Las aguas es un proyecto concebido como una meditación visual sobre el tiempo y el orden —o el desorden— cósmico. A través de la representación simbólica del agua en sus múltiples formas y significados, la obra se articula como una tríada de gran formato —tres pinturas sobre papel de 200 x 200 cm— donde se despliega una poética de lo fluido, lo cíclico y la trascendencia del universo.
La tríada se compone de tres piezas autónomas pero íntimamente entrelazadas: Las aguas #anillo, Las aguas #luz y Las aguas #tiempo. Cada una se organiza en torno a una estructura mandálica, con una forma circular central que condensa una visión simbólica del agua como elemento generador, matriz arquetípica y símbolo del devenir.
Las aguas #anillo
En esta primera pieza, un gran anillo de líneas trenzadas ocupa el centro de la composición, evocando los movimientos del agua en su fluir perpetuo. Circundando esta forma, aparece un círculo de palabras troqueladas en el papel, que remiten a cuatro manifestaciones fundamentales del agua y a sus atributos simbólicos:
- Los mares: aguas primeras, disolventes, abismales…
- Las nubes: aguas ligeras, evolutivas, celestes…
- Las lluvias: aguas mutantes, involutivas, axiales…
- Los ríos: aguas telúricas, itinerantes, vivas…
Los textos troquelados no son un mero ornamento, sino parte esencial de la imagen, pues articulan una cosmología líquida, donde el agua se asimila al origen y al cambio permanente.
Las aguas#luz
Esta pieza ocupa el lugar central del tríptico. Aquí, la imagen se densifica y adquiere un carácter más metafísico. En el centro de la composición se presenta un disco negro, símbolo del vacío primordial o del misterio cósmico. Dentro de él, el anillo trenzado resurge en blanco, como un negativo luminoso de la forma anterior. Circundando el borde exterior del disco, se despliega un mantra visual: la palabra ceroinfinito repetida sin pausas ni espacios. Este vocablo dual funciona como frontera y como umbral: el limes entre lo visible y lo oculto, entre lo cognoscible y lo inalcanzable.
Las aguas #tiempo
La tercera y última pintura retoma el círculo textual de ceroinfinito y lo incorpora como marco de la imagen central. En esta encontramos nuevamente el anillo de líneas trenzadas, pero en este caso rodeando un toroide plano, dividido en cuatro cuadrantes cromáticos que aluden a las estaciones del año y a los cuatro elementos clásicos. Sobre esta forma se superpone una piel de escamas de plomo que remite a la figura del ouroboros, símbolo ancestral del tiempo cíclico, del eterno retorno, de la unidad entre principio y fin, acaso entre comienzo y recomienzo, pues la idea de fin tal vez no sea más que una ficción de la conciencia.
Es importante señalar que Las aguas no narra, sino que invoca. No describe el agua, sino que la cifra como símbolo universal. En su concepción formal se percibe la influencia de múltiples imágenes y tradiciones: desde los grabados de Gustave Doré para el Paraíso de Dante o las lacerías celtas, a las imágenes cosmogónicas de Robert Fludd y Thomas Wright; desde la iconografía de los mandalas tibetanos o el laberinto de Chartres a la Rueda de los Vientos del Codex Vigilanus; desde la de los mandalas cósmico de Bután —que anticipan la representación del átomo— al tapiz de Gerona y el Cristo que corona el axis mundi del Misal de Berthold, sin olvidar el Nudo de Leonardo o la vista interior de la cúpula del crucero de la Colegiata de Cardona, donde en la primavera de 1999 fue instalado, bajo su ábside, un altar diseñado y construido por quien esto escribe.
Las aguas, en definitiva, no aspira a ser un mero juego visual, sino una invitación a contemplar y contemplarse. La forma mandálica sugiere una imagen del todo: sin ornamento ni relato, sólo concentración y unidad. Si la tecnología lo permitiera, incluso el más mínimo fragmento de estas pinturas revelaría la totalidad, como si en lo ínfimo residiera la inmensidad universal.