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Arthur Rimbaud, Letters, Poetic Works

Oriol Espinal (traductor)

§ Edition / 2024-25

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Presented in a bilingual edition, Letters, Poetic Works brings together a fundamental part of Arthur Rimbaud’s literary legacy. The volume includes an extensive biographical note, the two letters of the "seer" —accompanied by the appended poems— and a dozen of his most representative compositions, along with the complete versions of his two major works: A Season in Hell and Illuminations. The translated texts and poems are accompanied by a critical apparatus that provides readers with interpretive keys and contextual information to support a deeper understanding. Regarding the translation, my approach has been to remain faithful to the original without falling into excessive literalness, striving to preserve the poetic musicality of Rimbaud in Spanish with the same fluidity and beauty as in his original language.

  Edition in progress


from «Illuminations»

Cuento

Un Príncipe se reprochaba no haberse consagrado a otra cosa que a la perfección de generosidades triviales. Soñaba con asombrosas revoluciones del amor y presentía que sus esposas podían brindarle algo más que esa complacencia engalanada de cielo y lujo. Anhelaba contemplar la verdad, el instante del deseo y la satisfacción esenciales. Aberración de piedad o no, lo quiso. Al menos poseía un poder humano lo bastante vasto.

Todas las mujeres que yacieron con él fueron asesinadas. ¡Qué devastación la del jardín de la belleza! Bajo el sable, lo bendecían. No pidió otras nuevas. — Y las mujeres reaparecieron.

Mató a cuantos lo seguían tras la cacería o las libaciones. — Y todos volvían a seguirlo.

Se complacía degollando animales espléndidos. Ordenó incendiar los palacios. Se lanzaba sobre la multitud y la despedazaba. — Pero la muchedumbre, los techos dorados, los hermosos animales, persistían.

¡Sí, es posible extasiarse en la destrucción, rejuvenecerse en la crueldad! El pueblo no murmuraba. Nadie se atrevía a señalarlo.

Una noche, mientras cabalgaba con altivez, se reveló un Genio de belleza inefable, casi inconfesable. ¡De su rostro y de su porte emanaba la promesa de un amor múltiple y complejo! ¡De una felicidad indecible, incluso insoportable! El Príncipe y el Genio se aniquilaron, quizá en la salud esencial. ¿Cómo podrían no haber muerto? Así que, como uno solo, murieron.

Pero el Príncipe falleció en su palacio a una edad común. El Príncipe era el Genio. El Genio era el Príncipe.

La música culta no cabe en nuestro deseo.


Mañana de ebriedad

¡Oh mi Bien! ¡Oh mi Bello! ¡Charanga atroz en la que ya no tropiezo! ¡Mágico potro de tortura! ¡Hurra por la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por la primera vez! Comenzó con las risas de los niños y terminará con ellas. Este veneno va a perdurar en todas nuestras venas incluso cuando, al alejarse la charanga, hayamos regresado a la antigua inarmonía. ¡Oh, ahora, nosotros, tan dignos de tales tormentos!, recojamos con fervor esta sobrehumana promesa hecha a nuestro cuerpo y a nuestra alma creados: ¡esta promesa, esta demencia! ¡La elegancia, la ciencia, la violencia! Nos fue prometido enterrar en la sombra el árbol del bien y del mal, deportar las honestidades tiránicas para que trajésemos nuestro purísimo amor. Comenzó con ciertas náuseas y acabó — al no poder comprender entonces esta eternidad, — acabó en un desconcierto de perfumes.

Risas de niños, discreción de esclavos, austeridad de vírgenes, horror de figuras y objetos de aquí, sagrados seáis por el recuerdo de esta vigilia. Comenzó con la mayor zafiedad, y ahora llega a su fin con ángeles de hielo y llamas.

Breve vigilia de embriaguez, ¡santa!, aunque solo fuera por la máscara con que nos has gratificado. ¡Te afirmamos, método! No olvidamos que en el pasado glorificaste cada una de nuestras edades. Tenemos fe en el veneno. Sabemos dar nuestra vida entera cada día.

He aquí el tiempo de los Asesinos.


from «A Season in Hell»

* * * * *

«Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde todos los corazones se abrían, donde todos los vinos corrían.

Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. — Y me supo amarga. — Y la injurié.

Me armé contra la justicia.

Y hui. ¡Oh brujas, oh miseria, oh odio! ¡Es a vosotras que ha sido confiado mi tesoro!

Logré que de mi espíritu se esfumara toda la esperanza humana. Y para asfixiarla, me abalancé sobre toda alegría con el sigilo de una fiera.

Invoqué a los verdugos para perecer mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas para ahogarme con arena, con sangre. La desdicha fue mi dios. Me eché en el lodo. Me sequé al aire del crimen. Y a la locura le gasté malas pasadas.

Y la primavera me trajo la horrenda risa del idiota.

Pero habiendo estado últimamente a punto de graznar el último ¡cuac!, consideré la idea de buscar la llave del festín antiguo, donde tal vez recobraría el apetito.

La caridad es esta llave. — ¡Esa inspiración demuestra que he soñado!

«Seguirás siendo una hiena, etc.» exclama el demonio que me coronó con tan amables amapolas. «Gánate la muerte con todos tus apetitos, tu egoísmo y todos los pecados capitales».

¡Ah! He tomado demasiado: — ¡Pero, querido Satán, te lo imploro, suaviza la irritación de tu mirada! Y a la espera de las pequeñas villanías que se avecinan, para ti que valoras en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, arranco algunas páginas infames de mi bloc de condenado.


Mala sangre

De mis antepasados galos tengo los ojos zarcos, la mente estrecha y la torpeza en la lucha. Considero mi vestimenta tan bárbara como la suya. Pero yo no me engraso los cabellos.

Los galos eran los desolladores de animales, los quemadores de hierbas más ineptos de su tiempo.

De ellos heredé la idolatría y el amor al sacrilegio; — ¡oh! todos los vicios, la cólera, la lujuria — magnífica, la lujuria; — mentira y pereza especialmente.

Todos los oficios me horrorizan. Amos y obreros, son todos campesinos, innobles. La mano que escribe vale tanto como la que ara. — ¡Qué siglo de manos! — Jamás tendré mi mano. Además, la servidumbre conduce demasiado lejos. La honradez de la mendicidad me consterna. Los criminales repugnan como el castrado: yo estoy intacto, pero me da igual.

¡Pero! ¿quién me dotó con una lengua tan pérfida, que hasta aquí ha guiado y salvaguardado mi pereza? Sin valerme de mi cuerpo para subsistir, y más ocioso que un sapo, he vivido en todas partes. No hay en Europa una familia que yo no conozca. — Me refiero a familias como la mía, que todo lo deben a la declaración de los Derechos del Hombre. — ¡He conocido a cada niño bien!

¡Si tuviera antepasados en un hito cualquiera de la historia de Francia!

Pero no, ni uno.

Resulta evidente que siempre he sido de raza inferior. No logro entender la rebeldía. Mi raza no se sublevó más que para el saqueo, como los lobos a la presa que no han matado.

Recuerdo la historia de Francia, la hija primogénita de la Iglesia. Podría haber viajado, cual patán, a tierra santa; en mi mente veo los caminos de las llanuras de Suabia, las vistas de Bizancio y las murallas de Solyma. El culto a María y la compasión por el crucificado despiertan en mí entre mil conjuros profanos. — Estoy sentado, como un leproso, sobre vasijas quebradas y ortigales, al pie de un muro carcomido por el sol. — Más tarde, ya curtido en la guerra, podría haber dormido al raso bajo las noches de Alemania.

¡Ah!, de nuevo bailo el aquelarre, en un claro rojo, con viejas y niños.

Nada recuerdo que se halle más lejos de esta tierra y el cristianismo. No me cansaría de verme en ese pasado. Pero siempre solo; sin familia; ni siquiera sé cuál era mi lengua. Ni por asomo me veo en los consejos de Cristo, ni en los de los Señores, — representantes de Cristo.

¿Qué fui durante el siglo pasado? Solo me reconozco en el presente. Basta de vagabundos, basta de guerras confusas. La raza inferior lo ha cubierto todo — el pueblo, como lo llaman, la razón, la nación y la ciencia.

¡Oh, la ciencia! Todo lo hemos recuperado. Para el cuerpo y para el alma, — el viático, — tenemos la medicina y la filosofía, — los remedios caseros y los arreglos de las canciones populares. ¡Y las diversiones de los príncipes y los juegos que ellos prohibían! ¡Geografía, cosmografía, mecánica, química!...

¡La ciencia, la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo avanza! ¿Por qué no debería girar?

Es la visión de los números. Vamos hacia el Espíritu. Es más que evidente, lo que estoy diciendo es un oráculo. Comprendo, y al no saberme explicar sin palabras paganas, preferiría callarme.

¡La sangre pagana está de regreso! El Espíritu se acerca, ¿por qué Cristo no me ayuda concediendo a mi alma nobleza y libertad. ¡Ay, el Evangelio ha pasado!, ¡el Evangelio!, el Evangelio.

Espero a Dios con glotonería. Soy de una raza inferior desde la noche de los tiempos. Aquí estoy, en la playa armoricana. Que al anochecer se iluminen las ciudades. He cumplido mi jornada. Dejo Europa. El aire marino me quemará los pulmones; me curtirán los climas perdidos. Nadar, moler hierba, cazar y, sobre todo, fumar; beber licores fuertes como metal hirviendo, — como hacían aquellos venerables antepasados alrededor de las hogueras.

Volveré, con miembros férreos, con la piel oscura y la mirada furiosa. Por mi aspecto me considerarán de raza fuerte. Tendré oro: seré ocioso y brutal. Las mujeres cuidan a esos feroces lisiados que regresan de los países cálidos. Estaré implicado en los asuntos políticos, a salvo.

Ahora estoy maldito, y la patria me produce horror. Mejor doy una cabezada, bien borracho, en la playa.

¡De profundis Domine, ¡qué tonto soy!

Todavía muy niño, yo admiraba al convicto indomable tras el cual se cierran siempre las mazmorras; visitaba albergues y posadas que él habría consagrado con su estancia; veía con su mente el cielo azul y la florida labor de la campiña; percibía su infortunio en las ciudades. Él tenía más fuerza que un santo, más sensatez que un viajero — ¡y a él, solo a él! por testigo de su gloria y razón.

Por los caminos, en las noches de invierno, sin cobijo, sin ropa, sin pan, una voz atenazaba mi corazón helado: «Debilidad o fuerza: ahí estás, es la fuerza. No sabes ni adonde vas ni por qué estás yendo; ve a todas partes, da respuesta a todo. No te matarán más de lo que lo harían si fueras un cadáver». Por la mañana tenía la mirada tan perdida y la apariencia tan cadavérica, que aquellos con quienes me encontré tal vez no me vieron.

¿Todavía conozco la naturaleza? ¿Me conozco? — Basta de palabras. En mi vientre sepulto a los muertos. ¡Gritos, tambor, danza, danza, danza, danza! Ni siquiera vislumbro el momento en que, al desembarcar los blancos, caeré en la nada.

¡Basta! He aquí el castigo. — ¡Adelante!

¡Ah, arden los pulmones, las sienes retumban! ¡La noche da vueltas en mis ojos, bajo este sol! El corazón… Los miembros…

¿Adónde vamos? ¿Al combate? ¡Soy débil! Los demás avanzan. Los avíos, las armas… ¡el tiempo!…

¡Fuego! ¡Disparadme! ¡Aquí!, o me rindo. — ¡Cobardes! — ¡Me mato! ¡Me arrojo a los pies de los caballos!

¡Ah!...

— Ya me acostumbraré.

¡Sería la vida francesa, el sendero del honor!