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Mares y jardines

Oriol Espinal

§ Poesía / 2017 - 2018

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Meses después de haber concluido el libro Prolongaciones, retomé mi actividad poética con la composición de algunas piezas aisladas, siempre a tientas y sin la imposición de premisas o reglas previas. No obstante, pronto advertí que aquellos nuevos poemas compartían ciertos rasgos comunes y particularmente relevantes, a saber, la totalidad de los textos había sido escrita de manera espontánea y continua, encontrándome siempre en un jardín o frente al mar, siendo el entorno natural un estimulante esencial de mis intuiciones más sutiles. Esta observación terminaría por delimitar los cauces y contornos del nuevo proyecto poético, cuya intencionada diversidad formal no contradice la unidad esencial que subyace en su fondo temático. Sus diferentes poemas no desdeñan aquellos mares y jardines donde se articulan los mecanismos del deseo, la nostalgia y el duelo, así como aquellos otros espacios accesibles únicamente a través del ensueño, la memoria o en la íntima vigilia de la noche en blanco.

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YAMBO, 2023

102 pp.

ISBN-13: ‎979-8378011605

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Selección de poemas

Sueño sureño

Yo, perdido en la noche del jardín,
te busco en la ceniza de las sombras,
en la neblina enredada en mis pies,
en rotas telarañas, en las olas
que tu aliento alumbró en las verdes aguas
de la balsa, asediadas por el viento,
por el batir de alas del murciélago
de este sueño sureño, donde busco
la estela de tus pasos en el grito
de la hojarasca que piso con rabia;
donde te busco sin ver el altar
sobre el que tú consagras besos, pétalos,
tomillo, espliego y ramas de romero.

Este jardín donde ando extraviado
me ofrece rosas negras y palmeras
que barren la blancura de los cielos,
rumores ancestrales ovillados
en las ciegas honduras de los pozos,
aromas que se ven en el silencio,
visiones que se escuchan en el eco
de mis latidos de ser que se sueña.
Todo en este jardín es misteriosa
belleza, mas el aura que persigo,
esa que vi en ti estando despierto,
no se halla ni en los higos ni en la piel
de los limones fulgiendo en la penumbra.
Acaso si me duermo entre las flores
pueda yo despertar entre tus manos.


La basílica del paraíso

Densos jardines generan densos poemas.
Ensangrentados rayos solares prenden su aire.
Miro sus bóvedas y sus verdosas nervaduras.
Su serpiente me inocula agua y borrachera.
Estivales chirridos roen sus sombras.
Dátiles y jazmines ornan sus sendas.
Destellos fugaces me engarzan al ser de su joya.

En cada flor un insecto, en cada espina unos labios.
El envés de cada hoja liberada oculta una letra.
Piso frutos caídos sin miedo a pisar excrementos.
Abrazo la higuera y me derramo en un hueco de su tronco.
Ranas y grillos proclaman su amor a la noche.
Los niños ven otro universo en la negra piel de las aguas.
La selva oscura es la basílica del paraíso.


Revisita (I)

Primero el viento me expulsa del llano,
y luego me abre, cortés, la puerta de la casa.
No hay nadie dentro salvo yo y mis ecos.
Me envuelve una sombría selva de hiedra muerta.
Los cristales rotos que piso
me hablan de los puños del tiempo.

Salgo al solar que antaño fue un jardín.
La palmera se sacude los dátiles
como un asno las moscas.
El romero y la rosa se entretejen
con la ortiga y el cardo, y los esquejes del viento
se extravían en verdes laberintos,
ungiendo su debilidad con la voz de la menta
y el canto del jazmín tomado por las zarzas.

Todo es combate y tregua en esa flora,
armonioso conflicto, podredumbre
besando pétalos de adelfa y de geranio.
También guerra y paz reinan en mi ser.
Lleno de frutos, pero sin raíces,
no hallo mi hueco en el vergel.
Huyo del nuevo orden y regreso al llano
y a su viento limpio y hostil.


Revisita (II)

Miro la casa: yace en el suelo su blancura.
La luz reemplaza en mis ojos la cal vencida.
Donde hoy la maleza celebra su orgía,
había un huerto y un jardín francés.
Cáscaras de huevos de víbora y de lagarto
señorean en el rincón de los amantes.
En las hamacas del porche medran los ratones.

En las alpargatas del muerto
un alacrán mece sus sombras.
Resiste el agua pútrida en la alberca
—envejece mi juventud su espejo negro.
Un mar soñado se deja oír entre las ramas
—condimenta su sal las cenizas del gozo.

Despojos del ayer regresan a su ayer naciente.
El hoy de este lugar revisitado
es de nuevo eterno pasado en movimiento,
involuntariamente concebido,
inalterablemente construido,
invariablemente intervenido.


Vergeles recordados

En la memoria los jardines huelen distinto,
recobran su alma perdida y adquieren nueva alma.
La luz mental que los riega es más poderosa
que el sol que antaño ungía arriates y parterres,
estanques y glorietas, porches y laberintos.
El verde de los setos y el rojo de las rosas
albergan voces, roces, resabios inefables
de una inocencia sana e impoluta.
El viento es solo brisa, apenas perceptible,
que traslada a mi rostro el olor rancio
que cubre las raíces del sauce y el magnolio.
Si me adentro en sus periferias de ortigas y zarzales
—y me hermano con los insectos,
y presento batalla a los arácnidos,
y olisqueo los cardos y jazmines—,
siento que el ritmo del jardín
pulsa al compás de mis latidos.
Y si yo callo, él se afirma en su vocerío,
y si canto, silbo o le hablo, su ser humanizado
me observa desde silencios prehumanos.
Revisitar vergeles recordados
nos religa a los días en que nuestros tallos y hojas,
nuestras flores y nuestra savia tejían y bordaban
un paraíso donde teníamos cabida,
donde algunos seguimos estar
tras dar muerte al arcángel del Señor.


En las sombras

Insomne y libre de mi obligada pesadilla,
helado, desnudo y descalzo,
sin un jardín donde cultivar mis delirios,
sin un mar donde llamar a mis mares,
me resigno a ser sombra y a perderme en sus mundos,
a ser un bulto sin mayor nobleza
que una mesilla, un sillón o una silla.
Deambulo por la casa y sus fantasmas,
como un mendigo sin perro ni morral.
Todo está muerto: el color de los cuadros,
las bellas cicatrices de la virgen románica,
la tinta de tantos dibujos,
tan negra como el papel blanco
que lamenta la ausencia de luz
en las manchas, trazos y tramas.
Ni el espejo me reconoce,
con toda esa hojarasca de cripta
emperifollando mi cuerpo.
Tentando las paredes sin que una sola luciérnaga
me salga al paso —o se haga a sí misma
entre los rotos de mi estela—,
mis dedos de invidente ocasional
perciben asombrados el envés
de los pigmentos de la cueva,
la finura del frío de los pomos,
la textura del aire a medianoche.
En cada alcoba que visito, escucho el viento
importunando el hedor de los sueños,
siento el pinchazo del silencio
pudriéndose bajo el cadáver del brillo,
veo una nube de cenizas insinuada en las tinieblas,
percibo el canto malbello de las rosas negras,
la red de su perfume atrapando mi alcázar de impureza.

Arrastrando mi carne y mis latidos,
regreso a mi balsa de sueño.
De nuevo navego en pesadillas recurrentes
y naufrago de nuevo en sus océanos.
Bajo esos mares mi sombra se destila en luz abisal,
en esplendor de sala de espejos y quimeras,
en fulgor que redime la culpa y la congoja,
mas yo renunciaría encantado a ese viaje
por un poco de sur, aun sin su sol y su sal.


Un universo doble

Que yo desee hallar un jardín donde yacer junto a las bestias,
no significa que deba abjurar del mar de los desiertos,
de la sal del sol y del son del sur.

En mis sueños, la carnalidad del zarzal y sus chirridos
no contradice la ascética de la arena hecha un ascua,
o la épica del oleaje plagado de náufragos.

Rosa y roca me sacian por igual.

Y por igual me consuela la impudicia del risco desnudo
como el recato de la colina enlilada de brezo.

Mi luz y mi sombra se alternan en mi senda, a la par que día
y noche se relevan en el ámbito donde sufro y gozo.

Las cáscaras de los placeres de antaño no mitigan el pesar
de las almas que en mí habitan.

Pertenezco a dos mundos que son uno y el mismo.

Mi compromiso con mi doble universo
conlleva la asunción de la zarpa y la caricia,
del beso y el mordisco,
del deleite extremo y el llanto desatado.

Mi soledad no llama a uno ni a otro,
no persigue la nada ni aspira al todo.

Acaso la baba con la que pringo mis momentos de fulgor,
logre desviar el río íntimo de aquellos que saben
cómo hallar briznas de luz en la sima del sueño.

Sur y silencio en natural soledad, son el campo
donde me place echar redes y raíces,
donde me siento llamado a mejorar las flores
y a dar un abrazo a los vientos
que me constriñen desde el este y el oeste.

Norte y reclusión son espejos que debo romper
antes de partir como elefante solitario.

Norte y niebla, norte y nieve, norte y nadie son ventanas
de la casa que debe arder junto a las ideas que la defienden.

Solo así la transparencia del carámbano reptará audaz
por las vaguadas que conducen al sur del norte,
incrustando en el ámbar de sus carnes
un pedazo del fuego que Prometeo entregó a los hombres.
Siempre es mejor hacer camino con un ascua en el agua
y un escalofrío en el vacío.

Sé que todo descenso a los mares
precisa de discordantes maridajes.

Sé que todo ascenso al alto fondo de los pozos,
no solo requiere una pizca de fulgor en cada ojo,
sino un exceso de osadía en la mirada.

Constato, al fin, que observar la maleza soñada
sin que el miedo arraigue en mis pies,
me ayuda a beber confiado el agua inmatérica
que arrojan los océanos, recolectando en sus olas
los poemas que los otros que fui no acertaron
a escuchar en sus envites.


Nocturno mar del antitiempo

Tenso mi arco de poeta sabiendo que no hay poema
en el horizonte de la flecha, que nada hay en la inmovilidad
del momento salvo pulsión inaprensible y angustia ambigua.

El arco y el arquero en tensión nada son sino una mandorla incierta
que insinúan las visiones.

Así como el universo fue antitiempo antes del impulso
que lo condenaría a ser en el tiempo
—y acaso al suplicio de ser arrojado a una eternidad
ávida de ritmos frenéticos—,
todo poema se ha rumiado en las entrañas de su antipoema,
dudando de su ser ante su antiser,
formándose y deformándose en el ámbito de su antitiempo,
en los arrítmicos vaivenes de su partera,
cuando trata de sujetar al hijo díscolo
hasta el mismo instante del disparo.

Todo antipoema se fragua en el nocturno mar
de su antitiempo, sin racional desarrollo
ni patrón productivo que lo guíe.

Los rosales del ritmo, así como las marejadas del canto,
se diseñan en el núcleo de las semillas que el gorrión
de la siesta esparce sobre el alma del arquero.

Cada poema en vuelo es agua emergente de un antipoema,
materia irreductible constituida por lugares reales,
ámbitos que reforman la ontología del tiempo y el espacio,
universos diversos, cuyos versos únicos desprenden luz
sobre mundos imposibles de dar a luz
si no es con la servitud de vocablos y silencios.

Y aun así, su silbido, brillante o áspero,
su cadencia, oscura o cristalina,
su flechazo, lacerante o placentero,
no le hacen sombra al cruel susurro de un arroyo de abril.


En la catedral del incendio

No fue ante un mar de aguas desbocadas
donde anoche me até a tu árbol de carne,
ni en un jardín por el otoño malherido
donde libé la savia de tu alma ansiosa de ser cuerpo.
No fue tampoco en el bancal de los naranjos
donde agité las olas de tu noche purpúrea,
ni en los zarzales del jardín sin dueño
donde tu gritona alegría despedazó
las vidrieras del aire.
Por una vez no fue en esos lugares
ni en una iglesia de relámpagos,
sino en la catedral del incendio,
donde la unidad se sacramenta
y el amor nos iguala a las serpientes.


Libre encierro

En un jardín aislado y aislado yo en él,
cautivo entre los ecos de mi angustia,
solo deseo para mí el sino de la rosa,
del universo del follaje y su hojarasca,
del árbol condenado al sol del desamparo,
de los patrones camuflados en troncos carcomidos.

Mi libre encierro en la libertad de un jardín
negado al común de los vivos,
genera un estado de cosas donde el poema
brota encerrado en una celda de mi frente,
oscuramente fulgurante, del todo revestida
de reflejos de ríos bravos y efímeros destellos.

La soledad de los que a sí mismos se pierden
en místicas de cueva, alumbra monstruos
que Dios envidia y teme: mares eléctricos,
neblinas de sentido, indocumentadas sapiencias
que ridiculizan el caos del que surgió
ese fulgor que es la gloria de los sueños.


En el último tramo del límite

En el último tramo del límite
—antes de hollar la sima irremontable,
antes de comprender lo que a los vivos
no se presenta inteligible,
antes de fundirte en la gloria que a todos nos recibe—,
en ese trecho que ya es umbral de la frontera,
donde cada luciérnaga guía un alma a la deriva,
donde la espina duele sin un dolor de carne,
donde el miedo a la muerte es hoy gratitud a la vida,
sabes que en tus apneas se desmoronan
tus mares y montañas,
tus noches en blanco y tus días de canto y llanto;
sabes que la cruz que has llevado
volará en busca de otros hombros,
y que hay otra luz en la luz que se consume,
un fulgor que ensombrece la pureza radiante,
un rayo rizomado aureolando tu laurel talado;
sabes que hay un fuego flotando
en el cielo, volteando sobre su eje,
sorbiendo las cenizas de un astro que fue un dios,
el dios que un poeta se inventó para escudarse
de los necios cuando la soledad lo sumergía.
Lo sabes mientras marchas despacio en tu yacer,
donde vislumbras un valle alpino llameando en tu honor,
tiñendo su embriagante verdor el azul de un serrado cielo;
donde ves caer la negra nieve que en sueños desafías,
como en vigilia hiciste con la nieve blanca
de tus años de acción y de victoria;
y luego cantas tu canción para distraer a tu agonista,
festoneando los vientos de tu agonía,
mientras observas el autorretrato
que dibujas mirando en los espejos del delirio,
regañando a las luces que ante las sombras se acobardan,
celebrando que ningún oro haya malogrado tus dones,
gozando del paisaje que en tus afueras ya verdea.


A los que aman amando amar

La carne de tu sombra y la cara de tu carne
me miran entre árboles oscuros,
ambas embozadas con negros oleajes de lana y lino,
observando el aliento que en mi sueño es un viento,
un siroco lastrado con ecos de relámpago,
de rosa explosionando en su blancura.

En las tinieblas de la alcoba, ciego por ellas
y por mis párpados cerrados, veo un cuerpo en tu sombra,
un sol rojo en tu carne, tu ojo en luz encarnado,
tus manos agarradas a quien te está soñando,
tus cabellos rellenos de siroco,
tus piernas dibujadas por las zarzas.

Miro en el pozo de los milagros aurorales.
Veo un desierto donde tus silencios
echan flor pese al cielo turbulento.
Separado de mí, miro desde lo alto del techo.
Veo el rosal de nuestros brazos
abrazando los pétalos del duelo,
nuestros besos cubiertos de mar y flor de sal,
repletos de amor a los que aman amando amar.


Jardín de invierno

Con el frío el jardín parece una estructura
triste, una osamenta monda, una ruina sin adornos
que no cobija a los amantes deseosos
de diluirse en la fronda, de sentir las caricias
de una rosa en su apariencia más sombría.

Con mis pasos las hojas caídas aceleran su carrera
hacia el encuentro de un hogar en raíces tiernas.
Cubierta de ceniza de luz de estío,
gruñe la hojarasca bajo mis pies desnudos,
casi translúcidos, casi viento demoledor.

Con el silencio roto y un aire claro y duro
en la piel, miro cómo el frío va oscureciendo
ese fulgor que en sueños parecía un vislumbre,
y que en mi obrador de invenciones se representa
como una flor de nieve ardiendo sobre un altar de hielo.


A esa madre que nunca dio a luz

Sumida en un regazo de blancura,
pisas las tablas de tu último sueño.
En el jardín de tu mente desvencijada
aún se escucha el goteo de la fuente,
cada día más lento, más resignado
a un final de partida, a una espera sin esperado.
A esta hora de la mañana tu vida es un teatro vacío,
una pira escénica donde chisporrotean los delirios.
No hay mar que se entregue al descanso
cuando en el universo cerebral eclosiona
—como una larva en carne descompuesta— el alma.
Carnealma que en vida alcanzó a comprender
los ingenios sutiles y complejos,
sus formas delicadas, sus ritmos y patrones,
su elegancia, su luz, su luz,
ese fulgor que enjoya las sinergias
y sofistica los laberintos del recuerdo.
Esa belleza que en las auras de la bondad
se transmuta en matérico espíritu, en rosa mística,
en mar que fertiliza a esa madre que nunca dio a luz.