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Desquites

Oriol Espinal

§ Novela / 2000-2001

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Desquites es una ficción inspirada en dos experiencias personales. La primera, haber sido víctima de abusos sexuales a manos de un sacerdote pederasta; la segunda, haberme encontrado, dos décadas más tarde y de manera inesperada, frente a mi agresor, a quien la casualidad lo había enviado a oficiar el funeral de uno de mis hermanos. Presa del asombro y reprimiendo mis instintos más primarios, me limité a mirar al cura desde la posición emocional del que ríe el último. Sé, lo leí en sus ojos, que verse ante mí en semejante aprieto supuso para él una penitencia humillante. Por el contrario, yo viví aquel desenlace como un desquite que el destino estaba obrando por mí.

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YAMBO, 2023

78 pp.

ISBN-13: 979-8378976836

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Sección I

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Suena el teléfono. Tú rezongas y descuelgas. Anselmo, el sacristán, te notifica el fallecimiento de un interno de la Fundación MM. Le preguntas el nombre y los apellidos del finado. Al escucharlos los sientes como piedras golpeando tu cabeza. Le dices que a las diez y cuelgas. Presa de un agobio repentino te hundes en el sillón y te roes las uñas. Luego te pellizcas las mejillas y aprietas los puños hasta sentir dolor. Un intenso retortijón anuncia que ya nada ni nadie podrán evitar que la galerna de tu conciencia termine precipitándote al más amargo de los océanos de tribulación y crujir de dientes. El coro de tus borborigmos parodia la voz de un mar embravecido estallando contra una muralla costera. Ahora percibes cómo los garbanzos del almuerzo acometen el último tramo de tus tripas. Como si Dios mismo te hubiese concedido un peculiar don de lenguas y al tiempo que te dices: «No deseo yo ese don», eres capaz de traducir los ruidos que en su avance produce el cocido descompuesto. Lo que para el común de los mortales serían vocablos onomatopéyicos, para ti son enunciados exclamativos del tipo: «¡Necesitamos ayuda! ¡Estamos siendo víctimas de un meteoro inaudito! ¡Hay que taponar las fuentes!». Luego, mientras en tu mente se hace visible un retrato de Mario, te pones en pie y te dices que todos los demonios del infierno se han conjurado en tu contra. Un repentino retumbar de latidos trasciende tu pecho como si te estuviese martilleando el mismísimo dios del trueno. Una y otra vez, una y otra vez. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! ¿Acaso porfiando para que la tormenta suscite el interés de algunos moradores del Parnaso? Homero es ciego. Tal vez desde su hornacina de gloria Shakespeare, Conrad, London o Melville podrían estar dedicando una mirada a tan peculiar tifón. En este punto te resulta imposible no pensar en Moby Dick. Sí, también la ballena blanca ha despertado de su letargo y con ira diabólica se pone a embestir tu maltrecho tajamar. ¡Bum! ¡Bum! ¡Bum! «¡Eh, Tashtego! Quiero escuchar tu martillo», grita la voz de tu memoria. Y mientras entre retortijones te refugias en el baño, tu particular capitán Ahab te maldice diciendo con voz de trueno: «Ego non baptizo te in nomine Patris, sed in nomine diaboli!».(1)

Sabedor de que tan solo unas horas te separan del que podría ser el día más complicado de tu vida, recuerdas que Ahab aseveraba que pensar era una audacia y que solo Dios tenía el derecho y el privilegio de hacerlo. Luego, tratando de infundirte ánimos y mirando al crucifijo, te dices que siempre podría ser peor y que como quien no se consuela es porque no quiere, lo tuyo no deja de ser una insignificancia comparado con lo del viejo Job. Una densa hediondez se adueña del aire. El trasvase llega a su fin y con ello se instala una calma aparente. Con primor y sin escatimar recursos te aseas y tiras de la cadena. Algo se tuerce. El sifón del inodoro se ha obstruido. Demasiado papel. Y para colmo de males el mecanismo de la cisterna se atasca en el peor momento. El nivel de las aguas asciende hasta límites preocupantes. Tratas de cerrar la llave de paso, pero la cal y la herrumbre la mantienen bloqueada. Como un héroe exasperado forcejeas con el grifo. Cuando la crecida se dispone a desbordarse, vences la resistencia y cortas el agua in extremis. Aliviado, sueltas un bufido y te dices: «Al llegar el séptimo día, la tempestad del diluvio fue aminorando su acometida.(2) Mañana tendré que llamar al fontanero. Vaya lata de día. Es lo último que me faltaba». Reprimiendo una náusea, bajas la tapa. Luego te lavas las manos y te miras en el espejo. A diferencia de Narciso, tú sí te asustas al ver tu reflejo: en un decir Jesús tu rostro se ha transformado en un sarcasmo sin gracia, en una mala caricatura de Judas, en una gárgola mohosa y ulcerada. Negándote a ti mismo, trazas un garabato acuoso en el espejo y sales del baño. El retumbo tempestuoso de tus tripas ya es historia. No, en cambio, el que se está produciendo en la cavidad torácica. Tu corazón galopa como un jaco desbocado. Tratas de amansarlo dando algunos pasos, pero tu órgano se resiste a romper su hermandad con el corazón del apestado que se sabe descubierto, con el del prófugo sin arte ni suerte, con el del hereje en el momento de ser prendido. Te hundes nuevamente en la butaca y te cubres la cara con las manos. Te dices que desearías ser de barro, como Adán justo antes del soplo divino; te dices que desearías usurpar el poder de ese Dios que sin atender a razones ha desatado el caos en tu cuerpo; te dices que desearías ser Dios mismo, para así poder eliminar el reconcomio que ha embarrancado en tu rostro; te dices que desearías eludir la mirada de ese Cristo crucificado que cuelga frente a ti, de ese compañero de fatigas que a lo largo de los años ha sido testigo silencioso no solo de tus tardes de licor y rosas sino de cada una de tus noches de vinagre y espinas. «Hermanos, en verdad os digo que esta muerte no es una muerte cualquiera», se te antoja que podrías decir como arranque de la homilía. De inmediato rectificas: «Pensar ahora en sermones es algo que entraña en sí mismo la asunción de la derrota sin siquiera haber presentado batalla». Reanimado por una súbita confianza en poder salir airoso del embrollo, removerás Roma con Santiago para quitarte el muerto de encima.

—Jaime, disculpa que te llame a horas tan intempestivas, pero es que me hallo en una situación que requiere tu ayuda. Resulta que esta tarde ha fallecido uno de los chicos de la Fundación. (…) Sí, un tal Román Andreu. Si no he entendido mal, era uno de los internos con mayor grado de discapacidad. (…) Veinte y tantos. (…) Sí, pobre, muy joven. Aunque estos chicos, ya se sabe, no suelen vivir muchos años. (…) No, no me encuentro bien. Estoy en cama. (…) Sí, sí, la gripe intestinal. (…) ¿También el obispo? Pues si que… ¿Tú tendrías algún inconveniente en cubrirme? (…) ¿No? Pues tibi gratias. Te debo una. (…) Sí, mañana a las diez en punto. (…) Sí, sí, me cuidaré, descuida.

[¡Qué alivio, Señor! Gracias, un millón de gracias por tu infinita misericordia. No sé qué habría sido de mí si al final hubiera tenido que decir misa ante el hermano, ¡y el primo!, de ese chico anormal. No me habría resultado nada fácil lidiar un toro de semejante trapío. Porque mucho me temo que ni el uno ni el otro deben ser de los que olvidan fácilmente. En cualquier caso, estoy seguro de que Mario no habría llegado más allá de un alanceo cruel con esa mirada cínica y distante que solía adoptar cuando estaba cruzado. Pero su primo Nilo… Ese era harina de otro costal. Ese habría reaccionado mal en el mismo introito. De no ser que la vida le haya ablandado su carácter colérico ante el desorden , habría sido perfectamente capaz de estallar en medio de la ceremonia y acribillarme con mil improperios, y eso que con él no pude llegar a mayores. En verdad que fue una lástima que las cosas se torcieran a última hora, pues no es habitual que en el camino de uno se crucen chicos tan dotados. ¡Demonios, estas sábanas están heladas! Pensaré en el verano. Queda todavía lejano. Verano. Ver-ano. Nunca había reparado en ello. Me imagino que los proctólogos lo habrán convertido en su temporada favorita. Colonoscopia en un atardecer colombiano. Buen título para un filme marrano. Aunque yo prefiero material de carne y hueso, y a ser posible lozano. ¿No resulta penoso que cristiano acabe como acaba, y mano, y hermano, y humano, y Romano —Giulio Pippi—,(3) y casi asno, de oro o no, y Vaticano, y…? Pippi, vaya apellido. Y aún tuvo suerte de no llamarse Dorato de segundo. Todo un riesgo esto de los apellidos. ¿Será por eso que los romanos pontífices prefieren un nombre de pila? Nombre de guerra para un hombre de paz. No siempre ha sido así. Por otro lado, no puedo imaginarme al papa Julio IV llamándose Julio Pippi I. ¡Habemus papam, habemus papam! ¡El papa Julio Pippi I! Claro que para algunos pocos enterados habría resultado más divertido que el supuesto papa se hubiese llamado Pierre Pippi, como los periquitos de Joyce. Ahhhhh, Primer bostezo de la noche. Morfeo se dispone a noquearme. ¡Morfeo, qué nombre tan feo para el hijo de Hipno! Prefiero el original en griego. Μορφεύς. Suena a portugués. Morfeus. Sí. Morfeus, eu te amo. Amo Morfeus, trátame bien esta noche. Amo Morfeus, tu nombre contiene los dos tiempos de un bostezo. Amo Morfeus, llévame, llévame a tu reino de nunca jamás y deléitame con un hermoso sueño arcádico. Sugiero una variante de aquel sueño donde un enano llamado Onán perseguía a un esbelto chicuelo italiano, quien además de llamarse Mario e ir disfrazado de Blancanieves, se dedicaba a distraer a su perseguidor soltando frases, todas ellas trufadas de palíndromos, del tipo: «Amigo, no gima, pues yo sé verle del revés. Y no me obligue a lanzarle una de mis saetas ateas, porque no así Mario oirá misa ni se olvidará de que usted, don Onán, es enano. Sepa usted que aunque me pirran los libros picantes, el Delta de Nin (sí, Anaïs) ya no me excita y De Sade me da sed, especialmente si el señor marqués me obliga a escuchar su canción Amor romano, una letrilla infame que comienza con el palíndromo “A ti, modosa sodomita”». Sí, amo Morfeus, ese sueño en el que, tras la escena del niño y el enano, irrumpía un hombre encaramado en lo alto de una torre de marfil erigida en el mismo ombligo de la mala vida, un hombre que decía ser mago y llamarse Simón Marius Macabeo,(4) un hombre que después de haber echado pestes contra el putero e hidrófobo de su hijo, miraba con embeleso la rosa blanca de Andrómeda, un hombre que al salir el sol se arrojaba al vacío y descendía planeando cual ave carroñera, un hombre que se posaba ante mí transformado en un eremita, coronado con la llama del Espíritu Santo, que me exhortaba diciendo: «Pietro, Pietro: arrête, arrête toi!». «¡Non posso, non posso!», yo le respondía. «Why, Pietro, why?», me preguntaba él. Entre gimoteos yo alegaba que unos endecasílabos me tenían presa el alma. «¿Y qué puede haber de malo en los versos?», inquiría Simón. Sonrojado e incapaz de mirarle a los ojos, yo le aclaraba que los versos eran obra de un poeta procaz y libertino llamado Pietro Aretino. Llevándose las manos a la cabeza, el eremita profería un fuerte «¡Vade retro, hijo de puta cortigiana!»,(5) tras el cual yo me ponía a recitar histriónicamente el décimo de los dieciséis sonetos de quien para Ariosto era il flagello de’ Principi,(6) ese soneto cuya primera estrofa dice:

Io ‘l voglio in cul, tu mi perdonerai.
—O donna, io no vo’ far questo peccato:
Perché quest’è un cibo da prelato,
C’hanno il gusto perduto sempre mai.

Un soneto que el mago cortaba de cuajo gritando a voz en cuello: «¡Giulio Romano a la hoguera! ¡Giulio III al infierno! ¡Morte, morte e oblìo per il cavaliere di San Pietro, Pietro Aretino!».(7) Vamos, amo Morfeus, tú siempre te has significado por ser un buen cuentacuentos. Y te ruego que no te ofendas, amo Mor… feo, si bostezo de nuevo. Siento de pronto el calor de tu mano en mi frente. Resulta francamente curioso que ano esté en mano, y en enano (el sueño de mis sueños), y en anofeles (todavía puedo picar), y en anomuro (ah, cómo me pirran los caracoles), y en anormal (de ti me he librado, Román), y en anomalía (más de uno me adjetiva de ese modo), y en anopuro (lo han dicho de mí, con segundas, —¡oh Dios, cómo los odio!— los más viles anopluros(8) del pueblo). Porque puro sigo siendo de corazón y de alma, de corazón y de alma, de corazón y de alma. Vamos, amo Morfeus, trátame bien esta noche. Llévame a tu reino de fantasía y pergeña un sueño celestial que amanse mi alma, endulce mi calma y caliente mi cama. Sí, el sueño del enano enamorado y el chicuelo americano disfrazado de Blancanieves. Vamos, vamos, vamos, y que el muchacho sea rubio claro, y de ojos zarcos, y tan blanco como la luna llena. Vamos, Amo Morfeus, no te entretengas y acata y ataca de una vez. Recuerda que lo quiero blanco, muy pero que muy blanco.]

(1) Véase Moby Dick, Cap. 113
(2) Véase Poema de Gilgamesh, Tablilla XI
(3) Giulio Pippi es el nombre verdadero del pintor y arquitecto Giulio Romano, a quien Federico de Gonzaga encargó la construcción del Palacio de Te, en Mantua. En uno de los interiores de dicho palacio, el artista pintó una serie de frescos dedicados a los placeres del amor, inspirados todos ellos en diferentes escenas de El asno de oro de Apuleyo
(4) Simon Dedalus: padre de Stephen Dedalus — Simón el mago: gnóstico y prestidigitador judío que quiso comprar al apóstol Pedro el poder de conferir los dones del Espíritu Santo. Su nombre aparece citado en Hechos, Inferno (canto XIX), La Tentation de Saint Antoine y Ulysses (cap. 17) — Simon Marius: astrónomo bávaro que en 1612 descubrió la nebulosa de Andrómeda — Simón Macabeo: caudillo judío.
(5) Pietro Aretino era hijo de una cortesana. En su Historia de la Literatura Italiana (cap. XVI), Francesco De Sanctis escribe: «Hijo de puta (cortigiana), alma de rey —dijo él mismo [en referencia a Aretino] en numerosas ocasiones».
(6) Ludovico Ariosto, Orlando furioso, canto XLV
(7) Aretino escribió los Sonetti sopra i «XVI modi» tanto a modo de ilustración de los dibujos eróticos de Giulio Romano, como una respuesta al encarcelamiento de Marcantonio Raimondi por haber grabado e impreso las planchas que reproducían los dibujos referidos. Marcantonio Raimondi fue posteriormente excarcelado gracias a la influencia del propio Aretino. Asimismo, el papa Giulio III concedió a Pietro Aretino el título de Caballero de San Pedro.
(8) Se dice de los insectos hemípteros, sin alas, que viven como ectoparásitos en el cuerpo de algunos mamíferos: el piojo y la ladilla entre otros.