme a las claras que la operación de acoso y derribo de la que estoy siendo víctima únicamente existe en el laberinto de mi imaginación.
Pero jeremiadas aparte, lo que en esta ocasión guía mi pluma no es la voluntad de poner en tu conocimiento los últimos resultados de mis investigaciones, sino el deseo de contarte un sueño que tuve hace un par de meses. Acaso te preguntes por qué ahora y no antes. Lo cierto es que no ha sido por falta de ganas o porque se tratara de uno de esos sueños donde las cosas se ven representadas de un modo tan sumamente irracional, que llegado el momento de recrearlas descubrimos que la escritura tan solo sirve para pergeñar una crónica tan torpe como ininteligible; sino porque el relato de mi experiencia onírica requería un esfuerzo memorístico ingente, amén de una detallada catalogación y depuración de todo el material rescatado. Cumplida esta etapa, ahora toca redactar el relato, siempre contando con la ayuda de mi desbordante imaginación si en algún momento me veo en la necesidad de repintar alguna parte del retablo que el olvido hubiese dañado.
Antes de proceder, debo advertirte, y de antemano te pido disculpas por si algo de ello pudiera herir tu sensibilidad, que mi crónica está salpicada de episodios donde cobran un especial protagonismo la carnavalización delirante, la chocarrería escatológica, la sátira irreverente o la crueldad entendida como una de las bellas artes, por no hablar de las múltiples referencias con las que mi genio onírico puso a prueba sus proverbiales habilidades para el pastiche y la parodia.
La noche en que tuve el sueño me acosté a mi hora habitual. No había ingerido bebidas alcohólicas y la cena había sido más frugal de lo común. Antes de apagar la luz estuve leyendo la entrevista que Sender Serrano había realizado al hijo pequeño de los Mundi y que venía publicada en el último número de Parnaso. En dicha entrevista, además de exponer sus opiniones acerca del panorama literario actual, Mario aprovechaba la ocasión para defenderse de las malas críticas que había cosechado su novela Los mil y un rostros de un nombre. Y lo hacía alegando que la controvertida disparidad estilística de la que se había valido, no debía atribuirse a otro propósito que no fuese un intento de ejemplificar lo que él llamaba «polimorfismo estético», «un concepto —decía Mario— que podría definirse como la voluntad de primar un tiempo narrativo —disolvente y lleno de indeterminación— que tenga la capacidad de neutralizar tanto los discursos monocromáticos como los que abusan de una sistematización vampirizadora». También decía que, con la puesta en práctica de dicho principio, él aspiraba a lograr que la acción narrativa tendiera a comportarse como un transformista de la escuela fregoliana durante el transcurso de una mascarada celebrada en un salón de espejos.
Asimismo y sin que mediara pregunta de por medio, Mario se despachaba diciendo que en modo alguno acertaba el resentido profesor Viejo Lozano cuando aseveraba que la «pirotecnia culturalista de la que la prosa de Mundi hace gala, no es más que un intento de ocultar la ausencia de una voz propia». Mario se defendía de tales envites no solo reivindicando la obsolescencia de la voz única que narra desde un punto de vista invariable, sino admitiendo que el secuestro de personajes ingeniados por otros autores o el abuso de la intertextualidad eran recursos que él utilizaba como un modo de añadir valor a la obra de los grandes escritores, y muy especialmente a las obras maestras que habían despertado en él lo que Harold Bloom denomina «la angustia de sentirse deudor».
Como la lectura de la entrevista no logró arrancarme un solo bostezo, agarré al azar uno de los libros que se amontonaban a los lados de la cama y lo abrí sin siquiera mirar la portada. Lo primero que leí fue lo siguiente: «En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones que pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una esfinge, soñamos una esfinge para explicar el horror que sentimos». De este modo comienza una de las piezas que Borges incluyó en esa «colecticia y desordenada silva de varia lección» que es El Hacedor, una pieza narrativa que lleva por título Ragnarök y cuyas primeras líneas serían utilizadas por mi yo soñador para armar el inicio del sueño que voy a contarte. Por otra parte, y a modo de cita liminar de mi escrito, he copiado las dos últimas frases de Paradiso XXXI, 108 (un cuento que también figura en el índice de El Hacedor), y no únicamente porque fueron las últimas que leí antes de quedarme dormido o porque en mi opinión albergan un cierto resabio de neoplatonismo panteísta (Porfirio, el discípulo de mi admirado Plotino, decía que Dios, aunque no pueda ser vislumbrado ni por el cuerpo ni por el alma, se deja contemplar en un espejo), sino porque contribuyeron, junto al poema Los Espejos (también incluido en el citado libro de Borges), a que mi sueño tuviera un desenlace que sigue sin dejar de sorprenderme.
Tal vez un rasgo de la cara crucificada acecha en cada espejo; tal vez la cara se murió, se borró para que Dios sea todos. Quién sabe si esta noche no la veremos en los laberintos del sueño y no lo sabremos mañana.
J. L. Borges, Paradiso XXXI, 108
El escenario donde el sueño tenía lugar era un monasterio medieval; el día, un viernes de Cuaresma; la hora, el atardecer. Los monjes, de cuya comunidad yo formaba parte, entraban en el refectorio y se sentaban a la mesa. En las escudillas humeantes había sopa de carpa con acelgas. Tras pronunciar la acción de gracias, el padre prior —a cuya derecha yo estaba sentado y cuyo rostro era la viva estampa de nuestro abuelo Juan— bendecía los alimentos y daba licencia para tomarlos. Durante la cena yo me dirigía al prior y le preguntaba si también él pensaba, al igual que Coleridge, que en los sueños las imágenes representan las impresiones que creemos que causan. El prior decía que sí, que Coleridge llevaba razón, que en verdad, tal como Borges había escrito a propósito de dicha idea en su Libro de Sueños, «si un tigre entrara en este cuarto, sentiríamos miedo; si sentimos miedo en el sueño, engendramos un tigre». Tras lo cual añadía: «Borges decía tigre, pero también que el soñador podía proyectar el horror sobre una figura que en la vigilia no fuera necesariamente horrorosa, pues el escritor argentino consideraba que en el universo no existía una sola forma que no fuera susceptible de ser contaminada por el horror. Sin embargo, y lejos de querer enmendar la plana a tan grandes poetas, yo desearía enriquecer esta idea desde la perspectiva de la fe». La prometedora disertación del padre prior se veía de repente truncada por el murmullo general que se producía tras la irrupción de un hombre anciano y decrépito. Arrastrando los pies y sujetando un voluminoso libro cruciforme encuadernado en plomo, aquel anciano, que era la viva imagen de tu hermano Alberto, dirigía sus pasos a la escalera de acceso al púlpito. Cuando el anciano se disponía a pisar el primer peldaño, un novicio —tocayo del judío de Cirene que había llevado la cruz de Cristo— se levantaba de la mesa y corría hacia él diciendo: —Fray Martín, fray Martín, deje que yo lleve el libro por usted. —Regresa a tu lugar, Simón —decía el viejo—. Ya te he dicho mil veces que la penitencia no es una carrera de relevos. Pero el novicio se negaba a obedecer y lo seguía como un perro a su amo. Durante la penosa ascensión el avatar onírico de tu hermano no cesaba de repetir por lo bajinis: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me obligas a ser tan vanidoso?». Superado el último peldaño de su digamos que «vía libris», colocaba el volumen en el atril, lo abría y tomaba asiento. Luego mandaba al novicio que regresara a la mesa y con voz cansada y temblorosa se ponía a leer lo siguiente:
VIDA DE FRAY MARTÍN DE LA CRUZ DE PLOMO
Capítulo DCLXVI
Donde se relatan las peripecias que el marqués de Partalta padeció durante su bajada a los infiernos del sueño y de cómo Dios nuestro Señor siempre vela por sus hijos extraviados.
En un capítulo anterior ya hemos mencionado que la pretensión de este libro no es otra que dibujar el retrato de un modelo a seguir. No obstante, dicho retrato no sería una fiel representación de la verdad si pusiéramos un tupido velo sobre los aspectos menos ejemplarizantes de su protagonista. En consecuencia, debe saberse que cinco años antes de profesar los votos, amén de repartir sus riquezas entre los más necesitados y de renunciar a su título nobiliario, don Alberto Miralpeix de Castellfort (quien a causa de la muerte prematura de su esposa, doña Lorena Masdevall de Torresdesarria, había puesto en cuestión el acierto de los designios del Todopoderoso y al que ni los augurios de la más infalible de las pitonisas le habrían convencido de que un lustro más tarde el lastre del pecado se convertiría en lustre y su nombre no tendría mayor tratamiento que el de fray) solía aceptar con agrado que noche tras noche el emperador del mal proyectara sobre su entendimiento toda suerte de pesadillas infernales.
En uno de esos sueños, el por entonces titular del marquesado de Partalta se veía a sí mismo paseando por una rambla situada en el centro histórico de una bulliciosa ciudad portuaria. Estaba anocheciendo. Por las calzadas laterales circulaban enjambres de motocicletas y algún que otro coche de caballos. En el andén central, que estaba bordeado por dos hileras de plátanos centenarios, una multitud indolente y variopinta deambulaba entre los músicos, saltimbanquis y estatuas vivientes que reclamaban unos segundos de gloria y también algunas monedas, a poder ser, decía gorra en mano uno de los cuestores, «sin bustos de caudillos por Dios agraciadios» (sic).
Presa de un pasmo provinciano, la representación onírica del futuro fray Martín de la Cruz de Plomo se detenía ante un grupo escultórico viviente formado por las figuras de una joven y un enano. La primera iba disfrazada de árbol, mientras que el segundo se cubría el cuerpo con una chilaba confeccionada con retales cruciformes de piel de serpiente. Nada ocurría de particular hasta que uno de los individuos que se agolpaban alrededor de los artistas, apuesto y elegante donde los haya, daba un paso al frente y anunciaba al respetable que acababa de ser nombrado presidente ejecutivo de la Sociedad Nacional de Mecenas Callejeros, y que una de las funciones de su nuevo cargo consistía en dar ejemplo como el que más.
Al término de la alocución, el nuevo presidente de la SNMA se rascaba el bolsillo y echaba un puñado de monedas en el bote de los óbolos, en todo momento con gran afectación y sonriendo a la cámara del reportero gráfico que acompañaba a su séquito. Tras escuchar el soniquete del numerario, el enano hacía una venia al benefactor y pronunciaba un discurso de agradecimiento tan breve como ditirámbico. Seguidamente, hacía florecer en su diestra una navaja y la emprendía a puñaladas contra la muchacha disfrazada de árbol.
Entre sollozos, ella trataba de apaciguar el ímpetu de su agresor diciendo: «Perché mi schiante? Perché mi scerpi? Non hai tu spirto di pietà alcuno?». En cuanto la joven cerraba los ojos musitando un último «perché», el enano, con semblante afligido, soltaba el arma y se ocultaba detrás de un biombo médico. Al poco y cual brujo tribal, regresaba a escena portando una crátera decorada con un friso de sátiros y ménades. Tras elevarla, declamaba: «Eritis sicut ego, scientes malum terrae». Luego, tras enaltecer al emperador de las alcantarillas con un trisagio tan sacrílego como indigno de ser reproducido, arrojaba en la vasija una sustancia nauseabunda con la que, al término de las arcadas, ungía los desperfectos que presentaba el cartón piedra del disfraz de su compañera.
Mientras lo anterior estaba aconteciendo, un individuo del corrillo se acercaba al presidente de la SNMA y le susurraba al oído:
—Lo que usted no sabe es que el enano solo vomita esa mierda si una pelandusca engalanada como una gran burguesa desfila por la acera de enfrente.
Torciendo el rostro con un mohín, el presidente de la SNMA preguntaba:
—Y cuando la que pasa por la acera de enfrente es una gran burguesa engalanada de pelandusca, ¿qué hace?
—Pues correr hacia ella y cubrirla de requiebros hasta hacerla enrojecer —respondía el hombre justo antes de que una empalizada de jayanes de los de mujer en cada puerto se interpusiera de muy malos modos entre los artistas y el cuerpo menudo de don Alberto Miralpeix, quien a pesar de la gran indignación que sentía a causa de las rudas maneras de aquellos gigantones, reprimía su enfado y hacía mutis por el foro.