Finales se configura como un díptico narrativo compuesto por dos relatos independientes, «Ángel Salvador» y «Salvador Alas». Si bien ambos conservan su autonomía, uno y otro se entrelazan a través de una atmósfera compartida y una serie de elementos formales y conceptuales afines. La estructura de ambos relatos incorpora el teatro y el monólogo dramático, donde un artista se dirige a un interlocutor único. La ópera, presente como trasfondo sonoro, refuerza la intensidad emocional y añade una dimensión estética que enmarca las reflexiones de los protagonistas. Pero aquello que conecta de manera ineludible ambas historias es la decisión última de sus protagonistas: la elección consciente de abandonar la existencia, ya sea a través de la eutanasia voluntaria o del suicidio reflexivo.
Finales
Oriol Espinal
§ Novela / 2001-2005
Ángel Salvador, Acto I
(Al levantarse el telón, ÁNGEL SALVADOR aparece sentado en una butaca tapizada en piel negra. Viste un mono manchado de grasa. Una bombilla roja pende del techo. En el fondo del escenario se proyecta, en blanco y negro y en negativo, la imagen de un perro atropellado.)
BRUNO.— (En off) Por no recordar, es posible que ni te acuerdes del calor extremo que hacía aquella tarde. Claro que, según se mire, aquel bochorno no resulta tan memorable si lo comparamos con la canícula desmandada que estamos padeciendo esta semana. La ola de calor ya es titular en la portada de los periódicos. Aparentemente, ha llegado directamente del Sahara. Y para colmo, los incendios forestales están asediando los alrededores de la ciudad. Hoy mismo nevaba ceniza. Hay quien está viendo el fenómeno como un augurio apocalíptico, aunque yo considero que el presagio tendría mayor credibilidad si los incendios se hubieran desatado en un Miércoles de Ceniza y no en un miércoles de agosto. Por cierto, el día de tu última visita también cayó en miércoles. Hasta ese día los miércoles siempre me habían resultado un poco antipáticos. Ahora ya me da igual, pero en otros tiempos, cuando aún me valía por mí mismo, cada vez que leía la palabra miércoles o la escuchaba en boca de alguien, de súbito acudían a mi memoria los recuerdos de aquellos miércoles del «polvo eres y en polvo te convertirás»; aquellos miércoles siniestros que durante mi infancia abrían la puerta a los deprimentes viernes de Cuaresma, con la merluza y las patatas hervidas, y yo rezongando que no tenía hambre y mi madre advirtiéndome que no me iba a levantar de la mesa hasta que mi plato estuviese limpio como una patena. ¡Pobre mamá! Cada día estoy más convencido de que la demencia senil que padece desde hace un lustro, es, en parte, consecuencia de su obsesión enfermiza por el, digamos, «perfeccionismo católico». Desde muy niña, se negó a ser una practicante del montón. Todo le parecía poco cuando se trataba de mostrar al mundo la fortaleza de su fidelidad al Señor. Un buen día, sin que ningún sacerdote hubiera mediado en su decisión, resolvió que durante el tiempo cuaresmal los sacrificios alimentarios no purificaban lo suficiente si a estos no se añadía una renuncia a todo contacto sexual. A mi padre, como es de suponer, aquella decisión no le hizo la menor gracia, pero al final tuvo que tragar, aunque sin renunciar a poner cara de perro hasta la misma noche del Sábado Santo. «La abstinencia, la abstinencia. ¡Que se la apliquen los clérigos para su uso y disfrute, que para eso han hecho el voto!», me dijo un día, imagino que pensando que su hijo ya tenía la edad suficiente para saber lo que era… la vida. Gran eufemismo, sí señor. Por suerte, el tren de la vida siempre terminaba haciendo parada el plácido Domingo de Resurrección. Ese día señalado, mi padre, al término de la matinal celebración de la vida, no solo recuperaba el buen humor, sino que se mostraba dispuesto a decir amén a cualquier extravagancia que a mamá se le pudiera pasar por la cabeza. Por decirte que en una ocasión lo engatusó para viajar a Roma con el único propósito de subir la Escala Santa, de rodillas, claro está. Pero esto último no deja de ser una minucia comparado con el viaje que hicieron a Tierra del Fuego en pleno invierno austral, donde fueron únicamente para oír misa en la Misión Salesiana Nuestra Señora de la Candelaria.
Visto lo visto, supongo que tampoco te acordarás de que, tras cruzar la puerta del hospital, dudaste de tus intenciones, y te planteaste regresar por donde habías venido. Resulta comprensible si consideramos lo que te traías entre manos. En todo caso, lo que no acabo de tener muy claro es si tu inquietud obedecía a una cuestión de orden moral, o, por el contrario, se trataba de una simple reacción causada por el pánico escénico. Sea lo que fuere, lo cierto es que mientras aguardabas la llegada del ascensor (me lo ha contado un pajarito), sí que te imaginaste a ti mismo encarnando a un deus que se disponía a entrar en su machina justo antes de irrumpir en escena. Y a todo esto, ¡había que ver cómo resollabas! Si me permites la broma cruel, casi tanto como Wagner en Venecia. De poder elegir, ¿con qué te quedarías? ¿Con el asma del compositor o con tu enfisema incipiente? Durante una de tus visitas hospitalarias me contaste que el día que tu médico te advirtió que el enfisema era incompatible con el tabaco, por la noche soñaste que una serpiente anfisbena entraba en tus pulmones, y que antes de convertirlos en su nido, te había conminado a firmar un contrato enfitéutico. Ya ves que de un modo u otro los excesos siempre se acaban cebando con aquel que los comete, aunque sean tan inofensivos como colar un retruécano entre frase y frase. Créeme: leer tanto a Julián Ríos no puede ser bueno para la salud.
Pero regresemos al día de autos. ¿Te acuerdas de las tres ancianas que aguardaban la llegada del ascensor, las mismas que, ante el espectáculo de tus resuellos, te miraron como a un auténtico apestado? Lo que nunca he llegado a saber es qué te dijiste mientras desplegabas el pañuelo con el que absorberías la gota de sudor que te cosquilleaba la nariz. ¿Acaso que aquellas mujeres eran un trío de brujas expulsadas de una pesadilla, unas brujas que estarían al corriente de tus planes y en cuya mirada podía leerse algo así como: «No deseamos otra cosa que presenciar cómo tu pañuelo se transfigura en una blanca paloma, en una sacra, espiritual y hermosa paloma cuya luz, triplemente divina, alivie la angustia vital que corroe nuestras almas condenadas»? De todos modos, y dando por cierto que en aquel momento te hubieras dicho alguna cosa, no creo que tu mente hubiese hilvanado una estupidez menos indigna de la que acabo de soltar, o tal vez sí. Quién sabe. Lo que sí me contó mi pajarito es que mientras tu pañuelo embebía el sudor de tu frente, en tu memoria se hizo visible la imagen de Verónica Veracruz sentada ante un cuadro de la corriente caravaggista, una pintura de gran formato que representaba a Judit desenvainando la espada de Holofernes. En el pasado me habías hablado de Verónica y de tus frecuentes visitas a su taller de restauración. Recuerdo que en una ocasión, poco antes de mi caída y en relación con el cuadro mencionado, me comentaste que si bien el rostro de aquella Judit expresaba la determinación fanática de los héroes, su mirada no dejaba de insinuar ciertos visos de lubricidad. «Un hombre es un hombre, ¡coño!», dijiste antes de añadir: «¿Y ese Holofernes, durmiendo la mona y con esa expresión tan inequívocamente rijosa? Se veía a la legua que el pintor lo había representado de ese modo no para sugerir, sino para decir a las claras que el general estaba soñando cochinadas, quien sabe si en compañía de la viuda hebrea o de una cortesana real. El triunfo de Judit o en la boca muere el pez. Habría quedado bien como título, ¿no crees?».
Salvador Alas (fragmento inicial)
Elvira Miralpeix cruzó el portal de su casa y saludó al conserje. Este, tras responder al saludo, le entregó un paquete que un desconocido había traído para ella. Sin mostrar extrañeza, Elvira agarró el paquete y entró en el ascensor. Durante el trayecto y sintiendo que las preocupaciones la estaban incordiando con más saña de la habitual, pensó que una película de Willy Wilder sería una buena solución para mantenerlas a raya. Dudando entre Irma la douce y The apartment, salió al rellano, entró en su domicilio y se dispuso a abrir el paquete. No escatimó precauciones, pues experiencias anteriores le habían enseñado que entre sus muchos detractores los había capaces de demostrar una maestría inigualable en lo que ella denominaba el «arte de la sorpresa desagradable». En el caso que nos ocupa, la sorpresa no pasaba de ser una simple cinta de vídeo. Olvidándose por completo de Willy Wilder, Elvira introdujo la cinta en el aparato reproductor y se apoltronó frente al televisor. Bajo un débil fondo sonoro en el que se escuchaba el inicio de la Salomé de Richard Strauss, la pantalla mostraba la imagen de un hombre sentado en una butaca, un individuo que en todo momento permanecía en silencio e inmóvil y que se limitaba a mirar fijamente a quien pudiera estar presenciando la escena. Elvira, que aguantó aquella mirada sin pestañear, observó, no sin cierta delectación, cómo de pronto los ojos del individuo adquirían un brillo diamantino; un brillo que había aflorado justo en el momento en que el Paje de Herodías advertía a Narraboth que mirar demasiado a la princesa Salomé podría conllevar consecuencias terribles; un brillo que —en el momento en que Iokanaan proclamaba la pronta llegada de otro mucho más fuerte que él— devenía fulgor de agua bautismal atrapando el sol reflejado en una rosa blanca; un brillo, en fin, que el individuo cubría con los párpados en cuanto el Bautista proclamaba: «Cuando Él venga los ojos de los ciegos verán la luz». Al escuchar las palabras de Iokanaan, Elvira volvió ligeramente la cabeza y miró una mesilla en la que se amontonaban algunas revistas, una de las cuales llevaba en portada la célebre fotografía que Paulina Lavista había tomado a Borges el ciego (y a su sombra) en las ruinas de Teotihuacán. Esbozando una sonrisa, continuó visualizando el vídeo. En ese momento el individuo abría los ojos y decía:
—Cuando Mamá me contó que fui engendrado el mismo día en que ella y papá consumaron el matrimonio, lo hizo mirándome de un modo tan triste… Entonces no supe a qué atribuirlo, pues en aquellos años yo no sabía de la misa la mitad. Por no saber no sabía ni que fui concebido durante la decimocuarta noche del viaje de luna de miel de mis progenitores, aproximadamente una hora después de que ambos hubieran regresado de una representación de Las bodas de Fígaro. ¿En qué teatro? Pues en la recién reconstruida Staatsoper de Viena. ¿Y en qué lugar se puso en marcha la cuenta atrás? De creer a mi progenitor, en esta misma habitación, la 103 del Hotel Imperial, la misma donde esta noche tengo planeado matar dos pájaros de un tiro. El primero en representación de papá, quien minutos antes de fallecer me dijo: «traes muy mala cara». Y yo, que la noche anterior había salido excepcionalmente de mi madriguera para asistir a una representación de Pelléas et Melisande, no pude abstenerme de canturrear en silencio: «Tu as le visage de ceux qui ne vivront pas longtemps». Con un hilo de voz, añadió: «Tengo una deuda pendiente… en Viena… ve tú por mí… hijo…». Y yo, por no contrariar el último deseo de un moribundo que hasta donde yo recuerdo nunca me había llamado hijo, le dije que sí, que descuidara, que viajaría a Viena y pagaría todo lo que hubiese que pagar. Luego, entre expectoraciones y tratando inútilmente de incorporarse, dijo: «Antes de partir debes leer la carta… la carta… está en un cajón de mi escritorio… no será agradable… solo tú puedes lavar la mancha por mí… la mancha… la mancha…». Pasó a mejor vida con la palabra mancha en la boca. Y yo, sin experimentar el menor sentimiento por el muerto, pero muerto de curiosidad me puse de inmediato a hurgar en los cajones del escritorio hasta dar con la dichosa carta. En efecto, no resultó nada agradable enterarme de que la noche de bodas de mis progenitores fue una violación en toda regla. Recuerdo que al término de la lectura me dije con cierta pesadumbre: «Il faut voyager, Il faut voyager!».