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Díptico negro

Oriol Espinal

§ Poesía / 2003 - 2006

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Díptico negro está compuesto por los poemas Naturaleza muerta y 15 de agosto, ambos escritos en lengua catalana en 2006 y 2003 respectivamente. El primero se alimenta tanto de sueños inventados o de experiencias personales relacionadas con la muerte, como de reflexiones sobre el hecho poético y el poema mismo. El segundo se centra en una rememoración de la muerte, el velatorio y el entierro de mi abuelo materno, un relato donde se entrelazan versos ajenos (algunos de ellos dedicados a mi antecesor) y visiones fugitivas, acaso delirantes, propiciadas por el recuerdo de un mundo que ya no existe, un mundo cuya atmósfera, cláramente singular, contribuyó en buena medida a forjarme como artista.

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YAMBO, 2023

70 pp.

ISBN-13: 979-8378391769

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Naturaleza muerta (secciones I y II)

Naturaleza muerta (secciones I y II)

Este olor que la muerte desprende

—intangible irrupción que deforma los sueños, las visiones de los que duermen sobre lechos de raspas y hojarasca—, como liga se pega en los muros, esparciendo blasfemias y esputos y zumo de cicuta.

¿Inhalar polvo que fue cráneo antes que barro, nos defiende de la ceguera que causan el cetro y el trono?

En mí despierta un juez que me condena a dar suplicio a mis frutos malogrados, a los lugares pringados de niebla, rodeados por las cruces y espadas que inculcan el culto al embuste;

un juez que me recuerda que para jugar a ser Dios, hay que escuchar el viento de los que sangraron en la cima —pues volar y gozar del vuelo sin el amparo de la sombra de un cuervo, sería una gracia fugaz, acaso un ámbito donde el lenguaje no daría otras flores que hojas secas, que filigranas abocadas a un olvido de zarzas y excremento.

En el panteón de mí mismo oigo voces.

Unas dicen que en las selvas textuales no hay espacio para el color ni el olor, ni para los laberintos donde la lujuria del alma se desfoga y aletarga; otras, que la poesía es un simple pasatiempo para los que temen una vida en estado puro, una vida sin una madriguera de libros amueblada con música de Bach o Debussy, aun sabiendo que la vida impura podría sumergirlos en la mística, y la mística en la obsesión por recrear la irrealidad que el hambre alimenta.

Cuando estas voces me rodean, no es más dulzón el hedor de la muerte.


¿Quién eres?, me preguntaste hace tres noches, en sueños y después de haber dicho aquel verso que hedía a otoño y podredumbre.

En mi sueño había un bosque negro y una crátera rebosante de lágrimas, y un ciprés abatido y carcomido, y un cenotafio en forma de semilla, y una palmera altísima y un caserón ruinoso, y una virgen decapitada y un bodegón picoteado; también un charco lleno de escorpiones y un cielo naranja y humo por doquier. Un viento ardiente desquiciaba las puertas, y los espejos no ofrecían la imagen del presente. Entre los cascotes había fotografías, ropa vieja y cristales rotos, y en las paredes desconchadas, manchas de sangre y flemas recientes. Tú seguías la sombra del patriarca. Toda ella era blanca, como si aquel sueño fuera el negativo del sueño. El patriarca te hablaba de un poema que yo escribí ante su tumba. Luego entraba en la alcoba de la agonía, se echaba en una cama de hospital y susurraba:

—Ahora que estoy en cama, enfermo, te diré lo que no te dije.

Pero no te lo decía.

Solo te miraba y balbuceaba entre estertores:

—Este sueño es una cata del porvenir.

De pronto una oscuridad de caverna sagrada anegaba la alcoba, pero los ojos del patriarca brillaban como colas de luciérnaga. Al mirarlos, tú veías un bosque en llamas, dos pezones enharinados, las heridas de un dios crucificado.

Hay sueños que desbrozan caminos exóticos, caminos que la vigilia empaña, caminos donde el horizonte revela la faz infinita del mundo.

En verdad que son caminos que obsequian enseñanzas dignas del mármol y el festón. Mas si lo que deseamos es escuchar la lección del maestro que sabe, no hace falta ir tan lejos, pues el maestro de maestros es siempre el moribundo que habla con los ojos y nos dice: «Llora por ti»

A mí, me lo dijeron dos pintores y un frescales muy salado. Y yo no podía hacer otra cosa que callar y escuchar el canto de sus ojos. El frescales vino al mundo en plena guerra, y los pintores percibieron el hedor de la derrota. Jamás llevarán el laurel de la gloria. Y cuando en sueños me visitan, parecen tan vivos.


15 de agosto (sección I)

15 de agosto (fragmento)

Y de buena mañana anochece,
y en las tinieblas la sangre se cuaja
y roza el pezón un viento cálido.
¿Dónde hallar los pechos que la luz moja?
¿Dónde, la claridad de los mundos vedados?
La noche blanca te da la espalda
y una lechuza saquea la arboleda.
Mil plumas te cubren los ojos,
y la podredumbre a la larva amamanta.
En silencio se subliman los muertos
y en silencio fallecen los sordos.
¿Y los ciegos? ¿Percibirán el canto
de la gota de rocío que resbala
por el tallo del viejo rosal?
¿Y la espina? ¿Rasgará los dedos
que osaron pergeñar un verso
cuando el resplandor era una rosa?

Si de buena mañana anochece,
en las sombras mana más sangre.
¿El dulce jugo de la granada?
¿La savia amarga del recuerdo?
¿Agua turbia de un mundo efímero
que a todos nos condena a morir
sin saber qué es el tiempo,
el origen, el amor o el camino?

Y al salir el sol, regresa la noche,
el reino donde faenan el poeta,
el minero, el orfebre, el filósofo,
el esclavo, el señor, el profeta,
el niño que asombrado miraba
el nudo de amor de las sierpes,
el viejo cansado que en vano se dice:
—soy el espejo de polvo y ceniza
donde todo el universo se contempla.

Y de buena mañana anochece,
y el nombre de un artista difunto
agita el presente de un pasado
sin porvenir de gloria y oro,
y es una vela el cielo arcaico,
y el mar futuro un cementerio,
y en cuanto remato este proemio,
abro la ventana más alta
y contemplo el paisaje herido:
el mar es un dragón de plomo,
y un labio sin sangre, la playa,
el mistral deshoja las flores,
Medusa, la vieja palmera,
se sacude las sierpes de las palmas.
Como un arco loco se curva el pino,
y los vendavales del sueño avientan
las cenizas de los que hoy te lloran.
Se levanta el telón de la memoria
y yo salto al pozo de la infancia:
una vela, un armónium, Bach,
el jugo oscuro de la luz,