He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré
y cenaré con él, y él conmigo. Apocalipsis de San Juan, 3:20
Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta.
Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto,
de rasgos desdibujados. El libro de arena, J. L. Borges
Se abatieron los muros,
cayó el templo. J. A. Valente
Fue una tarde lluviosa del pasado otoño cuando el visitante llamó a la puerta. Ese día, como casi todos, no esperaba a nadie y, fiel a mi costumbre de no atender visitas intempestivas, ignoré la llamada. Sin embargo, la insistencia fue tal que no me quedó otro remedio que abrir sin siquiera darme tiempo a pegar el ojo en la mirilla.
A escasos metros del umbral, un desconocido aguardaba bajo la lluvia, inmóvil, en silencio y completamente ajeno al mal tiempo. Nos miramos mutuamente durante unos largos segundos. De pronto, prescindiendo de todo protocolo, cruzó el umbral y entró en el recibidor. Sorprendido, le pregunté qué deseaba. Respondió que venía a hacerme una propuesta que disiparía mi tedio. Picado por la curiosidad, lo invité a pasar a mi estudio. Una vez sentados uno frente al otro, deslizó la mano en el bolsillo interior de su gabardina, extrajo un sobre y me lo entregó, pidiéndome que examinara detenidamente el contenido.
Abrí el sobre —no sin cierto nerviosismo— y extraje un fajo de papeles que reunían una serie de textos poéticos escritos en catalán. Tras una lectura atenta, advertí que aquellos recortes podían clasificarse en tres categorías. La primera correspondía a un conjunto de sesenta y seis versos, uno por hoja, unificados por un uso sistemático de la anáfora y de un tinte, si se me permite, apocalíptico. La segunda categoría se reducía a un único verso, «És temps de bastir el temple» (Es tiempo de erigir el templo), inscrito bajo el título Respuesta. Finalmente, la última consistía en once letras mayúsculas, distribuidas en igual número de papeles, con las cuales, días más tarde y tras múltiples combinaciones, formé dos palabras que parecían encerrar el título más probable de aquel conjunto de versos: Cants Finals (Cantos finales).
Tras releer varias veces aquellos papeles, e incapaz de contener por más tiempo mi creciente curiosidad, pregunté al visitante qué deseaba que hiciera con ellos. Respondió que venía a encomendarme una tarea: la confección de cuatro libros ilustrados y la composición de un caligrama, utilizando ese material como punto de partida. Mientras me entregaba un segundo sobre, añadió que los libros debían ajustarse a ciertas condiciones. Al abrirlo, mi asombro se transformó en estupor al descubrir que tales condiciones se hallaban codificadas en el siguiente diagrama:
Aparte de las reglas del juego contenidas en aquel gráfico esotérico —reglas que no supe interpretar de inmediato, salvo aquella que determinaba el número de páginas por libro—, el visitante me aseguró que tenía carta blanca para definir el formato, la presentación y la encuadernación de los libros. Podía distribuir los versos en las páginas según mi criterio y emplear el verso Respuesta tantas veces y de la manera que considerase conveniente. Sin embargo, en el gráfico no figuraba la menor alusión al caligrama, por lo que no tuve más remedio que solicitar una aclaración. El visitante se limitó a responder: «La materia gira y el espíritu reposa». El resto quedaba en mis manos.
Dicho esto, me miró de un modo beatífico, mientras el estudio quedaba sumido en esa especie de silencio que te desnuda de lo terreno para elevarte a lo angélico. Lamentablemente, aquel momento tan especial fue muy fugaz, pues mi deseo de mostrarme diligente desencadenó dos fuerzas destructoras: la precipitación (defecto perdonable, al ser fruto de la inexperiencia), que profanó aquel silencio cuando asentí demasiado pronto a la propuesta, y la indiscreción (defecto imperdonable en este y en todos los casos), que terminó de devastarlo al formular al visitante preguntas sobre el porqué de aquellos versos y su encargo, y —lo que es peor— acerca de su identidad y procedencia. Sin perder en ningún momento su talante estoico, dijo:
—Vendré a visitarte el próximo otoño, y recuerda este consejo si la noche te asediara.
Tras recoger un trozo de tiza del suelo, escribió unas palabras en el dintel. Al terminar, me advirtió que no debía leerlas hasta que se hubiera marchado. Luego cerró los ojos y se deslizó en silencio por la rendija de la puerta entreabierta. La confusión que me embargaba no impidió que mis ojos se posaran de inmediato en la inscripción, cuya caligrafía, casi ininteligible, me ofreció no pocos obstáculos. El fruto de mis esfuerzos fue el siguiente:
Las manos hacen crecer el libro
y despiertan el estallido aletargado en su seno.
Luego construyen el tiempo y el templo
que a todos nos son dados.
Pasé muchos días intentando desentrañar la intención oculta de aquella extraña visita. El desasosiego me distraía, y no fui capaz de ponerme a trabajar hasta varias semanas más tarde. Las primeras ideas que me rondaban por la cabeza concernían únicamente a la confección de los libros y prosperaban o decaían en la medida en que se ajustaban a las condiciones del diagrama. Con el tiempo, aquellas condiciones —que creí interpretar cuando mi intuición se liberó de los prejuicios que arrastraba— se convirtieron en valiosas aliadas para la resolución del encargo. Pero no haré comentarios sobre este particular, pues sería destruir el territorio misterioso sobre el que se edifica toda obra artística.
En cuanto al caligrama, inicié su composición ordenando los sesenta y seis versos de la primera categoría en parejas que rimasen asonantemente. Luego reagrupé esas parejas en estrofas de seis versos, formando un total de once, que encabecé con sendas letras del título Cants Finals. Con todo ello, y el verso Respuesta, armé una rueda. Comprendí entonces que no se trataba solo de ordenar unos versos, sino de hallar la forma capaz de contenerlos sin traicionar su ritmo y sentido. Durante días, cada intento de disposición me parecía arbitrario o inútil, hasta que la sentencia del visitante —«La materia gira y el espíritu reposa»—, conjugada con el recuerdo de una enseñanza taoísta que me rondaba la memoria, hizo posible el milagro. Vi con claridad que el templo no debía ser erigido en línea recta, sino en círculo. Que el tiempo del templo no avanza: regresa.
Después de un año de intenso trabajo, he podido, por fin, cumplir mi compromiso. Ahora solo espero que mi cliente haga acto de aparición y retire satisfecho el encargo. Sin embargo, considerando que no ha dado la menor señal de vida, pese a que estamos prácticamente fuera de plazo, su silencio me plantea la duda de si su visita ocurrió realmente. No dejo de preguntarme si aquel encuentro tuvo lugar en el ámbito de uno de esos sueños que se adentran en la vigilia y se deslizan en nuestra conciencia adormilada, para luego despertarla en una atmósfera de luces y sombras confundidas —lo que los antiguos denominaron ἀποκάλυψις. En todo caso, seguiré aguardando con paciencia, o cuanto menos con la esperanza de que su espíritu derrame en mi noche un nuevo sueño inspirador.