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Crónicas del fracaso

Oriol Espinal

§ Poesía / 1990 - 2001

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El tema común de los poemas de Crónicas del fracaso, el primero de mis tres poemarios escritos en catalán, se nutre de la imposibilidad de alcanzar la perfección y de la irremisible condena al fracaso a la que todo proyecto humano está abocado. No se trata de un mero destino trágico, sino de la conciencia de que toda creación es un naufragio en potencia, una tentativa que se deshace entre los límites del talento, la inseguridad ante la tormenta de los días, los errores estratégicos, las trampas emocionales o, en última instancia, la fatalidad tout court.
En este libro, el fracaso no es solo una derrota, sino también un principio creador, un intersticio donde el lenguaje se ve forzado a reinventarse. En el marco de la tradición literaria que va de la tragedia griega a la poética moderna de la ruina, estos poemas dialogan con el vacío y la descomposición, con la figura del poeta como testigo de la decadencia de lo que alguna vez fue luz y promesa. La presencia de la memoria como un espectro que socava el presente, el desarraigo de la identidad entre la lucidez y el espejismo, y el choque entre el deseo y la imposibilidad estructuran estas crónicas donde el fracaso deviene la única certeza.
Así, el fracaso es un campo de batalla: el sueño devorado por su propio reflejo, el poema condenado a deshacerse en la piel del agua, el augurio que confunde el destino con la repetición infinita de la caída. A través de imágenes que evocan la mitología y la historia, de visiones donde los personajes transitan entre lo onírico y lo alegórico, Crónicas del fracaso se adentra en el naufragio de la palabra y en la erosión del sentido. La sombra de Celan, de Valente, de Pound y de la Odisea atraviesa estos textos, donde los dioses se desmoronan en ceniza, la luz se corrompe en la noche y el yo se dispersa en la intemperie de lo innombrable.
En el fondo, lo que late en estos poemas no es solo la certeza de la caída, sino la búsqueda de su reverso: la posibilidad de que en la grieta misma del fracaso se aloje la revelación. Porque si toda empresa está condenada a perderse, si todo artefacto poético se diluye en el tiempo, acaso no sea el fracaso, sino su testimonio, el que nos ancle a lo que, de otro modo, jamás habríamos podido palpar.

YAMBO, 2023

46 pp.

ISBN-13: 979-8378388554

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Selección de poemas

Un sueño

Como todo invitaba a pensar que aquel estío era real, tú salías de casa y trepabas a la higuera. En cuanto alcanzabas las ramas de la copa, ahuyentabas a las avispas y te comías los higos profanados. Luego asomabas la cabeza entre los pámpanos y mirabas la línea curva del horizonte, y el velero que araba la mar, y la gaviota que se escurría del molde del aire, y los frágiles muros del pinar, y el agave muerto y en flor, y las nubes teñidas de rosa, de lila y de carmín. Finalmente, bajabas del árbol y llamabas a tus hijos, y en cuanto los tenías enfrente, te acercabas al más torpe y lo desnudabas. Insatisfecho de tu obra y dando inicio a un nuevo fracaso, le repintabas el rostro y le rehacías las manos.


Silencios

So atmen die Brände der Zeit
Paul Celan

En todo reencuentro refulge algún fracaso. El nuestro iluminó el bosque que las hogueras del tiempo habían devastado, el bosque donde tus ojos enmascaraban la claridad de los signos y donde mis latidos alimentaban el miedo a una verdad desvelada. Latidos y ojos que hoy son piedras sepultadas bajo el limo de los años perdidos. Si las extraigo, y las lavo, y las acaricio, me dicen que soy el actor de un interludio donde la ausencia se sublima en transparente presencia; me dicen que a ti te dicen que el silencio no es agua para regar lo que planté en tu pecho; me dicen que ya no te agrada oír esa voz soñada cuando te incita a convertir mis viejos ojos en ocasos de miel seca y ámbar rajado; me dicen que si el bosque reverdece y el círculo se cierra, seré yo quien entonces te muestre los porvenires improbables, y quien are tu mente con imágenes del dios que habita en mí, y quien se niegue a perturbar el silencio elocuente que aún hoy nos amordaza si la vergüenza nos clava su aguijón. Luego las piedras callan y el cieno se las traga. Y al caer la noche, como penitencia por no haber regado el árbol dormido, nuevamente deberemos sufrir los sueños recurrentes: despiadada y voraz alimaña que se agiganta con las cenizas del tiempo.


Naufragios

Si el temor a no divisar tierra firme te hacía creer que el vestido de mi ausencia era un lienzo de sombras tejido por estrellas y borrascas, yo te quitaba las algas del rostro y al oído te decía el nombre que jamás he tenido, el nombre que como un aullido pegaba fuego a los naufragios de tu mente y te incitaba a profanar la alcoba donde memoria y sueños se confunden, y también a dar forma a mi cuerpo, esa masa proteica que tú revestías con labios y vulvas que habían dado goce a la lengua y al pene de un dios.

Malherido y hambriento, yo miraba la playa y balbuceaba la palabra muerte. Y tú, sin decir nada, me lamías la sangre del pecho, me lamías, como una perra a su camada, hasta que la palabra vida emergía del mar del sueño.

Tu sexo sonreía, y el nuevo naufragio era una fiesta.