La instalación Observatorio del origen propone una reflexión sobre el acto de observar y la transformación de la experiencia interior cuando se traduce en representación material. La obra se estructura a partir de una dialéctica entre el ojo y la mirada, el adentro y el afuera, la luz y la sombra, interpelando al espectador no solo como observador pasivo, sino como participante activo de un proceso perceptivo y simbólico.
La pieza está compuesta por un gran plafón de 200 x 200 cms, que sostiene la imagen de un ojo monumental con una pupila contraída en su centro. Frente a él se dispone una silla forrada en plomo, en cuyo dorso se inscribe el poema:
Escuchar la noche del ojo
nos acerca a esa luz
que moja y consuela los páramos:
fulgor que nos unge
cuando mana desde la sombra hueca
Este texto actúa como umbral conceptual, una invitación a la introspección y a la experimentación sensorial que la obra propone. Si el espectador elige interactuar con la instalación y se sienta frente al plafón, al acercar su ojo a la pupila del ojo monumental es transportado a una experiencia óptica donde la imagen de un círculo de luz se multiplica en un túnel infinito. Este efecto, generado por un juego de espejos iluminado con un pequeño fluorescente, da la impresión de penetrar en una profundidad hacia lo radical que contrasta con el plano oscuro y bidimensional del plafón exterior.
Sin embargo, esta visión interior no es meramente un fenómeno óptico, sino una representación conceptual de la idea en su estado más puro. El túnel de luz simboliza el viaje de la idea desde su origen, vibrante e infinita en su esencia, mientras que su manifestación externa en la superficie del plafón se va disipando, perdiendo vigor y claridad. La obra enfatiza así la paradoja de la creación: cuanto más se intenta materializar una idea, más se diluye su energía original en la forma concreta.
Esta propuesta dialoga con la obra Étant donnés de Marcel Duchamp, en el sentido de que obliga al espectador a adoptar un punto de vista específico y a comprometerse con la acción de mirar para acceder a otra dimensión de la realidad. Al igual que en la obra de Duchamp, la instalación no se revela en su totalidad a través de la contemplación pasiva, sino que exige una interacción activa para desvelar aquello que yace más allá de la superficie inmediata. En Observatorio del origen, esta revelación no solo es un juego visual, sino también una metáfora de la percepción misma: como en el mar, donde lo visible en la superficie es solo una fracción de sus profundidades ocultas, el ojo gigante sugiere que la realidad tiene capas que solo pueden ser alcanzadas mediante una exploración consciente y comprometida.
La paradoja visual refuerza esta premisa conceptual: mientras el interior se ilumina progresivamente en un juego de expansión desde el origen —que paradójicamente no tiene comienzo porque es infinito—, la representación externa de las ondas se disuelve en la periferia, perdiendo definición y vigor. De este modo, Observatorio del origen sugiere que la imagen interior, en su estado puro, posee un fulgor inaprensible que se debilita cuando intenta manifestarse en el espacio material.
Asimismo, la obra establece una oposición entre dos formas de aproximarse al arte: la contemplación pasiva, que solo percibe la superficie de la imagen, y la inmersión activa, que exige la participación del cuerpo y la mirada para revelar la dimensión oculta de la experiencia estética. Al hacerlo, Observatorio del origen, al igual que otras obras que realicé con anterioridad, no solo replantea la manera de mirar el arte, sino también la propia condición del espectador en su rol de intérprete y cómplice del fenómeno artístico.
Así, la instalación se configura como un dispositivo de percepción en el que luz y sombra, interior y exterior, profundidad y superficie se tensionan en un juego que desafía la estabilidad de la mirada y la certidumbre de la forma. Es en ese umbral, entre la oscuridad y el fulgor, donde la obra cobra vida en la experiencia del observador.