¿Qué puede capturar la fotografía cuando su objeto no pertenece al presente? Time Past and Time Future plantea esta paradoja: representar dos momentos radicales del tiempo —el pasado absoluto y el futuro posthumano— que, en rigor, no pueden ser registrados por ser infotografiables. La imagen, hecha de presente, solo puede simular, sugerir, proyectar.
Los paisajes capturados —desprovistos de presencia humana o vestigios de civilización— remiten a un mundo ajeno al sujeto que mira: un mundo anterior a toda cultura y posterior a cualquier forma de organización consciente. Dos extremos temporales que, como caras de una misma moneda, se funden en una visión despojada del tiempo histórico. Pero estos paisajes, que se nos presentan como ahumanos, han sido observados, encuadrados y registrados por una conciencia: por un fotógrafo y su cámara. La mirada del hombre reaparece allí donde parecía haberse retirado.
Como testigo que se sitúa ante esa inmensidad tan descontrolada como incontrolable, me pregunto: ¿para qué registrar lo que ya contiene, en su propia forma, el germen de la desaparición? ¿Qué sentido tiene capturar lo que, por esencia, se resiste a la fijeza? Tal vez la fotografía, en este contexto, no sea un intento de inmovilizar el mundo, sino de rozar su retirada; no de detener el devenir, sino de esbozar su indiferencia.
Time Past and Time Future no busca documentar, ni despertar nostalgia, ni aventurar una profecía. Es un gesto. Un intento de recordar que el mundo —antes y después de nosotros— sigue y seguirá su curso hacia lo desconocido, indiferente al lenguaje y a la memoria.
Pero aquí se abre una paradoja aún más profunda: existir implica ser, y ser es, en última instancia, un concepto humano. No hay existencia sin conciencia, sin mirada, sin un aparato sensorial y simbólico que valide lo real. ¿Qué es un mundo sin observador? ¿Puede decirse que algo es si no hay nadie que lo perciba, lo recree y lo recuerde?
La realidad que estas imágenes tratan de sugerir —una realidad sin nosotros— se vuelve entonces equívoca. Porque incluso en su radical neutralidad, incluso en su supuesta pureza, el paisaje ha sido ya atravesado por la mirada. Fotografiar un mundo sin humanos es un acto profundamente humano. En el mismo intento de borrar al sujeto, este se delata. Así, la serie no representa un mundo sin humanidad, sino la imposibilidad misma de concebir un mundo completamente fuera de ella. Un paisaje sin figura, sí, pero no sin sujeto. Un tiempo sin historia, pero no sin interpretación.
Y tal vez por eso la fotografía —como el arte, como el pensamiento— no puede sino fracasar. Pero fracasar de forma bella, consciente, reveladora. Porque en ese gesto fallido de querer capturar lo que no puede ser capturado, se abre un espacio para pensar no lo que vemos, sino lo que creemos que podría ser visto.