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Codex Viatoris

Oriol Espinal

§ Libro de artista / Galería Mª José Castellví, 1993-1994


Codex Viatoris ocupa, dentro de Escenarios para un periplo, la posición axial de libro-santuario. Inserto en la escultura Refugio para caminantes, su emplazamiento en el núcleo exacto de su estructura cúbica confiere a la obra un estatuto de centro geométrico y simbólico a un tiempo. Cerrado bajo la cubierta que ostenta un círculo de escamas —alusión inequívoca al dragón dormido—, el libro solo podía ser abierto tras la experiencia liminar: atravesar la puerta estrecha, recorrer el laberinto del suelo y culminar en el altar central. La apertura del pesado y voluminoso códice suponía la consumación de un rito de paso en el que el espectador se convertía en actor de su propia osadía.

El desarrollo interno del Codex Viatoris se ordena según una lógica estricta de repetición y progresión. Seis laberintos idénticos en su trazado reciben de manera incremental los seis versos de un poema que, traducido a cinco lenguas, se inscribe paso a paso en el recorrido:

Verán la luz aquellos que caminan en la oscuridad,
porque no hay caminos y sí caminantes y silencio.
La noche de los caminantes es la vigilia del día del centro.
El dolor es el alba que apacigua sus dudas.
El combate amalgama en ellos lo viejo y lo nuevo.
Y si culminan un centro, huyen hacia otras periferias.

La lectura del poema se articula, por tanto, en paralelo a la experiencia del desplazamiento por el laberinto: no se lee de golpe, sino que se conquista a través de una secuencia de avances. En esta performatividad textual radica su especificidad: el lector deja de ser mero receptor para devenir caminante, encarnando en su acto de lectura la paradoja del tránsito iniciático.

El Codex Viatoris prolonga la genealogía de Drachenberg —pieza del proyecto Drache, citada en la página 9 y rodeada de doce constelaciones del dragón—, y en su lenguaje gráfico establece un diálogo crítico con los tratados herméticos de Robert Fludd y Athanasius Kircher. Sin embargo, esta filiación no es mimética, sino paródica: se trata de una reescritura que adopta la apariencia del compendio erudito para subvertirla en clave poética y simbólica. Allí donde los sabios barrocos pretendían ofrecer una scientia universalis, el Codex plantea un relato ficticio que dramatiza el acto de búsqueda, más que el hallazgo de una verdad absoluta.

Imagen de Refugio para caminantes
Refugio para caminantes & Codex Viatoris

Tal como han subrayado el propio autor y Pilar Parcerisas, Refugio para caminantes debe entenderse como arquitectura iniciática donde el espectador deja de ser testigo para convertirse en oficiante. El Codex es así la huella del mismo acto de inmersión: adentrarse, atravesar, violentar el umbral y leer. En este sentido, el arte ya no se agota en la contemplación, sino que se actualiza en la acción compartida. La pasividad del espectador se transmuta en praxis creadora, completando la obra en su dimensión ritual.

Por ello, Codex Viatoris condensa la paradoja axial de Escenarios para un periplo: un viaje que nunca se clausura, en busca de un centro siempre huidizo, cuya consecución empuja ineludiblemente hacia nuevas periferias. La obra, libro y escultura, se sitúa, pues, en la intersección de lo artístico, lo místico y lo filosófico, reivindicando la imposibilidad de un cierre definitivo y la necesidad de la búsqueda constante como única forma de conocimiento.

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