Hechos en floración
¿Es nuestro universo el grano de un racimo
en eterna confrontación?
Donde hay espacio hay conflicto,
y donde hay tiempo hay dolor
Y olor de herrumbre
y derrumbe del color de las adelfas,
cuyos pétalos flotarán en los charcos
como barcazas de Caronte a la deriva
Me angustian estas aguas hostiles,
las muecas de la roca ulcerada,
la estéril semilla del náufrago
La brisa apesta a pólvora asesina,
y la luz mortecina esculpe
un hórrido gesto en los rostros
Gotas de plomo en el pecho herido,
y en los escenarios sin tiempo,
navajas y una luna desollada
Cuando caiga la noche, el buitre mondará
los relicarios profanados,
y sobre la oscura raíz de un grito,
erigirá el frío un monumento
De todo eso los cuervos se desentienden
¿Acaso entienden que la mente
es un tapiz urdido con líneas de tiempo
que sofistican el pasado?
Ni eso ni que la poesía
es un cúmulo de hechos en floración
¿Definibles?
Mira las flores de los agaves,
y cómo su sombra oscurece
las sendas que han hollado las hormigas
Lo estoy viendo y no me disgusta
the way ants crawl in and out of their shadow,
aunque puestos a elegir, prefiero mirar
el pictograma indescifrable de los mirlos,
beber el agua celeste de su canto
José Ángel Valente dejó escrito
que el canto del pájaro es líquido,
y también que la palabra poética
solo se reconoce en su fluir
y en el océano del que es deudora
(Luz)
Los latidos del lirio
Existe un ámbito donde mis labios recrean
la sonrisa que pegaste en mi lengua adolescente,
el sabor de los susurros que lamí en tu oreja púber,
la tersura del satén, las pieles estregadas,
el olor de tu puerta abierta y rezumante
Lo escribo en los lechos de arcilla
y en la roca que se unge con mi sangre
Lo borro del rugiente caer de los árboles,
de las nubes que apagan el sol que me erige
Lo grito bajo las bóvedas de la gruta convulsa
y ante el viento que despeina el vellocino
Anúdame a ti, alma negra desnuda,
vierte en mí la savia de antaño y constriñe mis huesos
hasta que mi lirio anuncie sus latidos
Entra, afila mi daga mellada,
pídeme que te apuñale
hasta que ahoguen el aire tus gemidos
Deja que mi éxtasis se abreve en el altar de tus olas,
y arroja la luz de los bosques
en las honduras de un pozo de nada y olvido
(Luz)
Pintar una rosa blanca
Sé que nunca me pedirás que oculte mi dolor
en una nube de cantos
El dolor es un mal hermano al que podríamos matar,
si no fuera porque el peor de los dioses
es quien teje la seda del tiempo
¿Acaso es él el culpable de que las armas de quien sufre
se despunten cuando el silencio se enfunda una armadura?
Aunque te duela, debes pintar una rosa blanca en tu espalda,
dar licencia a tu piel ciega para que mire mis ojos heridos,
proclamar ante el espejo que la crueldad señorea en el amor
en igual medida que en la melodía más hermosa,
esa serpiente que se adentra por las arterias del alma,
dejando a su paso un reguero de astillas, cristales y clavos
El rostro de madera que has tallado en tu cara,
no te protege de los mordiscos del fuego más gélido
Debes mojar con luz y música
las flores de sal de tus mejillas,
y aceptar que los ángeles puedan causarte un daño mayor
cuanto más lejos estén de la herida que hurgaron
Flagelar con varas de dolor el dolor que te aflige,
corrompe el aroma de los pedernales
que el mar ya había acariciado antes que tú,
enturbia los pórticos diáfanos del agua
que cada estío con tu agua cautiva se hermana
Deja que el sol acecine el desconsuelo
que lastra tus alas, que quiebra las flechas
cargadas de razones para la muerte
Yo bajaré del árbol de las sombras luminosas
y estregaré tu piel difunta en mi corteza fulgurante
(Luz)
Dar caza al alma del alma
Y el próximo invierno, mientras admiremos
la agonía del mundo desde el salón de un hotel,
te contaré que Dios se retiró
del espacio inexplorado de mi mente,
que se dio a la fuga ante el empuje del dios que yo soy
cuando expugno monasterios fronterizos,
cuando tolero que un viento sin aire arrastre a mi red
bultos informes de luz sin fotones,
sombras inasibles que insinúan brotes y eclosiones,
nubarrones erráticos que sugieren
en la misma medida que desmienten
Escribir poesía es para mí una forma de orar
No el hecho en sí de componer este o aquel poema
La escritura de la poesía —la poesía previa a todo verso
que trata de reseñar aquello que la videncia revela—
es una solución que el poema transforma en problema,
un desenlace que tiene lugar en la caverna del misterio
que a tantos asusta y asombra,
en la percepción irreductible del vacío
y del arraigo de la nada,
en el deseo de regresar al hogar de lo cotidiano
que nos infunde la incertidumbre del abismo
Adentrarse en lo no dicho, entrever su nimbo sombrío,
caminar sobre las mellas de su filo cortante,
arrancar la flor de Coleridge de su cuerpo,
son actos típicos de aquel que, al percibir
la presencia de lo terrible,
deslumbrado se afana en dar caza al alma del alma,
en sumergirse en el mar que se extiende
bajo el río de lo jamás mostrado,
en regresar al neblinoso teatro de los días
con un extraño e incomestible fruto entre las manos,
para luego entrar en letargo y digerir el regalo de la cripta,
y esculpir su dureza hasta dar forma al aroma de un pétalo,
y prensar la flor del perfume en un libro en blanco,
y balbucear, con la boca llena de arena, la palabra viento
Y de pronto despertar, y contaminar con el hálito
el aire de las ánforas rajadas, y escanciar el vino nuevo
sobre los surcos sin labrar, y cosechar el vaivén de las sílabas
que sobre la lengua navegan, antes de emprender el vuelo
sin mayor equipaje que un manto de memoria
y una daga que las defienda de Cerbero,
abriéndose paso entre la oscura maraña de una selva de ruido
(Luz)
Otra historia
Te asombra el encuentro de sombras
dentro de la tiniebla de tu sueño risueño,
niebla de ensueño masturba los cuerpos,
los muertos gritan: más turba, más turba en los cuernos
sepultados bajo el rosal de la sorpresa,
la sal, la fresa en la celda del siervo
encarcelado por ciervo asesino,
acecinó la rosa carne de la Rosa, la prostituta
sin dueño que bebía cicuta amorosa en lechos
de calle, calla y deja que hablen sus pechos
de derechos y golpes de suerte que a la muerte
reducen y al barquero seducen con flechas de acero
del gran arquero que estatuas de cera
lacera con púas de abeja, la vieja insecta,
libando búas infectas en las malheridas
carnes florales de la mal querida del bando
sin bandera ni cabellera de hojas y pétalos,
tallo que asoma por la llera de chinas rojas,
maroma, crótalo que talo sin siquiera rozar
las aguamarinas del mar de sangre, sin arterias
ni materia prima del martirio de un zar
sin rusias ni satirio al que atormentar muy despacio
en los hoyos marmóreos de un palacio de invierno,
un infierno octubral, son el mal las hormigas
en las pútridas ramas de los móreos,
no hay escamas de acero que defiendan la cama
de la zarina, aunque harina es de otro costal,
las mujeres descalzas fabrican con prisas compresas
con hábitos de monja real, Madrid bien vale una misa
oficiada por Artemisa, la cazadora de almas,
pudrid al monarca ochentón, al putrefacto odre de ajenjo,
cazador de elefantes, gritará en el sermón,
mientras sin arte encaja los bolillos la carca
priora que odia al Cabezón que tañó el órgano
pensando en el pezón de una infanta difunta
que, disfrazada de Atalanta,
se bañó en una lágrima de una presunta Diana
que no era otra que la Rosa,
la mártir del amargo odio cerval,
la rabiza que mascaba artemisia
y se embriagaba con agua de mar,
en verdad que da grima pensar en el ciervo asesino,
y en su cuerno de cuervos se posaron dos leonados,
tras oler la carroña de un buitre asaetado,
rellena de larvas de oro que la comen a besos,
imperiales abscesos que al goloso gusano engordan,
lombrices en el ano real, qué suceso, en las cavas del castillo
el sucesor afila la áurea hoz, martillo en mano,
sube al trono, de pronto suenan los trenos,
el dolor de las lavanderas, el olor de lavanda,
la nueva era ya anda, fulgor de guirnaldas de estrellas,
toca la banda una bella canción, La destronización,
mal que bien ecos y truenos la propagan,
mas la buenanueva se trueca en buenamala
y una corona va en busca de una testa,
la del nuevo guardián de la sala del solio,
chirona de oro donde mora solo
como el sol detenido y ciego, apesta
y solo está por chismes palaciegos,
el descontento acaricia las calles,
los valles rugen: cercenad el ego imperial,
que todo el fuego arda en los laureles,
mas el juego no se detiene, a los videntes
les echan los lebreles, a los profetas,
espinas de gabarda en la escudilla,
y a los augures les cosen el vientre
con dientes de escorpina, ebrio de horror
grita el sayón: queridito adivino,
el súbdito decente no opina ni mira de frente,
corre el vino en el salón de damasco,
y en las llanuras de extramuros, la sangre y el asco,
el casco del soldado desconocido
asoma por los Campos de Marte, honor y muerte,
el arte de los dados anda perdido entre dardos y picas,
la suerte está echada, no duerme el ladrón ni la mosca,
la adamascada espiga de larvas se sacude las alas,
hojas de ortiga, retales de broncínea piel,
carbúnculos licuados, hiel, grumos ígneos, vómitos,
humo, velo de hedor, heces en las cartas de amor,
manos azules, peces de amarillo veneno,
el carro de heno del mundo, nauseabundo retablo,
mosaico del pasado, mosaico del presente,
mosaico del futuro
(Luz)
Elegancia y horror
Aquella noche, la del día más trágico,
nos amamos sobre un lecho de hojarasca,
largamente y sin temor a los cuchillos del presente.
Pese a que la ceniza envenenaba los jadeos
y el polvo componía mosaicos
en nuestros ojos destructores,
defendimos el seísmo de los cuerpos
haciendo del nudo un escudo
y del deseo una lanza.
¿Te acuerdas del momento en que el crujido
quebró la música y sus manos?
En un espejo roto te mostré
los puños del temblor y el cataclismo del amor
que con el mundo moriría.
Riendo y llorando a la par,
dijiste que debíamos ser elegantes hasta el final,
indiferentes a las avalanchas que siegan los muebles,
a las riadas que anegan las grietas,
firmes ante el clamor de los campanarios heridos,
fríos ante las copas degolladas
y las ropas pringadas de licor,
Impasibles cuando la fiesta replegara las alas de la orgía
y las rosas abrieran la puerta a la plaga y al desastre,
al diablo de la locura y al ángel del horror.
(Luz)
Un verso debe ser baba humilde
Se proyecta en la frente del suicida
el agua llameante de los páramos,
el chapapote que fundó el último desierto,
el ocaso y su dulce veneno amargo.
Condenado a vivir en un limbo animal,
vio una rosa en el fósil de una sombra,
el espacio inclinado de la lluvia,
los vidrios irisados del mar de sal.
Tras el salto, palabras cercenadas
se enredan en el vórtice
de un embarrado sol de nieblas,
silábicos despojos que los gruñidos arrojaron
al perder para siempre las orejas,
preparaciones de verbales revoltijos
cuya belleza será desmentida
por el microscopio del océano.
Y esos regueros de negras pisadas,
signos vencidos, runas quebradas,
¿adónde conducen?
¿Por qué no los cubre la nieve pegajosa de agosto?
¿Acaso deben asaltar el pedestal
de los brujos que hablaron demasiado?
Níveas larvas y orugas rojas
engullen el laurel de las coronas.
Dafne y Dante son manchas de hollín
en los cascotes del infierno.
Si Artaud se cruza en tu camino,
le dirás que un verso debe ser baba humilde,
efímera espuma de ola,
no joya largamente elaborada en el obrador de los siglos.
(Luz)
Los monstruos que de noche me embellecen
Nacen florestas y lechuzas en los pinos putrefactos,
las noches en que mi otra voz rasga el telón de la frontera,
sacudiendo mi genio moribundo hasta reavivarlo en medio de las zarzas,
crujiendo como un monte que se parte sin que nadie lo contemple,
alumbrando, al otro lado de la verja, desiertos que son mares,
colando, por debajo de una puerta que no es puerta sino puente,
la invitación a acariciar una memoria de azufre y osamentas,
A leer el libro del horror que se avecina relleno de placeres,
a escuchar los oráculos que inspiró la estulticia de un rebaño,
a degustar la sangre que vomitaron los respetables desertores,
a oler los cantos y el fervor que para siempre mancharon las enseñas.
Su aliento trenzaré con ensoñada oscuridad de gruta de la magia,
antes de colgar, en un muro de mi alma malograda,
la cornamenta de un profeta sin tierra ni rincón para la risa,
las alas de un chamán que vio un universo en los ojitos de una pulga,
los pies lacerados de un místico harto de Dios y de su pueblo predilecto,
aterrado ante la eugenesia rampante en calles y prostíbulos.
Como un salvaje lameré su lengua hasta limpiarla de ecos y saliva,
expoliando, entre un ruido enfermo, sus vetas de antioro y diamantes,
los tronos de los míseros palacios, las sortijas de piel de zanahoria,
los cofres llenos de basura, de reliquias del rey de los mendigos.
Subiré al cerro de la opulencia carcomida, comeré hormigas muertas,
manzanas de oro caducado, heces de perro afortunado,
libaré el vino que devolvieron los pudientes, el agua que orinaron los monarcas,
el néctar de las flores de hormigón y el pus de los letales socavones,
Y antes de entrar en los penales olvidados, en los suburbios herrumbrosos,
en los hogares que enterraron las justas del domingo,
permitiré que un vértigo de sueño no soñado me cebe
con engendros deseosos de nacer,
Y luego aplaudiré la ingratitud del árbol que desnuda y maldice sus raíces,
la locura del gato que se inmoló ante sus hermanos,
la lucidez del traidor que se retiró a un desierto inconquistable.
Todo eso haré antes que el sueño de la sinrazón huya de su caverna
y sacrifique los monstruos que de noche me embellecen.
(Luz)
Fría fue la frontera
La muerte en la flor, el dolor
en el rocío que lame los pétalos,
en el pájaro mudo de los cielos de azufre
y matrices vacías.
Están tus ojos rotos en la ceniza de los siglos,
en esos dedos tuyos que el aire modelaron,
golpeando el viento con los labios.
Aliento de Pan, terror sacro,
rumor de cañas de metal en el preludio del desierto.
No veo pétalos en tus uñas que nada agarran.
Entre piedras y soledades, destilas vértigos
y te embriagas en los altares de la sima,
mientras tu cuerpo se incrusta en el espejo
que compartió tu secreto y su ungüento de pesar.
Fría fue la frontera, como la vida
que te expulsó de los bosques incendiados,
de los templos dorados de la infancia,
del queroseno y de la pólvora,
de las alas y buhardillas que te extirpaban del infierno.
Ayer perdió tu polvo enamorado
la ferocidad de tu lobo.
Hoy anda libre, desmemoriado, aliviado
del peso del demonio de tus valles más tristes.
Vive eternamente en la muerte, hermano,
y perdona nuestros pecados.
(Muerte)
Ser su otro
Bajo las nubes de tu alcoba,
desprende tu voz una luz de mar airado,
de pétrea y dudosa tristeza,
de indefinible y oscura sorpresa.
En una inspiración, el espejo del psyché
la captura y coloca en su hornacina helada.
Luego, quebrando el reflejo de labios
que parasita las pupilas,
la arroja, amortajada de pureza,
contra tus ojos de pulido cuarzo.
Mas esa violencia sutil
no te insufla el deseo de asistir
al festín del silencio,
a la orgía de lo indecible,
a la misa ambarina del ocaso.
Ya te dije que hablarle al sordomudo
que mira con tus ojos tu mirar,
ahuyenta ciertas sombras que pringan las paredes
y atrae engendros que otrora mordisquearon tus rodillas,
mientras te abrías paso por los cañizales del sueño,
pisoteando teselas de mosaicos imposibles,
desbrozando las grietas que al árbol ahogaban.
Podrías rajar el cristal con una simple pesadilla,
ocultar los reflejos rotos en el sótano de los sótanos,
encender una hoguera en medio del salón sin actores,
proyectar tu sombra gigante sobre las manchas
que en el damasco imprimieron los retratos.
Mas nada harás, salvo escuchar los cantos que los pianos
del espejo entonaron al ver morir al violinista,
tal vez abrazarte a la carne de aquel que te consiente
ser su otro en la plata fronteriza.
(Muerte)
Dos poetas muertos vivos
Unge Miles Davis mi aura con su Aura,
esta noche, mientras paseo el perrito del tedio
y me abro paso entre admirables indigentes.
Con fuego destilado abreva mi ánimo
la eléctrica trompetería del negro dios,
lamina mi vejez y pisotea mi nostalgia
de una juventud libre del genio que hoy me ocupa.
De pronto, mientras miro el mosaico de un vómito,
la voz de Leopoldo María revive en mi caverna,
se adueña del megáfono y pone en marcha
los engranajes del polvo que sestea
en los escaparates del alma,
donde larvas de ideas residen incrustadas
en un bloque de frío estéril,
donde las memorias se tiñen de amarillo impuro
en frascos de formol soñado.
El miedo es mi partidario,
se hizo tatuar el poeta en la lengua.
El pánico es mi otro,
le susurra al hueco de sus manos ovilladas.
El terror me sustenta,
aúlla desde sus ojos agrietados.
Luego se sumerge en un charco de aguas inmundas diciendo:
Siempre ha sido el mundo del agua ignota mi mundo,
el eco estruendoso de su vacío,
que hiero y bebo hasta alcanzar el trance
que me arranca de las zarpas del ahogo,
de la mudez que impone haber allanado
la gruta donde Dios y el diablo
armaron el alma del hombre,
la maquinaria que a su antojo exalta o denigra el amor,
el arma siempre a punto de oficiar un castigo
o ungir con sangre la belleza del oro,
la dorada hermosura del aura que me salva,
cuando un negro azulado besa el ano de su trompeta
y las rocas ciclópeas levitan deslumbradas.
(Viento)
Regresar y
ser polvo que en oro ilusorio el sol transmuta,
néctar de flor libado, hierba entre la hierba,
polen que ha esquivado ramajes y telarañas,
alasemilla entrando en barrena fecunda.
ser aliento pestífero, lengua sin lengua,
y escuchar el estruendo del vilano al chocar
contra despeñaderos de aire, contra el silencio
de una oscuridad calentada por un sol niño.
mirar la lluvia como la miran las ardillas,
sin fundir en sus aguas las gotas recordadas,
cuando la lluvia no era solo lluvia sino
nube, relámpago, arcoíris, charco y caracol.
oler la orina de la hembra, el mojón de los machos,
la turba pútrida y la llamada de la trufa,
acosar a los bultos que a ciegas corretean
por un mundo delicioso cebado de apetito.
sentir el empujón de la sed y del hambre,
saborear, sin la espina de la culpa, la sangre
de las presas, beber el zumo de la baya,
lamer la sal junto a bestias de mayor rango.
ser garra, colmillo, mandíbula, pico encorvado,
arar las carnes, mordisquearlas hasta extraer
la esencia del metal caído de los cielos,
el néctar de las vísceras, el alma de la nuez.
masticar al que masticó a otros hermanos
que masticaron carne de carne masticada,
y luego digerir el festín mientras la ubre
de la noche más blanca mis miedos amamanta.
ser una sombra entre las sombras asustadas
cuando un ala lacera la piel de las tinieblas,
volar sobre los claros de un laberinto verde,
tejer un nido sobre la sombra del ciprés.
volverme huevo y regresar de nuevo al mundo,
mirar la noche y saber que suyo es mi cuerpo,
saludar las albas doradas copiando el grito
del viento que sacude el árbol de poniente.
enfermar entre adelfas, purgarme con laurel,
curarme tragando resina rellena de escorpiones,
bebiendo savia de la higuera que un rayo hirió
la mañana en que un sueño dio a luz al hacedor.
adentrarme en las carnes del reino del anélido
y degustar el óxido y la hez de la tierra,
mientras afuera, con su oro verdoso, las moscas
enjoyan la última cagada de un león agónico.
(Viento)
Ser en el sur del azul abisal...
Ser en el sur del azul abisal,
sumergirme en la joya del mar
y apaciguar el alma soleada, pasmada
ante el mapa del sur del ser.
Sendas aradas por vientos sureños,
sueños heridos por truenos de estío,
salpicaduras de leche y sal en la gran cúpula,
santuario donde el sol vive en la muerte.
Secretar versos que airean secretos,
enigmas del silencio fronterizo,
imágenes que enlazan nuestro ser animal
con los templos de la locura.
Sal de luz azul y agua soñada
que al despertar me bebo en soledad,
cuando silente salgo de una mente
y entro en otra, la del estar sin mí, sin alas.
Signo gracioso en tu frente albina,
señal en tus comisuras sinuosas,
símbolo suplicante en el aullido de tu sexo,
síntoma en tus latidos, sentido en mi deseo.
Sublimo el resplandor de tu sonrisa,
sublimas la blancura de tus senos,
sublimamos la sal sacramentada
en nuestros sexos, en sus olas rotas.
Sollozo cuando rozo la senda de tu ausencia,
seda que las semillas oscurecen,
sudario de susurros fantasmales,
sábana donde el frío degüella a mi serpiente.
(Viento)