Casi en paralelo a mi otro poemario Amar a Mar, y una vez cerrado el largo ciclo poético que abarca de 2012 a 2023, Las islas fue escrito entre abril y octubre de 2024, en diferentes lugares, pero bajo una misma disposición del ánimo —o del alma—: la de quien se retira discretamente del mundo exterior para observar con mayor claridad lo que acontece en su territorio interior. No se trata de una retirada radical ni de una clausura. Tampoco de una forma de alienación o de huida irresponsable, sino de un aislamiento que no cierra, sino que se abre, abrazando la insularidad que susurra a quien desea escuchar y percibir esos «rumores, sonidos y dulces brisas que deleitan sin herir».
Los cincuenta poemas que integran este libro fueron apareciendo de manera continua, como si la escritura se otorgara a sí misma un ritmo y un cauce, manteniendo una regularidad métrica inusual en mi modo de abordar otros poemarios, a excepción del primerizo El universo en tres versos.
Aunque la isla —la insularidad— constituye el eje central de mi discurso, no he filtrado los ecos de algunos de mis sujetos habituales: el mar, el jardín o el agua. Mares, jardines y aguas que cohabitan en una isla que no es enclave geográfico, sino metáfora de una actitud ambivalente: humilde ante la existencia y crítica hacia el existente, aquel que mira hacia afuera y, a la vez, observa hacia adentro, sin que la tensión de esa doble mirada le conceda el don de ver más allá de la vida.
Así, hablar desde la isla representó un modo de pronunciarme desde una posición de cómodo apartamiento, pero sin que ello implicara darle la espalda al dolor, pegado a mí como una lapa y finalmente despegado de mi alma malherida gracias al amor, la palabra y la medicina:
Conducirás la isla al continente,
inundando la tierra tus palabras,
puliendo el filo mellado del hielo,
iluminando la luz con lo azul
que te asedió siendo tu ser un pozo...